Barbados, etcétera

Pablo Remón presenta en el Teatro Kamikaze un tríptico pop sobre la relación de una pareja en fase de demolición

Foto de Vanessa Rábade

Seguramente la clave ya la expresa el propio dramaturgo cuando afirma: «una especie de «Cara B» de 40 años de paz». Porque según cuenta, esta Barbados, etcétera sería la consecuencia de los ensayos e improvisaciones que pretendían dilucidar si el personaje creaba su lenguaje o si era este el que creaba aquel. Por eso lo que nos encontramos en escena, en el ambigú de El Pavón, es un ejercicio de estilo, lo suficientemente vacuo en el contenido como para que la forma nos ocupe hasta donde lleguen nuestras ansias estéticas. Remón narra, le gusta narrar, se deleita en el narrar; pero resulta que es guionista y director y que sus palabras deben plasmarse en imágenes, encuadres, voces de protagonistas; y el tipo no se resiste a mostrarnos la virtud primordial de estos profesionales: el detallismo. Se nos entregan tres historias separadas y con unos puntos en común que dependen de nuestra buena voluntad, digamos que se hace referencia a Barbados y tampoco de una manera excesivamente simbólica. La primera es una anécdota sobre un tapicero, ya saben, el tapicero que recorre las calles con su megáfono a todo trapo ofreciendo sus servicios. Sigue leyendo

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Escena – Fin de temporada 2015-16

Un repaso por lo más destacado del mundo teatral en este último curso

Foto de Ros Ribas
Foto de Ros Ribas

Toca hacer recuento después de que haya terminado la temporada para muchos teatros, aunque una cantidad importante de salas continúe en la brega. Y como ha ocurrido en los últimos años, el arte dramático nos ofrece un reflejo y una perspectiva con los que poder analizar a nuestra sociedad. Por un lado, la crisis mantiene la destrucción en el sector con el cierre de espacios tan emblemáticos como Guindalera o proyectos como la Kubik. Por otro lado, se debe hacer una profunda reflexión sobre el momento creativo que vive el teatro en España que, en cierta medida, tiene mucho que ver con su público, tanto con el que asiste asiduamente como con aquel que o ha ido abandonando (por cansancio) o que nunca llegará a formar parte del respetable por falta de persuasión. Ni que decir tiene que este tema es verdaderamente esencial y antes morirá el teatro por falta de espectadores que por carencias económicas. Sigue leyendo

La abducción de Luis Guzmán

El Teatro del Barrio recupera una pieza teatral sobre un individuo que vive en la órbita de lo paranormal

La abducciónHace muy pocos meses conocimos la obra de Pablo Remón 40 años de paz, que se presentó con bastante éxito en el Festival de Otoño en Primavera. Ahora tenemos la oportunidad de revisitar su obra anterior en el Teatro del Barrio. La abducción de Luis Guzmán es una pieza caracterizada por el trastorno mental de un individuo que ha creado todo un mundo imaginario alrededor. A Luis nos lo encontramos frente a un televisor visionando programas grabados de Cosmos, la serie documental escrita por Carl Sagan; comiendo pipas con ahínco y comentando sus impresiones mezcladas con ciertas quejas de tipo doméstico. A continuación conocemos a Max, su hermano, recién llegado de Londres; un hombre de negocios en la City. Al principio le sigue la corriente a Luis, sobre sus programas de radio y sus representaciones como locutor frente a un pequeño radiocasete. Antes de que aparezca sorpresivamente la mujer de Max, los problemas familiares de todos los intervinientes han salido a la luz. Es, en definitiva, de lo que trata la obra, de esos choques que se producen en los pasados familiares y de cómo se van agrietando según pasa el tiempo. Sigue leyendo

40 años de paz

Pablo Remón ha perfilado la historia de una familia marcada por la muerte del padre, un general franquista

40 años de paz - Foto 1
Foto de Flora González Villanueva

Así ya, toda una generación nacida tras la muerte del dictador, pero recogiendo esa aura putrefacta de los espacios viciados, repletos de miasmas y rencor. 40 años de paz concentra en cuatro historias el relato de una familia que, como le ocurriera mutatis mutandis a los Panero (de aquella manera quedó reflejada en la película de Chávarri El desencanto), vive bajo la sombra de un padre, muerto sin gloria, ahogado en una piscina el 23F. Ahora esa piscina sirve de sustento a los insectos y a las alimañas de otro tipo, mientras se descompone al mismo ritmo que el casón que, en otros tiempos, conformó un hogar de orden y temor de Dios. En este contexto, reflejado en una escenografía que da buena cuenta de la cochambre moral que se ha instalado, se desplazan unos personajes dispuestos a narrar las peripecias de su vida. Micrófono en ristre, el hermano mayor comienza su alocución con una descripción del terreno mesetario, agostado y decadente. Francisco Reyes establece un ritmo y un tono que se aproxima a cierta espontaneidad displicente que a la obra le va muy bien. A continuación, se mete en la piel de su padre, recién venido del cielo, perfectamente uniformado como buen militar que era, un carcunda con la chulería cínica de alguien que murió creyendo que el golpe había triunfado; desde luego, este pasaje es de los mejores de la obra, concretamente por el choque entre un fantasma, en plena ciénaga, y su hijo ex drogadicto, ex poeta y ex heterosexual; depara un tono que, desgraciadamente, después va decayendo según se acoge al costumbrismo de gusto treintañero. De hecho, como se puede observar en la interpretación de Emilio Tomé, la función resulta intelectualmente productiva cuando lo paradójico entra en escena a través de la representación, ya sea con este mismo actor metido en la caseta del perro o, después, los tres hermanos jugando al parchís en el hueco de la piscina. Sigue leyendo