Puertas abiertas

Cayetana Guillén Cuervo y Ayoub El Hilali protagonizan esta historia difusa de Emma Rivarola con el terrorismo islamista de fondo

Puertas abiertas - Foto de Joan Riedweg
Foto de Joan Riedweg

¿No están ustedes, teatreros de más o menos intensidad, hartos de que les vendan lo que no va a ser? Hace unos meses, en esta misma sala Margarita Xirgu del Español, ocurrió algo parecido con Siveria, pues lo que se anunciaba como una obra sobre la defensa de los derechos LGTBI+, luego el asunto quedaba de soslayo. Ahora, volvemos a la carga con Puertas abiertas, y lo que inicialmente puede llegar a ser un conflicto acerbo sobre el terrorismo islamista y sus «fundamentos», se convierte en un compendio de temas de aquí y de allá, que por falta de profundidad carecen de interés. Lo paradójico es tratar del miedo al otro, desde el miedo al espectador (que no a la crítica, porque esta a nadie le importa). Y cuidado, que ni siquiera creo que sea un miedo a su rechazo moral o intelectual, sino más bien a su aburrimiento. Cuando el 13 de noviembre de 2015 la sala de conciertos Bataclan, situada en el IX Distrito de París, se vio atacada por varios terroristas armados con kalashnikov, los cuales asesinaron a 90 espectadores (más todos aquellos ciudadanos que murieron en los alrededores también por disparos, hasta sumar en total las ciento treinta víctimas), surgió en Twitter el hashtag #portesouvertes (Puertas abiertas). La ciudad estaba bloqueada, la policía tenía que buscar a los asesinos antes de que se escaparan, y la gente no podía volver a sus casas. Bastantes parisinos, en plena conmoción por las noticias que llegaban sobre esa noche tenebrosa e interminable, decidieron acoger en sus pisos a todo aquel que lo necesitara hasta que la normalidad volviera a la ciudad. De ahí que nos situemos en el apartamento de Julie, una mujer de unos cincuenta años, quien espera la llegada de ese desconocido que necesita un lugar donde quedarse. La «sorpresa» para ella, es que aparezca Faruk, un treintañero de inequívoco aspecto árabe, como el que deben tener esos yihadistas que están en búsqueda y captura. La presencia durante el estreno de Josep Maria Flotats me recordó aquella obra que dirigió en 2016 titulada Serlo o no, y la cual pretendía establecer una disputa sobre la cuestión judía. Aquí pareciera que se podría originar algo similar con la cuestión islámica (devenida en islamista). Y uno esperaba, con la que está cayendo en Francia en los últimos años sobre aspectos que tienen que ver con la inmigración, con la integración, con su pasado colonial tan mal resuelto, las banlieues depauperadas, y todas esas luchas políticas que han hecho renacer a la ultraderecha más xenófoba. El último episodio de controversia está ocurriendo en estas últimas semanas con aquello de las «reuniones no mixtas». Todo esto, a priori, resulta de lo más sugestivo para una obra de teatro; pero el texto de Emma Riverola termina por sortear las cuitas más irresolubles con subtramas que difuminan el meollo y que, además, no se desarrollan con madurez verosímil. Lo que a primera vista genera estupefacción son las decisiones que ha tomado Abel Folk en su dirección, pues el tono que adoptan los intérpretes parece forzado desde el principio y se nos quiere introducir en una relación muy artificial en cuanto a los usos y costumbres corrientes. No obstante, lo que más chirrían son los movimientos seudocoreográficos, como si fueran expresiones corporales que deben trasladarnos su dolor, su sospecha o su conciencia quebrada. Como aquellas exageraciones que empleaba Godard en algunas películas con sus actores y que provenían directamente del cine mudo o del expresionismo alemán. Son gestos tan abruptos que cuesta darles crédito sin un ambiente más amasado. Una técnica de distanciamiento, pero con el anclaje de unos hechos tan conocidos y manifestados de manera tan realista como periodística. De ahí que Ayoub El Hilali cargue su interpretación con un aire insolente para esbozar un discurso repleto de mentiras, y que nos hacen desconfiar altamente del personaje. No cede un ápice en esa manera tan agarrotada de dirigirse a su anfitriona. Da la impresión de que se nos quiere inducir tanto al thriller, a la idea de que justamente podría haberse colado en el piso uno de los terroristas, que hasta que no llega el desenlace no se libera algo el actor de esa máscara tan asfixiante. Así que cualquier viso de naturalidad queda fuera de esta función, pues se quiere reconcentrar la ansiedad para despistarnos inútilmente. Otro tanto podemos