El principio de Arquímedes

Esta obra que se presenta en La Abadía es de lo mejor que se puede ver en los teatros madrileños

elprincipiodearquimedes1_fichaJosep Maria Miró ha creado un artefacto que nos impele a posicionarnos sobre un conflicto que cuestiona nuestro devenir como sociedad, y para ello se ha provisto de los mimbres literarios precisos y de unos actores que saben exprimir en su justa medida un texto que, en su redundancia y retrovisión, busca respuestas en el sentido común.

Rápidamente es posible encontrar referencias cinematográficas recientes para el tema que nos ocupa, sin ir más lejos La caza, de Tomas Vinterberg (aquí también la credibilidad de una niña pequeña se establece como verdad inapelable) o El profesor, de Tony Kaye (en una de sus escenas podemos ver al protagonista consolando a una alumna con un tímido abrazo para, a continuación, ser «sorprendidos» por otra compañera con el consiguiente escándalo). Dentro de la subasta en la que vivimos inmersos, donde la seguridad se vende a precio de libertad, después de ser aterrorizados y sometidos por el miedo a cualquier remoto peligro, el pensamiento falaz (aquí la generalización apresurada con tintes paranoides), como ocurre en El principio de Arquímedes con las intervenciones de un padre «asustado», se impone. Que se haya dado un caso de pederastia a veinte metros de la piscina es razón suficiente como para discurrir que si un monitor da un beso a un niño angustiado (en la boca, según una muchachita de 6 años) y lo abraza (delante de los demás), por puro contagio (debe ser), es potencialmente un abusador. Además, de forma fulgurante, se introduce el tema de la homosexualidad. Ya se sabe, un homosexual es alguien que se define por su ferviente lubricidad frente a alguien del mismo sexo. Sumémosle el reciente caso del pederasta de Ciudad Lineal y reflexionemos acerca de todos aquellos padres que en diversas poblaciones fuera de España dejaron de llevar a sus hijos al parque durante varias semanas.

Miró se ha valido de unos actores que comprenden en su gestualidad el proceso de sospecha y fobia que los invade. Para empezar, Rubén de Eguia es el máximo protagonista (del mismo nombre) y redondea aún más un personaje que se debe mover entre la vivaracha autoestima y la tristeza desesperante de alguien mancillado en su honor de una forma, hasta hace poco, kafkiana. Por su parte, Roser Batalla, la directora de la piscina, existe en la realidad, con ese rostro de cloro, cansancio y rutina de amargura por su historia personal que mezcla su brusquedad como jefa, con los chispazos de empatía que aún le brotan ante la injusticia. A ellos se unen, Santi Ricart, interpretando al padre de una de las criaturas, que, aunque entra un tanto dubitativo, enseguida coge un tono de papi que cualquier educador ha tenido delante, alguien que a pesar de ser un adulto, reflexiona con todas las leyes de la lógica dadas la vuelta. Es él quien introduce esa soflama sobre la búsqueda de la seguridad absoluta que se esconde bajo el «me puede usted asegurar que el Rubén ese no es…». Finalmente, Albert Ausellé es el compañero del protagonista y, dada su personalidad timorata, ofrece un contrapeso muy interesante.

Aparte de lo expuesto, lo que más llama la atención es la estructura de la obra. A medio camino entre el contrapunto y las técnicas de antelación-retrospección. Recuerda, lógicamente, a Pulp Fiction. Es en ese vaivén (a través cambios escenográficos cuasimágicos), donde los puntos de vista se trastocan sin que te veas obligado a cambiarte de sitio, cuando tu juicio duda, se confunde y se cuestiona hacia qué lugar vamos o hacia dónde me quieren llevar.

Vivimos en un mundo que antepone la seguridad al sentido común. Los educadores saben que la sana cercanía hacia sus pupilos es absolutamente necesaria si se quiere participar en su buena educación. Desde luego, merece la pena «arriesgarse» a ser parte de ese proceso en el que muchos alumnos requieren una atención más personal; sobre todo cuando la parafernalia de la existencia se muestra tan hostil.

El principio de Arquímedes

Texto y dirección: Josep Maria Miró

Reparto: Albert Ausellé, Roser Batalla, Rubén de Eguia y Santi Ricart

Escenografía: Enric Planas

Vestuario: Albert Pascual

Iluminación: David Bofarull

Diseño de sonido: Damien Bazin

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 2 de noviembre de 2014

Calificación: ♦♦♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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