¡Viva la Pepa!

Juan Luis Iborra dirige a esta heroína melillense interpretada con salero por la actriz Pepa Rus en el Teatro Bellas Artes

Viva la Pepa - FotoVamos a pensar que Juan Luis Iborra, de quien podemos leer en el programa de mano: «Una comedia llena de verdad, porque es en la verdad donde nace la mejor comedia», ha escrito una genialidad, una alegoría de España, una sátira revolucionaria, una fábula con mensaje subrepticio que requiere descodificarse pormenorizadamente; y que lo que parece un monólogo propio del Club de la Comedia, de apenas una hora y que propende con generosa ingenuidad, es, en realidad, una ejemplo moral digno de la Ilustración. Pues, oigan, si el dramaturgo y la dramaturga (Sonia Gómez) hubieran afinado más por aquí y por allá, y no hubieran tenido tan claro a qué público se dirigen en este estío de nuevas normalidades, pues quién sabe hasta dónde se podría haber llegado. En ustedes está excederse en los pruritos interpretativos, que en la crítica hace tiempo que se dan corrientes que observan mucho más de lo que el mismo autor quiso exponer. Pero la cuestión es que ya el propio título nos hace recordar el grito de los liberales en su apoyo de la constitución de 1812 de Cádiz, como nuestra actriz. ¿Y qué deducir de la protagonista? Pues que tiene los retazos de La Macu, su popularísimo personaje de Aída, pero sin su brusquedad tan exagerada. Una mujer con dos criaturitas en el carrito, de padre catalán y de profesión mulero. Su pareja se dio el piro y ella, con su optimismo, intenta salir adelante. Pepa Rus domina este tipo de situaciones y sabe remarcar con gracia y con salero cada salida de tono, y llevarnos con agrado y con bondad por los vericuetos de una historia tan rocambolesca, como trufada de inverosimilitudes que, si bien la hacen entretenida, también la llevan hasta la intrascendencia por alejarse de todo aquello que pudiera agriar el ambiente y soliviantar al respetable. El director del asunto ha condensado lo esencial con una disposición sencilla de los elementos dramatúrgicos, en una estructura básica de planteamiento nudo y desenlace. El azar sitúa a nuestra heroína frente a una palmera con un águila atrapada en todo lo alto, y como ella estaba muy acostumbrada a subir para ganarse sus buenos dátiles, pues allá que te va —aunque el cuerpo, en apariencia, no acompañe con tal agilidad— para salvar al ave, que, a la postre, resulta estar en peligro de extinción. Aplausos por doquier, vítores, redes sociales, televisiones con sus magazines mañaneros y ya tenemos historia para unos cuantos días. Visita al programa de Ana Rosa —desarrollado sin demasiada enjundia—, y medallita al mérito directamente entregada por el Rey. No obstante, el humor es algo chabacano y rancio, el espectáculo se afana en arrancar las carcajadas del público, tirando de ironías con las reinas, tanto la oficial como la emérita, para pergeñar una especie de sororidad interclasista de nuevo cuño. Por momentos, la Rus parece que nos retrotrae a las películas de Paco Martínez Soria o de Lina Morgan, en la confianza que demuestra con Sofía, a la que aconseja buscarse un novio. Pullas para el abdicado, con la prudencia esperable. No faltan, desde luego, todo tipo de comentarios costumbristas sobre su vida melillense; aunque no logran retratar con esmero a otros personajes secundarios, porque esta propuesta es fulgurante y no parece que anhele demorarse con otras vidas quizás igualmente desgraciadas. El desenlace (debo acometerlo), desde luego, es coherente tanto con la trama como con nuestro mundo. La fama espontánea e insustancial es suficiente para que una ciudadana anónima, sin apenas formación ni experiencia, se presente a las elecciones a la alcaldía con un partido que se revela ni de derechas, ni de izquierdas. Sencillamente, honrado. Con un fichaje musulmán, para que el multiculturalismo de la ciudad autónoma quede significado. O sea, la definición más rácana de populismo. Y como los dramaturgos van a saco, pues que la electora gane no solo por mayoría absoluta, sino aplastante K.O. (todos los votos para ella). No esperen epílogo, ni segunda parte. No hace falta. Puesto que los problemas; aunque sean de alta geopolítica, se resuelven con la «verdad» y trepando a las datileras. El pasatiempo está ahí para que algunos chascarrillos logren la risa de los más dispuestos. Y como afirmaba al comienzo, ustedes pueden dejarse llevar por el propio acontecer risible de la Pepa o por una interpretación que puede ser más inusitada si cabe que el mismo relato. Una heroína del pueblo como Juana de Arco, Mariana Pineda o Manuela Malasaña que consigue sacar de Melilla un águila (¿la de san Juan?), como si fuera el símbolo de aquellos que sueñan con recuperar los aguiluchos de las banderas trasnochadas. Y que ella, hecha símbolo también, como ocurre hoy en día, a golpe de medios de comunicación sin rumbo, termina por codearse con la realeza con los modos del empoderamiento feminista, para finalmente alzarse con la vara de alcaldesa. La libertad guiando al pueblo. Y, como ella misma afirma, ¿para qué hace falta la valla? Sin ella, los conflictos migratorios desaparecen. Otra revolución de las sonrisas. Si no fuera porque hay que rascar más de la cuenta y porque no se retuerce el argumentario en exceso, uno podría llegar a inducir que ¡Viva la Pepa! es, en realidad, un panfleto insoportable imbricado subliminalmente para que lo detecte el «chis» que nos acaban de inocular. ¿O ya nos lo habían inoculado hace tiempo?

 

Viva la Pepa

Autores: Juan Luis Iborra y Sonia Gómez

Dirección: Juan Luis Iborra

Reparto: Pepa Rus

Escenografía: Eduardo Moreno

Iluminación: Juanjo Llorens

Una producción de Pentación Espectáculos, Deleite Producciones y Juan Luis Iborra

Teatro Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 8 de agosto de 2021

Calificación: ♦♦

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