Israel Elejalde dirige este drama sicológico en el Teatro Español sobre un caso de suicidio infantil

Estamos muy acostumbrados a degustar dramas cercanos que nos desvelan conflictos con la sibilina estructura del thriller tan mametiana. Generalmente, un par de personajes que se enfrentan en un combate dialéctico en el que van guardándose sus bazas hasta el desenlace. Si la muerte está en el fondo dolorosamente, entonces, el meollo se agrava. Hace bien poco hemos contemplado en Vincent River cómo se establece esa disputa para dirimir un asesinato. Si le añadimos el contexto educativo, la obra Violencia, que regresó a los escenarios hace unos meses, adivinaremos unas costumbres muy concretas. Creo que merecería la pena que los espectadores pudiéramos atender propuestas de similar calado sobre la realidad española. Y es que las sutilezas de los centros de enseñanza anglosajones o americanos (o diría que de cualquier otro lugar) poseen su idiosincrasia. ¿Cuáles son las reglas internas? ¿Cuáles son los protocolos? O ¿qué se considera normal y adecuado en las respuestas que puede ofrecer un muchacho de once años en sus redacciones? Sigue leyendo
Desde luego, tal y como les han ido a otros dramaturgos estadounidenses de entreguerras, lo justo hubiera sido que Susan Glaspell hubiera tenido un reconocimiento mayor, pues en ella reconocemos los influjos de Ibsen o de Maeterlinck acomodados a su realidad de su país. Seguramente, O`Neill, que fue, en cierta medida, auspiciado por ella, la haya opacado. Aunque el hecho de que fuera una mujer vinculada al movimiento feminista haya influido lo suyo. Ella estuvo embarcada en el Club Heterodoxy del Greenwich Village, en Nueva York, grupo que, además de concentrarse en las razonables preocupaciones de las féminas en la segunda década del siglo XX, daba cobijo a muchas lesbianas. Esta cuestión, por un momento, me hizo pensar que en esta obra que nos compete existe una pulsión erótica. No obstante, como veremos, entre la protagonista y Margaret, su amiga del alma, no se habría llegado a tal extremo (sería, en cualquier caso, más que coherente). 

Desde luego, a priori resultaba muy intrigante descubrir cómo se podía llevar a escena la vivencia de la famosa Helen Keller, aquella mujer que se quedó sorda y ciega después de pasar una tuberculosis (parece la hipótesis más razonable) a los diecinueve meses de haber nacido. La película El milagro de Ana Sullivan contribuyó en su momento a que su ejemplo se volviera más acuciante, especialmente para todos esos estudiantes de estudios relacionados con la pedagogía. Evidentemente, la estética, en su sentido más amplio (arte y sensaciones), parece el camino más apropiado para incidir en los lenguajes que nos puedan aproximar a esa entelequia que supone especular, no ya sobre el pensamiento y las percepciones de una persona corriente, tan manipulada por la vista, sino de alguien que requiere necesariamente acudir al tacto y al olfato para alimentar su imaginación. 


