La comedia de los enredos

Una propuesta rácana y sin fuste para esta obra bizantina de un Shakespeare primerizo

la-comedia-de-los-enredos-fotoNo todas las obras de los genios son geniales y esta, desde luego, no lo es; por mucho que la firme William Shakespeare. La comedia de los enredos es una de las primeras obras del inglés, también la más corta. Basada en Los menecmos de Plauto, pero duplicando el número de gemelos para destinarnos a un lío propio de las novelas bizantinas y, como tal, con un desenlace prediseñado que no sorprenderá a nadie. Lo interesante, si es llevado de la manera adecuada, es el nudo aparentemente inextricable de una jornada en Éfeso. Contamos, en esta adaptación de Carlota Pérez-Reverte, con dos innovaciones respecto del original. Por un lado, la aparición de dos jueces dispuestos a prologarnos la historia por si algún despistado se pierde (más una aparición postrera para rehilar lo acontecido), que poseen gracia y desparpajo. Por otro lado, se introduce el papel de mujer del Duque y, a su vez, se le da mayor preponderancia a la cortesana, que, en una mezcla difusa, interpreta Antonia Paso con inmejorable actitud para sostenerse en una especie de avidez neurótica, con cierta vis cómica generosa en el cinismo. Nos enteramos, entonces, de que una pareja de gemelos nacida en Siracusa, unida, por un azar del destino, a otra pareja de futuros criados también gemelos, se separan durante un naufragio. Unos se quedarán con la madre y otros con el padre; con la suerte, eso sí, de que los sirvientes permanecerán cada uno con un amo. Por estas cosas del enrevesamiento, los amos se llamarán Antífolo y los criados Dromio. El embrollo llega cuando el padre es condenado a pagar una multa o a perecer en veinticuatro horas por una ley de Éfeso que no permite a los comerciantes siracusanos establecerse en la ciudad griega. Ante tal diatriba decide ir en busca de dinero, sin saber que al puerto ha arribado su hijo y que allí mismo, además, vive desde hace tiempo su mujer y su otro hijo. No es difícil imaginarse lo que ocurre después: los cruces y los equívocos están servidos. Afirma Alberto Castrillo Ferrer, quien ya trabajó en la ópera prima de Carlota Pérez-Reverte, en aquella hilarante Perdona si te mato, amor, que ha querido llevar la función por el camino de la comedia del arte, aunque lo que nos encontramos se aproxime claramente hacia la astracanada; pero en el peor sentido del término. Se han tomado una serie de decisiones estéticas y dramatúrgicas que logran que el espectáculo se desconfigure por momentos. En el 2011, los Propeller, con Edward Hall a la cabeza, presentaron su modernización de The comedy of errors, marcando un hito sobre cómo se puede trasladar a la contemporaneidad un texto de finales del siglo XVI. Baste de decir que cumplieron con creces con lo esperable y que la satisfacción del público fue enorme. Se puede argüir que los presupuestos con los que cuentan unos y otros son dispares, pero lo que se puede contemplar estos días en el Matadero se debe calificar de cutre. Escenográficamente, Anna Tussell nos ha plantado un par de velas que igual valen para representar el puerto, que como acceso a la abadía, pero, sobre todo, marcan una frontera que evita cualquier profundidad escénica; prácticamente todas las acciones transcurren en la misma línea, muy cercana a las butacas. Nos tenemos que tragar que los Antífolos sean interpretados por dos actores que únicamente se parecen, de edades distintas y que, asimismo, tampoco se pretende que nos resulten similares más allá de sus ropas: Rafa Blanca, el de Éfeso, trabaja la ironía con sutileza; José Joaquín Sánchez, el de Siracusa, deriva más hacia el pánfilo. Con los Dromios, pues directamente, un mismo actor hace de los dos, con efectividad, hasta que Héctor Carballo, quien arrastra los mejores gags con gran soltura, debe jugar la baza metateatral, es decir, aprovechar la complicidad del respetable para salir del paso ante lo evidente. Por cierto, esta treta se emplea en varias ocasiones más, unas con cierto sentido cómico, como el resumen que realizan los dos magistrados confundiendo la obra y sustituyéndola por El mercader de Venecia; y, otras, redundando en esa falta de tacto general, como en el caos que se produce cuando Javier Ortiz se viste de abadesa y luego se tiene que desvestir; todo un despropósito que, además, se acentúa con algunos traspiés del actor. Completando la parte femenina, Silvia de Pé vuelve a revelar sus dotes para la parodia y la exageración en su personaje de Adriana, esposa de Antífolo de Éfeso; mientras que a la hermana que encarna Irene Aguilar, le falta mayor disposición y espontaneidad gestual cuando no dialoga. Cierra el conjunto Angelo Crotti, aportándole el colorido italiano, siracusano, con su papel de Egeón. A todo ello, seguimos, hay que añadirle el prosaísmo en el que se convierte el verso de Shakespeare y la falta de solemnidad que se espera de los papeles serios, absolutamente necesarios para generar contraste y un humor más sofisticado. De aderezo, para que el pastiche se digiera con mayor agrado, temas populares de la música italiana. En resumidas cuentas, falla el ritmo, los detalles ─no hay más que ver cómo han pergeñado las peleas─, la movilidad de los actores, la actitud para engrandecer un texto a nuestros ojos trillado por los siglos; apenas nos llevamos media docena de chistes y artificios efectivos que provocan la hilaridad generalizada; pero muy poco más. Uno se marcha con la sensación de que la adaptación y el montaje se han escorado tanto hacia la farsa endeble que casi roza el espectáculo infantil. Una pena, si tenemos en cuenta la trayectoria del director y de parte del elenco. Otra vez será.

La comedia de los enredos

Autor: William Shakespeare

Adaptación: Carlota Pérez-Reverte Mañas

Dirección: Alberto Castrillo Ferrer

Reparto: Rafa Blanca, J. J. Sánchez, Héctor Carballo, Silvia de Pé, Antonia Paso, Javier Ortiz, Irene Aguilar y Angelo Crotti

Ayudante de dirección: Encarni Corrales

Diseño de vestuario: Arantxa Ezquerro

Construcción de escenografía: Manolo Pellicer

Diseño de iluminación: Alejandro Gallo

Espacio sonoro: David Angulo

Diseño de escenografía: Anna Tussell

Maquillaje: Ana Bruned

Fotografía: Jimena Díaz-Ocón

Producción: Javier Ortiz

Naves del Matadero – Sala Max Aub (Madrid)

Hasta el 16 de octubre de 2016

Calificación: ♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s