Siveria

Un drama fallido de Francisco Javier Suárez Lema sobre las leyes antipropaganda homosexual en Rusia

Foto de Sergio Parra

Si el espectador iba decidido a encontrarse con una obra de denuncia, con un alegato a favor de los derechos de los homosexuales en Rusia, sinceramente creo que se sentirá decepcionado. Porque, contra todo pronóstico, el tema fundamental se evapora hasta quedar recluido en el margen. ¿Cómo es posible que Siveria sea una página web donde se publican cartas de auxilio de adolescentes vejados por su condición sexual y que no tengamos noticia firme de ellas? ¿Cómo es posible que una obra que, en teoría, trata de sacar a la luz las difíciles condiciones de esos chavales y que no aparezca ninguno en escena? ¿Dónde están sus relatos, sus voces, sus miedos? ¿De qué manera podemos hacernos una idea de lo que ocurre en aquel país más allá de ciertas noticias sobre ataques homófobos? ¿Qué pinta en todo esto la biografía de Virginia Woolf? Nada de esto será explicado; a pesar de que en la función se explica todo. Quizás el mayor vicio de una obra literaria sea la explicación; pero en el género dramático es todavía más flagrante, pues se dispones de la representación, de la imagen, del gesto y, por ello, es más sencillo llegar directamente al receptor; por escrito se requieren más detalles para alcanzar la misma meta. Esto es lógico. En Siveria, se nos lleva tanto de la mano, que uno se llega a sentir estúpido. Se desentrañan las forzadas metáforas, la protagonista se dirige al respetable para relatar parte de la historia y el desenlace es desmenuzado hasta hacer añicos el suspense. Uno se pregunta seriamente qué ha pretendido Francisco Javier Suárez Lema; puesto que cualquiera esperaría que una incursión literaria sobre el país de Putín en temas morales y legales tan peliagudos para ellos, supusiera, incluso, un riesgo, un atrevimiento, un significarse sin ambages. El dramaturgo podrá viajar sin problemas al estado ex soviético. Para justificar todo esto, tengamos en cuenta de donde partimos. En la primera escena aparece una habitación destinada a interrogatorios, Sonia Almarcha está sentada en una silla y encarna a Helena Brasova ―trasunto de Yelena Klimova, la periodista que estuvo detrás de un grupo de Vkontakte (el Facebook ruso), donde se publicaban en 2014 las cartas referidas antes―. La actriz es, desde mi punto de vista, quien realiza la labor más destacable del espectáculo. Se afana en traslucir su pesadumbre interior macerada durante los años, tanto por su profesión y las dificultades para llevarla a cabo en una nación que pone tantas trabas; como por su lesbianismo, igualmente contravenido por la presión tanto de las autoridades como de esa enorme facción social conservadora hasta la náusea. Por otra parte, además, logra plasmar su furia y su impotencia con finura. Enfrente se sitúa Mijaíl, un interrogador que cumple con el estereotipo de hombre de valores ortodoxos, familiar y contrario a cualquier expresión que atente contra la familia tradicional: «Las mujeres no deberían estudiar, sino dedicarse a sus esposos y criar a sus hijos. Eso es lo que hizo mi abuela, mi madre y, a día de hoy, mi mujer». Poco margen deja el personaje; no obstante, se juega al thriller y, de alguna manera, nos lanza algún anzuelo para la sospecha de un final incierto. Adolfo Fernández, quien también se responsabiliza de la dirección adecuada, sensata y ágil, comienza con un tono casi inaudible y va ganando enteros hasta lograr, incluso, ciertas risas entre el público, gracias a algunos guiños humorísticos bien traídos. Nuestra protagonista ha sido acusada de «promocionar relaciones sexuales no convencionales a los menores de edad». Desentrañar esa «controversia» moral, esa treta kafkiana, esa manifiesta intolerancia y juzgar el estado de la cuestión, abre una puerta dramatúrgica que nos podría