Aurore Fattier entremezcla a Ibsen con Chéjov en un montaje esplendoroso de cine y teatro cargado de metateatralidad

Debemos asumir con normalidad el estilo que aúna el cine con el teatro (el film performance). No paran de llegarnos cada año propuestas de este cariz y ya podemos hacer diferentes comparativas sobre su meticulosidad, sobre su trasfondo o, incluso, sobre su insignificancia; si los procedimientos no vienen a cuento. Esta Hedda se sitúa en la senda de la limpieza visual. No descubrimos a camarógrafos inmiscuyéndose entre los intérpretes como ha ocurrido en otras ocasiones (véase Orlando, de Katie Mitchell). Parte de lo que vemos en pantalla se representa detrás y, como siempre, uno especula con la posibilidad de que no sea así, y lo que observemos sea una «simple» grabación, y el elenco esté descansando gustosamente en los auténticos camerinos de los Teatros del Canal. La referencia más directa que nos viene a la mente (habría otras) es Pieces of a Woman, de Kata Wéber. Sigue leyendo


¿Es el título de este espectáculo un gancho comercial? ¿Estamos ante una de esas propuestas que se envuelven en el halo de santidad de un literato para darnos gato por liebre? Pues creo que sí. Parece una función destinada a esos espectadores que buscan pasar un rato divertido y a los que el tema en cuestión les da un poco igual. Ya que no es necesario saber de Shakespeare prácticamente nada. Es más, se recomienda a partir de los 7 años. 
Quedó la primera función de este montaje determinada por la indisposición del técnico de sonido. No me alcanza para desentrañar las posibles soluciones o hasta qué punto fue irresoluble esta cuestión. Las canciones ─muchas─ que debían escucharse simplemente fueron sobreimpresionadas en pantalla. Así supimos que en la radio cantaba Gainsbourg y Birkin, Pierre Bachelet o, con insistencia, tal y como le gustaba a la hija, nuestro Julio Iglesias. También es cierto que leemos en varias ocasiones el nombre de Bertrand Cantat, pues ha sido el responsable de las músicas.
Cuando uno se empeña en performar un desenfreno debe cuidarse de no sucumbir en la autodestrucción. Los propios artífices anulan su engranaje evidenciando que sus tramas se agotan antes de que la comida esté lista. Ellos se han impuesto cocinar de principio a fin una paella de verdad, aunque algún valenciano afirmaría que es arroz con cosas; porque abusan de las verduras de manera insolente (también el cutrerío va por ahí). Noventa minutos de cocción se hacen tan excesivos para un argumento tan endeble, que más de media hora se rellena con canciones a modo de cabaret ramplón y grotesco con irónico el «Show must go on»; puesto que hay que esperar y continuar.
La banda terrorista ETA, hasta el fin de la «lucha armada» en 2011, asesinó a 829 personas (19 durante el franquismo) y, de ellas, 203 de la Guardia Civil. Más de trescientos atentados se mantienen como casos sin resolver. Según una gran encuesta publicada en 2021 apenas el 0,5% de los alumnos de la ESO en Navarra sabía algo de Miguel Ángel Blanco. En este sentido, loable es la actividad del historiador Raúl López Romo, quien certifica el desconocimiento de los jóvenes tanto vascos como del resto de España acerca de la multitud de atrocidades que se cometieron no hace tanto. Doy fe de ello. Esta cuestión no se estudia en ningún sitio; cuando quienes más hacen propaganda terrorista son aquellos que en sus pueblos y en sus barrios imponen su terrible relato. Eso sí que es blanquear. 