El tiempo todo entero

Una sutil adaptación de El zoo de cristal para trasladarnos a un hogar en el que su máxima protagonista desea permanecer imperiosamente

Foto de Sebastián Arpesella

Que Romina Paula (Buenos Aires, 1979) se haya basado en el esquema argumental que dispuso Tennessee Williams con El zoo de cristal (estrenada en 1944) es ponernos en exceso sobre aviso; porque podríamos perfectamente obviar tal circunstancia y centrarnos en que El tiempo todo entero es otro planteamiento. Principalmente porque la dramaturga emplea mucho más los procedimientos chejovianos, puesto que trabaja la elipsis hasta el punto de discursear sin destino; es decir, las preguntas clave no se plasman como sí se hace en el texto del célebre dramaturgo estadounidense. Así que vamos a asistir a una función cargada de estupefacción y de diálogos que parecen destinados a tapar un silencio, una hondura y un quebranto. La obra, además, se adereza con una cantidad importante de claves que podemos ir cogiendo al vuelo en nuestro sondeo especulativo. Pues así, nada más comenzar, suena la canción «Si no te hubieras ido», del cantante mejicano Marco Antonio Solís. El tema es bien conocido y muchos artistas la han interpretado. ¿Qué nos quiere decir la autora con esta composición musical a la que parece darle tanta importancia, ya que también cierra con ella el espectáculo? El caso daría para mucho si no queremos quedarnos con lo que realmente ocurre en escena. Antonia, la joven que vive «encerrada» en su casa, dibuja una teoría sobre la propia letra: «…ella ya está muerta…», «…el cantautor, la asesinó…». Una fantasía que le sirve para hablar de la violencia, de la cultura machista mejicana (apuntalada con la referencia al cuadro de Frida Kahlo, Unos cuantos piquetitos) y, quizás, de sus miedos; aunque juguetea como si fuera una niña ensoñándose con la idea de matar. Su hermano Lorenzo la escucha atentamente y le sigue la corriente. Él está ahí para cuidarla, lee un libro en su hamaca, baila con ella y luego se prepara para irse. La protagonista no sufre una cojera como en el clásico de Williams; pero tampoco quiere salir de su piso. Allí se siente segura, es su refugio y su familia está pendiente de ella. Al igual que ocurre con algunos adolescentes hoy en día (sin llegar al extremo de los hikikomoris) ―una tendencia que podría empezar a preocuparnos―, el hogar cumple con todas sus expectativas vitales: comida, cama, entretenimiento (el ordenador es la profiláctica ventana al mundo) que evite el peligroso tedio y, sobre todo, la ausencia de responsabilidad que se le exige a cualquier adulto. En este sentido, se abre una línea interpretativa mucho más interesante que en El zoo de cristal. El tiempo todo entero se nos impone como un artefacto verdaderamente contemporáneo que manifiesta los temores surgidos a causa del hiperproteccionismo. Que después, todavía más, lance una «hipótesis» bizantina, como otra historieta inventada para cautivar a su hermano, para enredarla en su mundo de ficción que tanto parece regocijarla, nos va dejando clara su personalidad: aplacar su oscuridad interior, su agorafobia (quizás), su añoranza de alguna época precisa (puede ser), ¿alguna pérdida? (el padre), con pilas de mentiras inocentes. María Villar perfila con minuciosidad a esta muchacha hasta ofrecernos a un individuo con ciertas dosis de extravagancia y de distancia, próxima a la patología. Por su parte, Esteban Bigliardi contribuye con su buen hacer a que el personaje que interpreta resulte el más sensato. Piensa este en marcharse a España, en buscarse la vida, en abandonar a su hermana, con quien mantiene una relación casi incestuosa; y eso lo conmueve. Cuando aparece la madre, Susana Pampín, quien aumenta con su actitud la idea de controversia en esa familia, parece que la obra va a despegar definitivamente; pero hay que reconocer que el oscurantismo elíptico es atractivo y, a la vez, algo anquilosante. El argumento se adensa y la llegada de Maximiliano, un amigo de Lorenzo, posee un recorrido es algo limitado. Porque creo que ahí radica la cuestión fundamental de esta propuesta, en cómo la abulia, aderezada ―ya lo he comentado― con la fantasía y con la distracción que eviten la depresión, se convierte en un modo de vida, una escapatoria para quien no se puede permitir el riesgo de vivir ahí fuera. Esteban Lamothe trabaja desde la impotencia, desde el intruso incapaz de habilitar un diálogo que rompa con la dinámica de esa chica. Su postura es la de una vaga o la de una anacoreta. Él dice: «Me gusta hablar con la gente, me gusta el tiempo libre». Ella afirma: «Todo mi tiempo es lo que vos llamás libre». Una escenografía bastante diáfana ―la iluminación tenue de la inmensa pantalla del techo mantiene la claridad― compuesta de pocos elementos, apenas una mesa (con su portátil), una mesilla (con su equipo de música), una hamaca, un sillón esquinero y el cuadro El retrato de mi padre, de Frida Kahlo, y que aquí funciona simbólicamente para hacer notar que Antonia carece de un retrato de su propio padre. Un espectáculo breve que no puede ir más allá de lo planteado, que dispone unos límites muy concisos y que se agota en sí misma. A la postre, El tiempo todo entero es un inmejorable ejemplo de una atmósfera que va permeando en la sociedad y que está relacionada con el ansia que produce nuestro fulgurante ritmo de vida. Delante de la pantalla de un ordenador uno se siente más protegido.

El tiempo todo entero

Texto y dirección: Romina Paula

Interpretación: Esteban Bigliardi, Susana Pampín, Esteban Lamothe y María Villar

Diseño de iluminación: Matías Sendón

Escenografía: Matías Sendón y Alicia Leloutre

Producción: Sebastián Francia

Coproducción: Ligne Directe- Judith Martin y Premio S

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 1 de marzo de 2020

Calificación: ♦♦♦

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