Aristócratas conversos

José Andrés López de la Rica ha escrito y dirigido una astracanada sin gracia sobre unos nuevos ricos venidos a menos

Aristócratas conversos - FotoSi una obra de esas que se tildan de veraniegas (refrescantes y todo eso), de esas que no pretenden asfixiarse con honduras, porque el cerebro está refrito por las altas temperaturas, lo menos que puede hacer es gracia. Una comedia que aburre, donde no se escuchan las carcajadas, donde nos vamos a negro al finalizar cada una de las escenas (para recolocar un poco el atrezo, en la mayoría de los casos sin necesidad), difícilmente puede lograr algún éxito. Entiendo que muchos espectadores cautivos se dejarán seducir por el efecto halo, y concluyan que si Corta el cable rojo es divertido, atractivo y no sé qué más, pues lo que haga esta gente cumplirá definitivamente las expectativas. Pero, claro, construir una pieza «convencional» exige una estructura diferente a la empleada en la esfera de la improvisación.

Solo desde la distancia irónica se puede elaborar hoy una astracanada; puesto que, en sí, ese subgénero no es suficientemente irrisorio en cuanto que el referente, ya sea una materia medieval romantizada o, como en este caso, los enredos aristocráticos a la manera más anglófila, se nos escapan en el tiempo. Hoy nuestra nobleza se bandea entre las correrías de un monarca en el exilio y una pija griñonada que hace tertulia en prime time. Si no anhelamos acudir a la pleitesía que le hemos concedido los españolitos a los fastos de los Windsor, entonces no queda más remedio que exprimir hasta el ridículo a estos desdichados protagonistas. Provocar mofa con unos parvenús va a demandar un acusado contraste entre los auténticos adinerados y los que carecen de prosapia reconocida. Unos tendrán altivez y manejarán códigos sutiles, y los otros resultarán groseros por más que intenten estar a la altura a cada instante. Si se van al desastre, más se les notarán las costuras.

Creo que una obra de referencia, si no queremos recurrir a la consabida La venganza de don Mendo, es Páncreas de Patxo Telleria, que se estrenó en 2015. También usaba el verso, se envolvía de un aire satírico de ranciedad y contaba con una comicidad macabra muy convincente. Por el contrario, apenas se encuentra en el texto de José Andrés López de la Rica algún atisbo de originalidad. El argumento es tan consabido y simple que se cae en el tedio rápidamente, pues, sin ingenio versal, lo que se cuenta no nos atañe. Que si estos nuevos ricos se han arruinado es un tópico que viene de lejos y que, si la solución al entuerto pudiera ser rocambolesca y hasta peculiar, aquí se traza con muy poca destreza. Y es que la hija, una Mireia Zalve creíble, se ha iniciado en la pintura, abstracta y figurativa —unos engendros que, en ciertos círculos, podrían colar por aquello de no perderse un objeto exclusivo—. Uno se imagina el verano en Sotogrande, en alguna de esas exposiciones variaditas que procuran captar a los clientes de alto copete, a quienes, por supuesto, se les podría dar gato por liebre. Aquí no se llega ni a ese punto; porque falta sagacidad y enseguida se resuelve el asunto. El autor se pierde por otros vericuetos de insignificante solvencia como darle cabida al hijo, interpretado por Álvaro Larrán con sobriedad, quien parece que está buscándose la vida como un tipo corriente. Sin embargo, del antagonista, del duque, un Jesús Cabrero lógicamente estereotipado, que debe caer en la trampa, está expuesto con unas cuantas pinceladas. Al que sí se exprime es a Juan Carlos Martín, que es el mayordomo, y, como suele ocurrir en estas comedietas, aporta el toque bufonesco y crítico, sotto voce, apuntalando la estupidez de sus señores con requiebros llenos de picardía. Que además de este perfil, más que suficiente, se le concedan un par de interludios del todo sobrantes en un montaje al que pide ritmo, es abusar del único personaje que tiene algo de fundamento. Ver al hombre sentado leyendo unas cartas que nos retrotraen a espectáculos televisivos de hace muchas décadas (ojalá hubiera sido tan chistoso como Gila), con un humor ruralista y bucólico a partes iguales, no deja de ser un paréntesis sin entidad. Luego, además, este sirviente se disfraza de entendido en arte, para dar el pego en la vernissage de la muchacha; y así conseguir las ventas suficientes para tomar oxígeno antes de la ruina. Pensaba en aquel célebre capítulo de El príncipe de Bel-Air en el que el mayordomo se envestía de estrafalario y bohemio poeta, aquel Raphael de la Guetto, que también ripiaba para que los «entendidos» cayeran rendidos con sus «carambolas». Humorada que reverbera aún en la generación correspondiente y que me sirve para compararla con lo que se observa en las tablas. Aquí no se va al fondo como para descacharrarnos, mientras disfrutamos de los absurdos comentarios sobre los diferentes estilos pictóricos.

