La Navidad regresa al Circo Price con esta esperada propuesta llena de espectacularidad para toda la familia
Cómo no acudir en familia a este espectáculo navideño en el Price si se quiere disfrutar durante casi dos horas de todo tipo de atractivos. Ciertamente, será la chavalería la que más se lo pase en grande; aunque, quizás, para los más pequeñitos se puede hacer un poco largo y puede que algunos diálogos se les pasen desapercibidos. En referencia a esto último, es lo que ocurre con muchas películas infantiles, donde la ironía y la parodia habituales de los últimos tiempos (véase, se me ocurre, La Lego película) están destinadas al regocijo de los adultos. No pasa nada porque no se pillen todos los chistes; ya que las distracciones son múltiples y el ritmo no puede ser más vivaz en un montaje, donde se tienen que realizar las consabidas instalaciones para la realización de los ejercicios. Sigue leyendo
Superficialmente esta obra compleja puede resultar repetitiva e insulsa, una vez estamos acostumbrados —nuestro mundo audiovisual así lo ha propiciado— a ciertas imágenes de violencia. Como ocurre con los grandes directores teatrales, es necesario deconstruir su propuesta, escarbar en las entrañas de la dramaturgia para comprobar si, detrás de lo evidente, hallamos una construcción potente, enérgica y solvente filosóficamente hablando. Desde mi punto de vista, Romeo Castellucci ha trenzado con gran inteligencia y hasta valor y entereza, unos conceptos gravosos que nos exigen abstraer un discurso que pretende conectar, como un arcano: el origen de la violencia. Que inicialmente tengamos que soportar una especie de máquina destructora sonando como si se pretendiera aturdirnos, ya es una captatio desafiante y aplaca nuestra impaciencia y demuestra nuestra docilidad. 

¿A quién le puede interesar la historia de una imprenta de Buenos Aires? A muchos, si eso implicara, simbólicamente, hablar, por ejemplo, de las fases de la revolución industrial, de los mecanismos de automatización, etc. O, quizás, supusiera universalizar las rupturas que acontecen en las sagas vinculadas a un negocio familiar y cómo las generaciones deben hacerse cargo de situaciones muy diversas. Bien, pues nada de esto —al menos de una forma plenamente desarrollada— transcurre en esta obra. Sobre las tablas no ocurre nada que me parezca interesante, nada que justifique una obra de teatro, y menos, con ese despliegue de personal. La anécdota —por llamarla de alguna manera— le compete a su autora; pero no entiendo cómo nos puede afectar o conmover a los demás si no nos permite ir un poco más allá del recuerdo de unas vivencias un tanto anodinas y corrientes. A lo mejor ya está bien de forzar la mirada de esos espectadores tan afanados, tan festivaleros, que se pirran por lo que viene de fuera o por aquello a lo que se le otorga un aura que no merece. Porque hablamos de un estilo teatral que se desgasta por momentos.
Partamos de que ya nos topamos con la pareja Casany y Valls cuando se enfrascaron en la estupenda
Todo va tan rápido que esta obra no es que nazca vieja —tampoco hay que pasarse—; pero antes de tomártela con precaución o, incluso, con temor; uno prefiere aceptarla con gracia. Da la impresión de estamos esperando a que ocurra verdaderamente algo catastrófico para que nos tomemos en serio —que le exijamos a nuestros legisladores que dejen de ir con la lengua fuera y se pongan las pilas, si es que todavía no están corrompidos por la venalidad— la potente tecnología que se ha puesto en nuestras manos y en nuestra memoria. Quizás cuando llegue el gran apagón o cuando nos hagan el tocomocho en algunas elecciones o cuando nuestros hijos se vuelvan definitivamente imbéciles (alguna generación ya está perdida. Eso está claro). 