Mi abuela no se llama Carmen

En el Teatro Fernán Gómez, Ana Mayo homenajea a su yaya en una autoficción de carácter costumbrista

Mi abuela no se llama Carmen - Foto de Geraldine Leloutre
Foto de Geraldine Leloutre

Uno puede ponerse en la tesitura sentimental y hasta compasiva de la autora, por supuesto. Cuántos hemos tenido abuelas viudas, muy ancianas, muy duras y singulares, con genio y pejiguerías, que pasaron la guerra (y quedaron con los perdedores) y atravesaron la posguerra pues nos podemos hacer cargo del asunto. Claro, pero esta abundancia de autoficciones en la escena, eso de que los artistas nos cuenten su vida, que viene a ser tan corriente como la de tantos, que intervienen sus textos tan poco ficcional y literariamente, que se ajustan a dramaturgias consabidas, te deja ya terriblemente agotado.

Un espectáculo de tan solo una hora. Realmente no daría para más. Y es que esa forma también ególatra, narcisista; esa imposición del yo y más yo de la dramaturga (y de todos los autoficcionadores con sus rollos particulares) me echa para atrás; porque asumo que no todas las biografías merecen ser relatadas en un cuento, en una película o en una obra de teatro. Sencillamente puesto que terminan siendo parecidas, si no, iguales. Ana Mayo (no confundir con Ana Rayo, que en su Despierta tuvo la «necesidad de contarnos» la muerte de su madre) ha tenido la «necesidad de contarnos» la desaparición de su abuela. Una mujer que superó los noventa años, que fue actriz, que fue librera, que se recorrió España entera porque su marido organizaba carreras de coches. Que era «pelirroja», que tenía los «ojos azules» y una «sonrisa radiante». La nieta narra y lo hace con soltura. Ya hemos comprobado en otras ocasiones la firmeza de esta intérprete, ese manejo que tiene para conjugar la seriedad de su rostro sereno, con una seguridad muy convincente (recordemos Solo un metro de distancia, Las cartas de Cristián o, en esta misma sala, Stockmann).

Se conjuga el monólogo con la impostación de voz de la yaya, con el catalán engolado. Honda declamación que funciona y que nos deja acercarnos a la retratada. Además, las manos se retraen. Ella padecía poliartritis psoriásica desde hacía mucho tiempo. Creo que ahí está la clave, en que esta señora me atrae mucho más que la nieta, de la que no quiero escuchar las puntualizaciones, las explicaciones y los chascarrillos accesorios. Desde luego, es más sugerente atender a alguien que se quiere convencer de que aún puede con todo, de que engaña a la asistenta social cuando acude a su piso a comprobar si merece una ayuda o no, o cómo responde con rotundidad que no tiene miedo a la muerte. De qué me vale el costumbrismo ramplón de las Navidades, las anécdotas sobre la amiga y sus embarazos (o el suyo propio) o cómo se siente la narradora. Esto deberíamos deducirlo los espectadores. Entendemos su amor, su añoranza y su nostalgia. Comprendemos el homenaje; aunque también queremos adentrarnos en algún tipo de singularidad, y esta es la que podía atesorar su abuela, si se nos hubiese permitido inmiscuirnos en la memoria quebradiza y se le hubiera dado más vuelo a una de las partes más sustanciosas de la pieza, es decir, cuando se refiere cómo estuvo en uno de esos campos de concentración al sur de Francia. Cuando las niñas como ella portaban un silbato para alertar de cualquier posible abuso sexual. En esas playas delimitadas de cualquier manera y donde los retretes improvisados configuraron esos espacios infectos al final de nuestra contienda civil.

La afabilidad, la sencillez de la función priman. Un poco de jazz, un bailecito que se repite. Apenas un butacón y un pequeño vídeo casero, grabado en el Cementerio de los Españoles en Argelès-sur-Mer. Quizás, si este montaje hubiera estado más cercano a las fechas de la pandemia, cuando creo que se escribió, hubiera demostrado otras significancias. Ahora los fallecimientos de todos esos ancianos en las residencias se enmarañan en la lucha política y en nuestro olvido. Toca más, entonces, ese otro gran tema que nos acucia últimamente, el de la soledad, y sobre todo en los más mayores. Más abandono, menos descendencia, otro ritmo de vida. Puede que lo tengamos que ver así; pero lo cierto es que es una propuesta personal y que tiene sus propios engranajes íntimos. Cada uno verá si le impacta más o menos. Desde mi punto de vista, como obra de teatro, no va más allá en todas las ideas sobre las que se podría profundizar, ya sea el paso del tiempo, la vejez o la relación abuela-nieta en un sentido menos cotidiano.

Mi abuela no se llama Carmen

Autoría, dirección e interpretación: Ana Mayo

Asesoría escénica: Fernanda Orazi

Colaboración en la dirección: Marlene Michaelis

Escenografía: Berta Navas

Iluminación: Beatriz Toledano

Vestuario: Sofía Nieto (Carmen 17)

Asesora de movimiento: Ana del Arco

Imagen y fotografía: Geraldine Leloutre

Jefa de prensa: María Díaz

Jefa de producción: Belén Pichel

Producción: A Pulmón Producciones, Mediterránea y Contraproducións

Distribución: Mediterránea y Contraproducións

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 17 de marzo de 2024

Calificación: ♦♦

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