Anodina propuesta de la compañía Mudanzas López sobre un esbozo de El coloquio de los perros, de Cervantes

Si las nuevas generaciones vienen para anclarse en la machacona autoficción, entonces hay que batirse en retirada; porque esto es insoportable. El problema máximo de dicho procedimiento literario no radica tanto en las posibles técnicas e intertextualidades posdramáticas que se puedan poner en juego (casi siempre las mismas, esa es la verdad); sino en que hay que pensarse mucho qué se autoficcionaliza, pues la mayoría de las vidas de nuestro presente son enteramente anodinas y, en absoluto, extraordinarias. Aunque, claro, dile tú a la generación más narcisista de la historia que no te hablen de ellos. En este caso, el principiante Adrián Perea se la ha cargado con todo el equipo. El ahora renombrado Teatro Quique San Francisco (antes Galileo), ha sacado el Festival Sala Joven, dirigido por Karina Garantivá, para que, justamente, las nuevas voces tengan una buena oportunidad para mostrar sus trabajos. Ahora que nos dejan hablar iba a ser en un principio un proyecto para adaptar El coloquio de los perros y presentarlo al Festival de Almagro de 2020. De esto nos enteramos con pelos y señales desde el propio inicio del espectáculo. Sigue leyendo
Vamos a pensar que Juan Luis Iborra, de quien podemos leer en el programa de mano: «Una comedia llena de verdad, porque es en la verdad donde nace la mejor comedia», ha escrito una genialidad, una alegoría de España, una sátira revolucionaria, una fábula con mensaje subrepticio que requiere descodificarse pormenorizadamente; y que lo que parece un monólogo propio del Club de la Comedia, de apenas una hora y que propende con generosa ingenuidad, es, en realidad, una ejemplo moral digno de la Ilustración. Pues, oigan, si el dramaturgo y la dramaturga (Sonia Gómez) hubieran afinado más por aquí y por allá, y no hubieran tenido tan claro a qué público se dirigen en este estío de nuevas normalidades, pues quién sabe hasta dónde se podría haber llegado. En ustedes está excederse en los pruritos interpretativos, que en la crítica hace tiempo que se dan corrientes que observan mucho más de lo que el mismo autor quiso exponer. Pero la cuestión es que ya el propio título nos hace recordar el grito de los liberales en su apoyo de la constitución de 1812 de Cádiz, como nuestra actriz. ¿Y qué deducir de la protagonista? 
El Teatro del Temple lleva unos meses en Madrid mostrando sus trabajos y evidenciando cuáles son sus concepciones estéticas. Lo hemos comprobado con
Es este un montaje de largo recorrido, pues se presentó allá por el 2009, y sigue con sus andanzas como el propio personaje. Si ya de por sí cualquier obra de teatro es una permanente actualización, más lo es si está abierta a que su protagonista dé cabida a improvisaciones que dialogan con el presente. Vamos, es lo menos que se podía esperar de un tipo que se mete en la piel de un pícaro, y más que un pícaro, pues tenemos siempre en la imaginación la «inocencia» de Lázaro, y hay que reconocer que Pablos va mucho más allá. La gran virtud de esta adaptación firmada por José Luis Esteban y Ramón Barea es la «suavización» del lenguaje quevedesco. El conceptismo está, pero sin barroquizarse. Todo resulta más coloquial y cercano a nuestra habla que lo que demuestra el libro. Por supuesto que escuchamos algunas expresiones de germanías; aunque no se alcanza el enrevesamiento de las insinuaciones y de las dilogías. 
El Teatro de La Abadía ha querido cerrar su peculiar temporada con algo «fresquito» para el verano (como se suele decir). Ronejo es una obra que ha ganado, sin querer, gracias a las circunstancias; pues fue creada en 2018, pero parece que el tiempo le ha dado la razón. Si usted es un conspiranoico, claro. Aunque parece que el futuro no irá muy desencaminado, ya que el hombre más rico del planeta (o el segundo, qué más da), Elon Musk, está con Neuralink preparando el abordaje. La cuestión es que esta propuesta no es más un entretenimiento, un cómic para frikis, sin más ambiciones que jugar cómicamente con un destino, el de la humanidad, que se aproxima distópico en nuestra imaginación y que, probablemente, sea tan luminoso en el aspecto exterior como oscuro en nuestro control. Los problemas, eso sí, con los que nos topamos son, al menos, dos. A saber, que el humor no sea desbordante, cuando uno lo esperaba ansiosamente. 
