Fiesta de farsantes

José Luis Alonso de Santos adapta los pasos de Lope de Rueda para reflejarlos con nuestro presente en un espectáculo muy dinámico y divertido

Retrato por el Fotografo Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Este montaje es el claro ejemplo de lo que sí permite una adaptación al presente con desenfado, para constituir un pastiche repleto de coherencia. El teatro popular posee unos márgenes mucho más dúctiles como para que aceptemos una intervención mayor. Fiesta de farsantes es un collage extraordinariamente bien enhebrado, sin altas pretensiones artísticas; pero con una búsqueda del entretenimiento fascinante que logra rebuscar en una tradición española que tenemos absolutamente imbricada en nuestra cultura. Comprendemos a todos los personajes como estereotipos del siglo XVI, pero que son asimilables con muchos de los individuos que pululan a nuestro alrededor o que, incluso, somos nosotros mismos. Si acaso, el hambre pertinaz sea un signo inequívoco de aquellos tiempos y un motivo insoslayable para aguzar el ingenio. Además, como producto enteramente posmoderno, se entremezcla de una multitud de gestos y de puntualizaciones que resultarán imposibles de reconocer en su totalidad; porque van de lo más culto a lo más vulgar, de lo rural a lo urbano, de lo viejo a lo moderno, en extensiones muy diferentes. Por ejemplo, si acude un joven, captará el grito desaforado de «¡Estefanía!»; no obstante, seguramente no capte la alusión a Angélica Liddell. Mientras que algún teatrero de postín se cautivará con las remisiones a la Celestina o a Cervantes, y quedará menos satisfecho con los rapeos o trapeos en algún instante. Quizás no se pueda ser más para todos los públicos, sin despreciar al susodicho rebajando la complejidad, pues los homenajes e insinuaciones están ahí constantemente para ampliar la visión de unos pasos, que terminan por sobredimensionarse quizás, en demasía. Pasar de las dos horas, puede ser una pequeña pega. Hasta siete de estas piezas breves se llegan a contar. No todas, desde luego, alcanzan cumbre; no obstante, todas cumplen en conjunto con su propósito. Si nos fijamos en la invención de José Luis Alonso de Santos, que es quien firma la adaptación —aunque será fácil entender que su hijo, Daniel Alonso, quien está a cargo de la dirección, también ha ofrecido su perspectiva y su escritura, sería muy llamativo que el veterano dramaturgo siguiera dominando como entonces ciertos lenguajes de ahora—, entenderemos que ha hallado las grandes esencias que Lope de Rueda extrajo de aquella sociedad tan imperial como asfixiada por la precariedad. Ya avanzado el espectáculo, se da un nuevo paso que es Escuela de ladrones, que se enmarca en la literatura rufianesca, como después Rinconete y Cortadillo, que funciona como una chirigota gaditana. Eduardo Tovar, como docente de esa cuadrilla de mangantes, se alza como estrella y maestro de ceremonias para elevar el ánimo general con su gracejo sin par. De ese fragmento también empieza a destacar un intérprete que desconocía, y que me ha llamado satisfactoriamente la atención y que es Pepe Sevilla, quien demuestra gran espontaneidad para desarrollar al tontorrón enamoradizo de Los bobos enamorados, que cierra toda la función con los pertinentes ajustes y arreglos para que la comedia termine como debe. Pero para eso está Carolina Rubio quien, como otros intérpretes, viene de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. La actriz despliega sus actitudes preponderantes para la farsa, desde una timidez que se transforma en braveza cuando corresponde, sobre todo en el colofón; puesto que, como gitana, debe reconfigurar el entuerto con una anagnórisis altamente parodiada. Es necesario señalar que esta propuesta viene enmarcada por los atributos de lo postdramático, así que el elenco está dentro y fuera de los papeles permanentemente; es decir, asistimos en directo, delante de nuestros ojos, al enmascaramiento fulgurante, a su salida repentina e, incluso a su extrañamiento, como suele hacer Pablo Gallego Boutou. El intérprete está muy acertado en esa faceta de cuestionador de lo que están haciendo. Se pone de nuestro lado y, también, aprovecha para marcarse el guiño con los teóricos teatrales e ironizar sobre las distintas tendencias que aquí se quieren concitar, principalmente la del metateatro. Y si hace falta convocar a Siri, la asistente inteligente, para que les preste ayuda, pues se hace. Es en gestos como estos donde se percibe totalmente hasta qué punto se quiere extradimensionar un hecho teatral tan minúsculo como el paso. No faltan de Lope de Rueda sus textos más célebres como Las aceitunas; pero creo que resultan más punzantes hoy, los que tienen que ver con el matrimonio y cómo la mirada feminista trastoca el asunto. Paradoja que cumple con solvencia Jorge Cremades, célebre humorista enfrascado en polémicas sobre la tan traída guerra de sexos y otros asuntos, en los distintos papeles que representa, concretamente en El cornudo contento y en El casamiento engañoso. Otro tanto se debe afirmar del resto del grupo. Puesto que Silvana Navas expele todo su genio y su empaque para hacer de brujas astutísima en El mal de ojo; y Kevin de la Rosa, una vez más, dispersa su encantador ramalazo para trazar su astucia, como recalca en El médico fingido, la primera de las piezas. Claramente, Guillermo Calero saca partido de su gestualidad para aportar su comicidad y cerrar un elenco al que se le suman los dos músicos, tanto Alberto Torres Ramos, quien como director musical del montaje hila sensatamente con sus tonadillas el a veces extravagante encuentro entre el mundo de antaño con el nuestro; como Elena de las Nieves que, además de tocar el saxofón, se adentra con fuerza y sensualidad en el tramo final para encarnar a Amapola. Desde luego, Daniel Alonso ha realizado un trabajo de dirección memorable, pues ha sabido darle vuelo a todo el espectáculo combinando lo didáctico y ejemplar con facetas más irónicas y críticas; desde la sencillez del espacio escénico que ha ideado Silvia de Marta, con un tablado central con el reparto a la espera en los banquillos con los burros llenos de ropa, para subirse. Fiesta de farsante es un acierto de teatro popular, cercano y divertido que refleja engaños, amores y astucias que reconocemos propios de nuestra cultura.

 

Fiesta de farsantes

Adaptación y dramaturgia por José Luis Alonso de Santos a partir de la obra de Lope de Rueda. Teatro del Siglo de Oro

Dirección: Daniel Alonso

Intérpretes: Jorge Cremades, Carolina Rubio, Silvana Navas, Kevin de la Rosa, Alberto Torres Ramos, Pablo Gallego Boutou, Eduardo Tovar, Elena de las Nieves, Guillermo Calero, Pepe Sevilla y Manu Miguez

Dirección musical: Alberto Torres Ramos

Diseño de iluminación: Ion Aníbal López

Espacio escénico y vestuario: Silvia de Marta

Espacio sonoro y dirección técnica: Mario Goldstein

Diseño cartel: Víctor Clemente Castroviejo

Ilustración cartel: Jose Saiz

Ayudante de dirección: Esther Berzal

Ayudante de producción: Fernando Valero

Dirección de producción y distribución: Clara Pérez

Producción: Comunidad de Madrid, OKBoomer Teatro y Pérez y Goldstein

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 5 de septiembre de 2021

Calificación: ♦♦♦♦

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