El conflicto de pareja en el contexto del capitalismo consumista vuelve a ser el tema que exprime el dramaturgo francés Pascal Rambert a través de su genuino estilo

Pascal Rambert se repite y repite a Bergman o al Noah Baumbach de Historia de un matrimonio para volver a desenredar la ficción creada por una pareja de actores y su estertor amoroso. Digo ficción, claro, puesto que no hay más que observar una discusión de este calibre como para demostrar que uno es capaz de convencerse de que las cosas han ocurrido de cierta manera y para aseverar que desde siempre fue esto o aquello. Monólogos falaces ambos donde cada contendiente se acoge al cherry picking, es decir, a la selección de aquellos acontecimientos o comportamientos del cónyuge que justifican su tesis demoledora, obviando, por supuesto, todos esos instantes que nos llevarían a pensar lo contrario. Cada uno se ciega en lo suyo, mientras agoniza o se desespera. Sigue leyendo

Cuando Lluís Pasqual ciñó la corona a la Espert y Ricardo Iniesta hizo lo propio con Carmen Gallardo, en la versión de
Se nos presenta esta idea de Paco Mir como otra más de esas incursiones metateatrales que tanto abundan en el panorama teatral en las últimas décadas. Tanto es así, que este estilo resulta muy recurrente en las propuestas para adolescentes y en funciones escolares. Es una forma, inicialmente, de introducirlos al teatro en sí como arte ficcional con el fingimiento (o no) de la cuarta pared; y, si se quiere continuar hasta el final por esos andurriales —como ocurre en la función que nos compete—, pues como forma de captar la atención y habilitar otras derivas ficcionales que, en este caso, no son demasiado ingeniosas.
Cuando hace unos meses falleció William Hurt, se recordó ampliamente su fantástica labor actoral en la versión cinematográfica de El beso de la mujer araña (1985), con la que consiguió, entre otros prestigiosos premios, el óscar. Aquella cinta y su novela se habían quedado ancladas en un pasado que reverbera mal en nuestro presente; porque poseía reminiscencias culturalistas que hoy resultan algo exquisitas. Es algo que se comprueba en la versión que dirige Carlota Ferrer en el Teatro Bellas Artes, pues si uno de los protagonistas se pone a contar la película de 1942, La mujer pantera, de Jacques Tourneur, entonces el espectador se puede quedar pronto descolocado; si rápidamente no encaja el argumento del film. Con el libro es más sencillo aclararse; no obstante, parece más que conveniente imbricar el simbolismo de esa fémina felinesca que encarnó en el celuloide Simone Simon, y que nos ponía en la pista de cierta paradoja entre amar, perder la virginidad y metamorfosearse en un ser destructor.
Será inevitable intuir una moral particular en el trasfondo de este montaje, si viene firmado por un jurista, nuestro actual presidente del Tribunal Constitucional, Pedro González-Trevijano. Plantea, en esta su primera obra teatral, un diálogo entre Adonay (Dios) y Belial (el Diablo), quienes se hacen compañía en el Camino de Santiago, durante el jubileo de 2020, o sea, en plena pandemia. Asunto tan imaginativo nos llevaría a inducir una disputa mucho más maniquea que la que se presenta. Aunque, según vamos avanzando en su devenir por la ciudad gallega, comprendemos —y este sería, a la postre, el auténtico fundamento y significado de esta propuesta— que ambos polos se necesitan.
Quizás, de alguna manera, sea esta una de las piezas más asequibles de María Velasco. Y es que se descubre cierta linealidad que no se abandona, aunque se trabaje oníricamente con otros tiempos. Además de que únicamente nos tengamos que centrar en su única protagonista, la Niña. Dicho esto, el gran valor estético —ya veremos si político— es el paralelo que va estableciendo con la Naturaleza (la referencia a Spinoza es directa y sirve de contrapunto al tradicionalismo católico de su familia) desde distintos puntos de vista. Una amalgama de metáforas que nos destinan a una suerte de ecofeminismo, en la alguna de esas corrientes entre utópicas, infantiles y hasta espiritualistas. Una comunión de las féminas y su poder engendrador con la dinámica divina de los ecosistemas.
Recurrir a un autor exitoso como Jordi Galcerán, responsable de títulos como Burundanga o El método Grönholm, es muy propio del verano y de las épocas de crisis como la nuestra. Lo que ocurre es que el tema del sicópata de turno, con todos los clichés inyectados hasta más no poder, ya no producen el mismo efecto escalofriante de antaño. No obstante, tengamos en cuenta que este texto data de 1994 y que ha tenido múltiples puestas en escena, y hasta una versión cinematográfica de Laura Mañá, quien logró darle mayor sofisticación y consistencia a la obra teatral. 