interesar. Pero el argumento deriva ―y mucho―, en un asunto más existencialista. A modo de flashback, nos situamos en los días previos a la detención. A través de una transición, bien gestionada en una escenografía elegante y limpia, donde se solapan los dos espacios de la acción, diseñada por Emilio Valenzuela; ilustrada, además, por unos audiovisuales a cargo de Naiel Ibarrola, bastante persuasivos y que, incluso, se echa en falta que no se hubieran potenciado más (vídeos que a cámara lenta expresan el sufrimiento de Helena), nos hallamos en el apartamento de la periodista. Allí conocemos a Kristoff, un ingeniero y músico callejero, abandonado por sus padres por ser gay (inevitablemente nos recuerda a Yo soy el que soy, la historia del violinista Aaron Lee), y que da soporte a la web. De esto nos enteramos porque, sorpresivamente, Sonia Almarcha hace un aparte y nos lo explica, para que no nos perdamos. Un aspecto que rompe con el pacto teatral entre creador y público. Marc Parejo se mete en la piel de este pianista, para intentar desarrollar un personaje algo indeterminado y blando. Su interpretación es muy deudora de esa blandura y el arrastre que supone su compañera de piso. Que diga que lleva tres años escribiéndoles una carta a sus padres a diario, ya queda para récord Guinness. Que su tema predilecto sea el Hallelujah, de Cohen; pero en versión de Jeff Buckley, y que este muriera ahogado (suicidio, probablemente) en el río Wolf (padecía bipolaridad), como Virginia Woolf (olvídense de esa ‘o’ extra para que todo encaje), quien también padecía un trastorno mental, y que Helena elucubre, permanentemente, con la vida de la escritora británica, a la que tanto admira en todo, es un birbibiloque literaturizante que uno como espectador no sabe cómo tomar. Si, encima, resulta que la susodicha canción trata sobre la traición, aunque su intérprete nunca se hubiera dado cuenta y… No sigo; porque desmontaría lo que, en sí mismo, ya se desmonta con pelos y señales en el propio texto. Meollos estos, que nos apartan absolutamente de la «supuesta» denuncia en relación a los derechos LGTBI. Es necesario reseñar el lenguaje inverosímilmente relamido que emplean los tres personajes. En ellos podemos escuchar expresiones como: «Yo soy como una orquídea. No puede darme el sol». «Soy como el vencejo que duerme mientras vuela» (las metáforas animalísticas son múltiples: tortugas, salmones, escorpiones, etc.). Tampoco hagamos sangre sobre la explicación (otra más) de por qué Siveria con ‘v’, ya que el poderío épico de esa letra puede ser sonrojante. Sí que se abría una veta interesante con un personaje que se menciona; pero que no llega a aparecer, Katrina, un transexual, atemorizado por el acoso que está teniendo que soportar. No se le da continuidad. Quedémonos con la actuación de Almarcha, con algunos detalles viscerales de Adolfo Fernández y con una ambientación sugestiva (la iluminación de Edu Berja está bien lograda en las transiciones); puesto que el espectáculo se distorsiona insensatamente para no ser ni activista, ni thriller, ni existencialista. No dudo de la inteligencia de Francisco Javier Suárez Lema y de su conocimiento sobre la escritura y el acto teatral; pues así lo demuestra en su labor como crítico; pero su texto está viciado de un ansia retórica, con un lenguaje impostado, que termina por crear un drama que pierde sus objetivos primordiales. Una pena.

Siveria

Autor: Francisco Javier Suárez Lema

Dirección: Adolfo Fernández

Reparto: Sonia Almarcha, Adolfo Fernández y Marc Parejo

Diseño de iluminación: Edu Berja

Diseño de espacio escénico: Emilio Valenzuela

Diseño de espacio sonoro y audiovisuales: Naiel Ibarrola

Una producción de K Producciones

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 28 de febrero de 2021

Calificación: ♦♦

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