Pere Arquillué es capaz de sublimar el texto firmado por Josep Maria Miró, una concatenación de monólogos entorno a un crimen
Regresa Josep Maria Miró al Teatro de La Abadía, a esa misma sala donde cosechó su gran éxito El principio de Arquímedes. Dirige Xavier Albertí, quien también ha estado manejando los hilos en los Teatros del Canal con En mitad de tanto fuego. Grandes similitudes en la dramaturgia. Un solo actor se debe enfrentar a nosotros con todas las voces y evocaciones. Asuntos muy distintos o, quizás, no tanto. Lo que aquí se presenta posee algún elemento de Rasgar la tierra, por aquello del ambiente rural. A mí, en alguna medida, me ha recordado a Dogville, de Lars von Trier. Como también a Perros del paja o As bestas. Un chico ha sido asesinado y poco a poco nos vamos inmiscuyendo en esos odios acendrados que surgen en algunas sociedades cerradas, donde los vecinos van trazando rencillas demasiado agónicas. Sigue leyendo
Viene este montaje en paralelo (o en continuación) de aquel 


¿Es el título de este espectáculo un gancho comercial? ¿Estamos ante una de esas propuestas que se envuelven en el halo de santidad de un literato para darnos gato por liebre? Pues creo que sí. Parece una función destinada a esos espectadores que buscan pasar un rato divertido y a los que el tema en cuestión les da un poco igual. Ya que no es necesario saber de Shakespeare prácticamente nada. Es más, se recomienda a partir de los 7 años. 
Quedó la primera función de este montaje determinada por la indisposición del técnico de sonido. No me alcanza para desentrañar las posibles soluciones o hasta qué punto fue irresoluble esta cuestión. Las canciones ─muchas─ que debían escucharse simplemente fueron sobreimpresionadas en pantalla. Así supimos que en la radio cantaba Gainsbourg y Birkin, Pierre Bachelet o, con insistencia, tal y como le gustaba a la hija, nuestro Julio Iglesias. También es cierto que leemos en varias ocasiones el nombre de Bertrand Cantat, pues ha sido el responsable de las músicas.
La banda terrorista ETA, hasta el fin de la «lucha armada» en 2011, asesinó a 829 personas (19 durante el franquismo) y, de ellas, 203 de la Guardia Civil. Más de trescientos atentados se mantienen como casos sin resolver. Según una gran encuesta publicada en 2021 apenas el 0,5% de los alumnos de la ESO en Navarra sabía algo de Miguel Ángel Blanco. En este sentido, loable es la actividad del historiador Raúl López Romo, quien certifica el desconocimiento de los jóvenes tanto vascos como del resto de España acerca de la multitud de atrocidades que se cometieron no hace tanto. Doy fe de ello. Esta cuestión no se estudia en ningún sitio; cuando quienes más hacen propaganda terrorista son aquellos que en sus pueblos y en sus barrios imponen su terrible relato. Eso sí que es blanquear.