Rasgar la tierra

Una drama sobre cómo las relaciones personales se agrietan ante un inesperado conflicto moral

rasgar-la-tierra-fotoEn el proceloso mundo de la creación uno, a veces, se encuentra itinerarios artísticos que no acaba de entender; cómo un dramaturgo, Josep Maria Miró, puede parir una obra que da la impresión de ser un esbozo, cuando tres años antes había escrito un texto extraordinario, cuajado y absolutamente persuasivo como es El principio de Arquímedes (2011); del que aún recordamos con viveza, su construcción, la evolución de un tema con tantas aristas o la vertebración de la trama. Ahora, en Rasgar la tierra, seguimos identificando detalles característicos del autor, pero de una forma timorata, desde el punto de vista literario. La función pretende abordar una mezcla de conflictos laborales dentro de una Casa de cultura en un pueblo, con una controversia de alcance moral con un joven recién llegado. La acción, in medias res, nos lanza los efectos de un descubrimiento en la tensión que muestran los dos máximos responsables de la pequeña institución. Una carta anónima contiene una información verdaderamente relevante (suponemos) sobre Miguel, un tipo algo misterioso que se ha ofrecido a colaborar gratis con la organización de un festival juvenil. Hay que reconocer que desde el inicio se marca un ritmo que viene pergeñado con esas señas de identidad propias del escritor, a saber: saltos en el tiempo con constantes analepsis y prolepsis que se plasman con gran fluidez, un trabajo esplendoroso de la elipsis y unos diálogos enérgicos que juegan a favor de estas técnicas; luego, además, el apoyo en una disyuntiva ética que somete a los personajes. Pues todo esto, que descrito así nos debería motivar, resulta que se ahoga en su reiterada recursividad. La obra comienza a dar vueltas sobre sí misma sin visos de continuidad. Los personajes viven bajo el yugo de los recortes venideros y el desgaste propio de la convivencia, mientras se dedican a preparar actividades lúdicas para los niños que acuden allí por las tardes. La falta de un mayor desarrollo, el despliegue de posibles derivas con más recorrido que ese entorno rural tan falto de atractivo y, sobre todo, el hecho de que se nos usurpe la verdad que esconde ese anónimo y, por consiguiente, las implicaciones del afectado, nos llevan a un final insostenible desde el punto de vista ético y, también, dramatúrgico. Miguel, foco en el rostro, buscando nuestra mirada compasiva, nos pide, al público, casi atravesando la cuarta pared, que le concedamos el perdón a todos aquellos que en su día, en su juventud, se «equivocaron», y que después cumplieron con su pena. ¿Qué hizo? (si es que hizo algo). No lo sabemos. Pero sea lo que sea, ya ha rendido cuentas con la sociedad. Un aspecto interesante, si tenemos en cuenta que, desde hace un tiempo, los profesores deben desfilar por las comisarías y los juzgados para que les expidan certificados en los que se refleje su carencia de antecedentes penales. Este personaje no obtendrá respuesta del respetable, pero este, seguro, hubiera deseado conocer la postura clara de sus compañeros de trabajo, sus reflexiones, sus matices y, ahí sí, entonces, nosotros hubiéramos podido entrar en el imaginario diálogo. Definitivamente, Miró ha llevado la elipsis a un callejón sin salida.

La buena dirección, a cargo de Jorge Muñoz, permite que las transiciones entre las escenas se concatenen con soltura. La pareja de encargados de esa Casa de cultura está interpretada por Manuel Varela, que sabe dar credibilidad a su desesperación y a su angustia, motivada por una situación familiar agobiante; adopta un tono sarcástico que, en ocasiones, nos repele; aunque, el recurso de pegarle una botella de whisky en la mano parece chocante y un tanto increíble. Su compadre es Chechu Moltó, quien, desde mi opinión, se ve arrastrado por las circunstancias y no acaba de imprimirle a su personaje el carácter necesario para que las discusiones posean contrapeso. Finalmente, Joaquín Mollá se agarra excelentemente a la inasible personalidad de aquel inesperado viajero que manifiesta su ímpetu y su voluntad por ayudar, pero también su pesadumbre y sus miedos.

Ciertamente, es una pena que una obra que arranca con ese vigor, no ahonde y sobredimensione ese conflicto moral que no termina de concitarnos.

Rasgar la tierra

Autor: Josep Maria Miró

Traducción: Eva Vallines

Director: Jorge Muñoz

Reparto: Chechu Moltó, Joaquín Mollà y Manuel Varela

Escenografía: Criadero de morsas

Producción: Criadero de morsas

Teatros Luchana (Madrid)

Lunes de octubre de 2016

Calificación: ♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

 

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