decir de Cayetana Guillén Cuervo, quien elabora su rol desde una inverosímil posición de ambigüedad. Reconozco que posee varios momentos de confiada entereza y de mayor manejo de las distintas tensiones que se producen, mientras que su compañero se mantiene monocorde. Y es que uno de los problemas tiene que ver con la condensación temporal, con querer reducirlo todo a una hora y cuarto. Los personajes no se modulan y se nos imponen como seres muy alejados tanto de ellos mismos, como de las circunstancias que están viviendo. Después, como avanzaba al inicio, se quieren aunar temas secundarios que se van a situar casi como principales. Faruk juega con nosotros al equívoco y cuando definitivamente parece que dice la verdad sobre su pasado, sus muertos, su guerra, su familia, ya poco puede hacer su compañera para darle una réplica más conciliadora o crítica. Por eso, tan solo funciona como un árabe más, para que Julie lo ausculte desde el estereotipo que ahora tanto recelo le da. A ella le vale para especular sobre la barbaridad que se ha cometido, y a él para responder que los occidentales no atendemos a las barbaridades de Siria, por ejemplo. Pero el debate no sigue por esos vericuetos y se aposenta en un lugar de nadie, en la duda, en el vaivén sobre las pinceladas que ofrecen de sus vidas. Cuando Julie se sincera hablando del maltrato que ha sufrido y de que su marido ha salido hace un par de días de la cárcel, la obra se precipita hacia la coincidencia demasiado improbable (como descubrirá el espectador); aunque, aun así, nos podría dar pie también para un enfrentamiento moral que tampoco se desarrolla. Las víctimas de toda índole y condición se solapan o se sobreponen unas a otras buscando culpables o culpabilidades que se autoimponen. Rizar el rizo con un posible affaire entre los dos es lanzar la obra hacia la cursilería —muy francesa, eso sí— del final. Porque todavía habría sido comprensible el erotismo, si las dos botellas de vino que se pimplan hubieran hecho su efecto; aunque parece que, o es flojillo o nuestros protagonistas tienen un aguante fenomenal. Puesto que el témpano no empieza a descongelarse, ni cuando, oh, sorpresa, suena a las cuatro de la mañana, desde la ventana de unos vecinos, la canción «Strange Fruit», popularizada por Billie Holiday, y que es todo un himno en defensa de los derechos civiles (como así se nos explica y se ilustra en pantalla). Si los movimientos abruptos de sus cuerpos eran chocantes, ahora, esta inclusión musical es una intromisión más disruptiva aún. Llegado ese punto, uno ya no entiende qué es exactamente lo que pretenden Riverola y Folk, si darle un aire más simbólico, si trabajar desde una expresión más elíptica y aviesa o, claramente, acometer con realismo, pero frío, un encuentro controvertido. Desde luego, uno de los puntos fuertes del espectáculo es la escenografía de Paco Azorín, una especie de estancia abuhardillada con ventanal hacia el inmenso París nocturno. La lástima es que al no estar aforada esta habitación, el resto del espacio queda muy deslucido y la iluminación del propio escenógrafo y Sergio Torres se diluye. Por otra parte, las videocreaciones de Joan Riedweg que aparecen en esa ventana convertida en pantalla consiguen potenciar muy sugestivamente cada una de las escenas a lo largo de la función, dándole colorido a este montaje tan gélido. En conclusión, se espolvorean motivos fundamentales, se confabulan dos vidas que necesitarían mayor tiempo para abrirse y sincerarse; pero que no logran transmitirnos el conflicto que bulle en una ciudad atacada por un terrorismo que se alimenta de muchas de las paradojas e hipocresías de las sociedades civilizadas e ilustradas.

Puertas abiertas

Autora: Emma Riverola

Dirección: Abel Folk

Reparto: Cayetana Guillén Cuervo y Ayoub El Hilali

Diseño de espacio escénico: Paco Azorín

Videoarte: Joan Riedweg

Diseño de iluminación: Paco Azorín y Sergio Torres

Diseño de vestuario: Patricia Monné

Movimiento escénico: Ariadna Peya

Ayudante de dirección: Paco Montes

Operador de imagen: Fernando Muratori

Cartel: Geraldine Leloutre

Producción: Gloria Casanova

Una coproducción de Hold‐Principal, Teatre Romea, Teatro Español e Institut Català de les Empreses Culturals (ICEC).

Con la colaboración de Sony y Mucha Calma.

Agradecimientos: SusiSweetdress, Juana la loca and the Victorians, Lluís Mauri, Pikolinos, Pol Turrens, María de Ocho y Medio y Sony.

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 2 de mayo de 2021

Calificación: ♦♦

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