Serlo o no

Acercamiento baldío a la cuestión judía de la mano de un Flotats tan juguetón como intrascendente

serlo-o-no-fotoCuando acudimos al teatro a ver la última creación de un afamado y respetado director bajamos nuestros niveles de exigencia. Parece que algunos artistas son infalibles y que nunca se equivocan; o, incluso, que jamás pueden fracasar estrepitosamente (aunque los ejemplos serían múltiples). ¿Por qué alguien como Josep Maria Flotats, capaz de llevar a escena verdaderos enfrentamientos dialécticos de gran calado intelectual como La cena y, sobre todo, el Encuentro de Descartes con Pascal Joven, nos ofrece esta patochada? Es más, ¿por qué alguien como Jean-Claude Grumberg, un dramaturgo y exitoso guionista ─no olvidemos que ha sido coguionista en varias películas de Costa-Gravas (por ejemplo, Amén), un cineasta que se toma bastante en serio los temas políticos─ haya firmado este intrascendente cuentecillo moral? Serlo o no plantea una reunión insólita (por el tipo de conversación que sostienen) entre dos vecinos; uno vive arriba, un judío setentón, trasunto del dramaturgo, con cierta retranca bondadosa que Josep Maria Flotats despliega con encanto y con ese refinamiento tan propio de los afrancesados; el otro, se hospeda en un bajo, un joven atontolinado, un Simplicissimus, un analfabeto de esos que hallan cosas en la televisión y en «internet», y al que Arnau Puig sabe encarnar magníficamente con esa vagancia y sospecha propia de los que son teledirigidos. Evidentemente, no hay combate y, por la actitud del señor, tampoco enseñanza honrada. Es algo así como un absurdo donde se deja que el «despistado» se enrede en los tejemanejes de su Eva (o más bien Lilith). La obra se estructura en diez escenas muy marcadas y separadas por fundidos en negro de una duración en torno a los veinticinco segundos. Todo comienza con una pregunta insólita: «¿Es usted judío?». La ignorancia del tipo es profunda y el público se regocija y comenta en la platea (el respetable, por supuesto, se sabe la respuesta). Las contestaciones redundan en el gag de la ambigüedad, en el equívoco de los significados y en las alusiones de los pronombres, haciendo que repetidamente la confusión no permita la charla fluida. Que nadie espere el ingenio a lo Hermanos Marx. Cada uno sabrá por dónde anda su sentido del humor, porque el mío no alcanza a comprender la afirmación de Flotats en el programa de mano: «un humor irresistible e inteligentísimo, nos lleva a interrogarnos sobre los temas más importantes de la condición humana». Tampoco es un diálogo socrático; enfrente, este Platón no se ha imaginado a un Protágoras. ¿Dónde está la inteligencia, si a cada pregunta ─pura ingenuidad─ sobre costumbres hebraicas de todo pelaje responde con ese cinismo distanciador y socarrón? El vecino superior es capaz de resumir la milenaria historia de Israel en dos minutos remarcando los hitos fundamentales que todo buen sionista lleva grabado en su corazón. Salta de la posición emic a la etic para despojarse de lo judío a conveniencia (en cuanto a las obligaciones religiosas se refiere), pero para aferrarse al espíritu de un pueblo con todos sus genes y con el orgullo de pertenecer a un pueblo herido. Él es ateo, él es «judío de los pies a la cabeza» hasta que muera. Con ese poder de convicción, las conversiones entre los asientos surgieron por doquier. No olvidemos que esto va en tono de comedia, aunque el director afirme que el «incisivo diálogo» trata sobre «el compromiso ético, social y moral con uno mismo con propios y extraños, con la lengua, la cultura, la historia», claro, por eso resulta muy gracioso que el vecino del subsuelo empiece a guardar el Sabbat y se haya dejado tirabuzones (es que la mujer es una instigadora). En otro paralelo, desde luego, se sitúan obras ─alguna se puede ver en las salas madrileñas todavía─ como Masked o, la temporada anterior, Tierra del fuego, que aceptan el reto de abordar la tensión entre Palestina e Israel con mayor hondura. Que un texto que se titula «Para acabar con la cuestión judía» aborde el asunto de esta manera tan naíf, no consigue ni causar indiferencia; pero si se nos somete a traición con un epílogo tan tramposo como el que cierra la función, entonces lo que me causa es radical rechazo. Tras una hora, Flotats se despoja de la capa esnob de su personaje, y se viste un poco más de Grumberg, y nos suelta un speech lacrimógeno del que uno debería tener la oportunidad de zafarse. En un tono solemne y, lógicamente, sentimentaloide, nos narra un breve y sintético relato sobre su familia, sobre el Holocausto, mientras se va emocionando. Es una carta innoble, desde el punto de vista dramático, la que se ha sacado de la manga para subyugar a los presentes. Es como si se reconociera implícitamente que el grueso de la obra se mofa de un hecho con verdadera trascendencia.

Si tan interesado está Josep Maria Flotats en aquel lema horaciano del docere et delectare, que tanto se explotó en el neoclasicismo y del que nos dio buena y elegante cuenta con aquel Marivaux (El juego del amor y del azar), quizás deba acercarse mucho más a las personas que hoy en día se sientan en las butacas; se dará cuenta en seguida de que el teatro actual es muy poco provocador en cuanto a lo político y que ha perdido casi toda su capacidad transformadora de la sociedad. Con Serlo o no, se logra la insignificancia política y dramatúrgica.

Serlo o no

Para acabar con la cuestión judía

Autor: Jean-Claude Grumberg

Dramaturgia y dirección: Josep Maria Flotats

Reparto: Josep Maria Flotats y Arnau Puig

Traducción del francés: Mauro Armiño

Escenografía: Alejandro Andújar

Iluminación: Albert Faura (A.A.I.)

Interpretación musical: Dani Espasa

Ayudante de dirección: Pep Planas

Segundo ayudante de dirección: José Gómez-Friha

Diseño de producción y distribución: Fran Ávila

Teatro Español (Madrid)
Hasta el 13 de noviembre de 2016

Calificación: ♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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