Carolina África lleva el célebre texto de Peter Shaffer al Teatro Infanta Isabel. Un caso real sobre un muchacho, que estaba sometido por los dogmas familiares y que llegó a punzar los ojos de varios caballos

Vayamos mucho más allá de los desnudos integrales que siempre se asocian a esta obra. Natalio Grueso ha querido llevar el texto que Peter Shaffer escribió en 1973 a nuestro presente más inmediato, es decir, con los móviles en la mano y el canturreo de algunos jingles publicitarios muy reconocibles. No obstante, se ha olvidado de darles credibilidad a una madre que parece surgida de una secta ultracatólica; y a un padre «impresor» (lo afirma como si perteneciera a la larga estirpe del gremio), que parece obsesionado por el mal que supone el uso de pantallas, y que sortea sus frustraciones sexuales acudiendo a locales de intercambio. Tanto Manuela Paso como Jorge Mayor me parecen desnortados para nuestra época tan secularizada. Los contemplo anticuados en las formas, inverosímiles, y creo que es lo más flojo de este espectáculo.
Muy distinta es la pulsión ofrecida por la pareja de protagonistas. Álex Villazán, quien ya demostró sus dotes interpretativas en El curioso incidente del perro a medianoche, va redondeando su personaje, a fuego lento, con todo tipo de evasivas y gestos violentos, hasta que definitivamente nos deja acceder a ese mundo tan oscuro de su intimidad. Ese reducto de Alan, el muchacho enloquecido, es lo más interesante del texto; pues implica una confluencia de símbolos, deberes, creencias y costumbres que lo arrastran hacia el desvarío, y que desembocan en ese gesto edípico de punzar los ojos de seis caballos. Uno, como espectador, puede adoptar el papel del psicoanalista y elucubrar sobre cómo unos padres, la sociedad y uno mismo pueden distorsionar la realidad hasta el punto de ahogarse en su propia existencia.
Luego, el otro polo de interés, es el experimentado siquiatra, Dysart, un Roberto Álvarez bastante preciso y hasta moderado, demuestra apostura en escena y va evidenciando esa insondable neblina a la que se enfrentan estos profesionales, que impacta contra sus propias neuras y decepciones. Es cierto que su flirteo desesperanzado con la jueza (Paso, en este rol, resulta más pertinente) queda un tanto anodino; aunque se pretenda enhebrar con la historia de su paciente. Su actitud de investigador decaído logra guiarnos por los recuerdos y ensoñaciones del chico avieso ingresado en la clínica, que es capaz de abandonarse al fetiche equino. Finalmente, digno es su colofón, toda una crítica a las contradicciones de su oficio.
También hay que destacar la frescura con la que actúa Claudia Galán, la novia que trabaja en el establo, y que también se desnuda frente a nosotros para representar de forma muy fehaciente la impotencia de este joven, momento en el que todos los temores se concentran en el dios-caballo que por ahí relincha. Cuando los relatos bíblicos, que ha escuchado cada noche al acostarse, afluyen para toparse con todo tipo de represiones inconscientes hasta la mayor de las desesperaciones.
Por otra parte, la factura del montaje resulta muy satisfactoria, pues el diseño escenográfico de Bengoa Vázquez tiene varios aciertos, ya sea el fondo pajizo que nos introduce en las caballerizas simbólicamente, como las distintas piezas móviles que configuran círculos que favorecen el dinamismo. O el uso de un diván con una «grupa» muy efectiva. Luego, el vestuario de Lupe Valero conjuga lo puramente caballuno con elementos que nos pueden hacer pensar en el sadomasoquismo.
Carolina África ha dirigido con bastante sensatez y comedimiento la función. Con un clasicismo que nos remite a dramaturgos como Eugene O´Neill y su Larga jornada hacia la noche que, al igual que ocurrió con Equus, Sidney Lumet adaptó al cine. Ahí tenemos la influencia sicológica de los progenitores sobre los hijos, la transmisión de sus dogmas y de sus traumas, de los miedos que terminan por quebrar su salud mental.
Autor: Peter Shaffer
Dirección: Carolina África
Adaptación: Natalio Grueso
Reparto: Roberto Álvarez, Álex Villazán, Manuela Paso, Claudia Galán y Jorge Mayor
Ayudante de dirección: Juanma Romero
Diseño de escenografía: Bengoa Vázquez
Diseño de iluminación: Sergio Torres
Diseño de vestuario: Lupe Valero
Diseño de videoescena: David Martínez
Diseño de sonido: Manuel Solís
Coreógrafo/Asesor de movimiento: Andoni Larrabeiti
Producción/Regidor: Santiago Ayala
Jefe técnico: José Gallego
Técnico de sonido y vídeo: Aurelio Estébanez
Ayudante de escenografía: Isi Ponce
Ayudante de vestuario: Melida Molina
Realización de vestuario: Sastrería Cornejo
Fotógrafo: Geraldine Leloutre
Maquillaje y peluquería: Chema Noci
Producido por José Velasco
Productores asociados: Roberto Álvarez y Natalio Grueso
Producción: Triana Cortés
Ayudante de producción: Aína García
Distribución: María Álvarez
Directora de comunicación: Cristina Fernández
Jefe de prensa: Ángel Galán (La Cultura a Escena)
Diseño gráfico: Melania Ibeas
Comunicación online: María Elosúa
Teatro Infanta Isabel (Madrid)
Hasta el 27 de noviembre de 2022
Calificación: ♦♦♦
Texto publicado originalmente en La Lectura de El Mundo.
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