Coque Malla impone su rollo rockero para protagonizar este espectáculo brechtiano en el Teatro Infanta Isabel
El mensaje sigue absolutamente vigente y resuena incluso más que nunca. Lo que ocurre es que la circunstancia que se critica únicamente permea a través de las clarividentes frases como: «robar un banco es delito, pero más delito es fundarlo». Visión robinhoodiana o anarquistoide que se queda embarrada en un argumento que, mutatis mutandis, entronca con Oliver Twist. La ópera de los tres centavos es más macabra, más incisiva, aunque también, en la dirección de Mario Vega y en la estética tan atractiva y tan próxima al espectador que igualmente corre a su cargo, más asequible y entretenida. Difícilmente podemos tener en cuenta La ópera del mendigo de John Gay, obra en la que se basó Brecht, porque ha olvidado bastante. A nosotros casi nos suena más a Rinconete y Cortadillo. Sigue leyendo
Ocurre en no pocas ocasiones que los dramas que se suben a las tablas están sustentados en un esbozo. Me refiero a obras de corte naturalista, nada que ver con moderneces. En este caso, los dramaturgos Jordi Lérida y Tonet Ferrer se han quedado muy lejos de desarrollar el trazo con el que bosquejan a la protagonista de este montaje. Asistimos, de hecho, a una función que podría reducirse perfectamente a tres cuartos de hora sin quitarle un ápice a su esencia, aunque nos quedásemos preguntando qué se pretende expresar más allá de lo consabido. Observamos cómo se alarga de manera artificiosa un espectáculo que no da más de sí.
Qué se puede afirmar hoy de una de esas obras de teatro que, en cierta medida, se han convertido en un referente del siglo XXI. Una vuelta de tuerca más a un estilo que parte del naturalismo, de Chéjov, que pasa por el expresionismo, por el absurdo, por Grotowski y que, como un cuestionamiento existencialista sobre las formas que tenemos de vivir, llega hasta el presente. La verdad es que desde aquel 2005 muchas han sido las propuestas que de manera muy similar se han acogido a esta forma. 

Por lo visto, antes de ser una obra de teatro, La música fue un encargo para la televisión. Luego ya subió a las tablas en 1965 y se adaptó al cine, al año siguiente, con dirección de la propia Marguerite Duras y la compañía de Paul Seban. Ciertamente es mejor no tomarla de referencia; porque el enfoque es muy distinto al que encontramos en el Infanta Isabel. La dramaturga había imaginado el encuentro de una pareja de treintañeros que vuelven a verse tras dos años para resolver unos asuntos de su divorcio. Magüi Mira ha decidido darle un giro y situarnos dos individuos maduros. Este hecho, efectivamente, trastoca toda la propuesta; pues el bagaje de cada uno es totalmente diferente. 
Cuesta alejarse del estereotipo irlandés, cuando uno se aproxima al micromundo en el que pone su lupa Martin McDonagh. No hay más que ver la disposición de elementos, cuando ambientaba aquel inhóspito pueblo en su exitosa película Almas en pena de Inisherin. En esta se volvía a detectar ese prurito infantil y fabulístico, que encontramos en otros escritos como
El vodevil de nuestro monarca en las últimas dos décadas pedía protagonismo en alguna comedia teatral. A falta de un Berlanga, no hubiera estado mal que Els Joglars hubiera afinado con el tono de la farsa y hubiera encontrado un argumento más sugestivo. No se puede sostener que sean equidistantes, más bien, insignificantes; aunque un público tan entregado, tanto a la figura representada como a sus representantes, cualquier guiño hacia un extremo u otro les regocija. Aceptemos que el prólogo es poco fascinante, con unos «moros» limpiando aquí y allá, hablando en árabe, claro, y generando las primeras risas para un montaje naíf, sin pullas desopilantes. Se entiende que esta vaguedad sirva para que sus señorías resuelvan suspender su móvil ─los soniquetes con ciertos espectadores parecen inevitables─.