Sí que posee esta propuesta algún momento digno de mención, que nos haría pensar en algo más atrayente, como esa escena del primer acto, cuando el matrimonio al tris del desahucio lanza la retahíla de sus calamidades inversoras, llevando la obra hacia una actualidad más acuciante. La lástima es que, tanto Carlos Chamarro como Yolanda Vega, están demasiado estáticos en sus diálogos.

Lo cierto es que el verso no fluye en unos intérpretes que, en general, no parecen dominar el metro. El texto está sobrecargado de ripios, de insistentes ripios que aspiran a entretenernos rimas forzadas. Mucho octosílabo que debería ser vivaz; pero que tendría que combinarse con otras extensiones silábicas para que la historia avanzara sin tener que remarcar el pareado consonántico. Es decir, se echa en falta pericia, agilidad y soltura tremenda. No haré escarnio de las entonaciones.

Aristócratas conversos es una función anticuada, sin fuste y dirigida con poca maestría. La comedia requiere una mayor vivacidad, máxime si el trasfondo no es, en absoluto, trascendente (no se percibe una crítica del esnobismo, del clasismo, del anticapitalismo de este sistema caduco de privilegios en la clase más alta, etcétera) y, sobre todo, en un mundo de percepciones aceleradas como el nuestro.

Aristócratas conversos

Autor y director: José Andrés López de la Rica

Intérpretes: Carlos Chamarro, Jesús Cabrero, Juan Carlos Martín, Yolanda Vega, Mireia Zalve y Álvaro Larrán

Teatro Fígaro (Madrid)

Hasta el 19 de agosto de 2023

Calificación:

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal
Patreon - Logo

Una luz tímida

Àfrica Alonso Bada ha reelaborado una compleja relación lésbica a finales de los años cincuenta, entremezclada con canciones que difuminan en exceso las circunstancias políticas.

Una luz tímida - FotoAfortunadamente vamos accediendo a obras artísticas donde la homosexualidad aparece como una circunstancia más de la vida; pero también es cierto que lo abundante es reflejar el trance por el cual las parejas del mismo sexo se tienen que enfrentar a toda esa incomprensión social y familiar que tanto daño procura. Una luz tímida es otra más de estas últimas. Se nos vende como una historia basada en la realidad que transcurre durante el franquismo; no obstante, la dramaturga se ha resistido mucho a introducir aspectos realmente enjundiosos sobre política. Además, el relato supera el año 1975 e, incluso, nos destina a 1998; aunque el contexto apenas permea con unos pocos detalles del todo insuficientes. Sigue leyendo

Fráxil. Handle with care

La compañía Matarile completa su trilogía sobre la fragilidad para configurar una performance repleta de ocurrencias sin ilación

Fráxil - Foto de Manuel G. Vicente
Foto de Manuel G. Vicente

Reconozco abiertamente que mis expectativas sobre lo que me iba a encontrar eran claras. Recibiría más de lo mismo, más aleatoriedad, más gesto vacuo de una compañía, Matarile, a la que no soy capaz de tomarme en serio. Pero, después de El diablo en la playa e INLOCA (algún escena sugerente encontré en esta) había que completar esta Trilogía de la fragilidad. Fráxil. Handle with care (como el aviso en todas esas cajas que vienen con nuestros juguetitos desde allende los mares) es otro de esos artefactos que parecen pergeñarse a través de ocurrencias que se suceden en la vida. Se lee de esto o de aquello, se imagina uno haciendo algo, se piensa que no sé o que aquello, se hace una coctelera y ya tenemos una obra de teatro que presentar en el Matadero. Sigue leyendo

Cielos

Sergio Peris-Mencheta vuelve a entregarnos un espectáculo de atractiva factura para desentraña este thriller de Wadji Mouawad

Cielos - Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Sigue poseyendo esa aura Wadji Mouawad de dramaturgo capaz de reactualizar las tragedias griegas clásicas; principalmente por su célebre Incendios, que se representó en esta misma sala del Teatro de La Abadía; donde ahora se instala una escenografía que se excede en altura. Desde luego, la labor de Alessio Meloni vuelve a ser fundamental (junto a la iluminación de David Picazo), pues esos tres pisos que ha organizado, con la azotea y esas esculturas angelicales, las distintas celdas abajo, además, del búnker central donde se dirimen todas las pistas, es de lo más impresionante del montaje y facilita escapar de un estatismo que se recarga con algunos parlamentos tan épicos, como desbordantes. Sigue leyendo

Primero sueño: PAUSE

El Colectivo [1690] realiza una sugerente perfomance a partir del poema de sor Juana Inés de la Cruz para aproximarlo al estado de ansiedad contemporáneo

Primero sueño - Foto de Carla Maró
Foto de Carla Maró

Todo un atrevimiento acercarse a este célebre poema gongorino de sor Juana Inés de la Cruz para desarrollarlo performativamente. Sí que, por supuesto, Los empeños de una casa ha tenido distintas puestas en escena, como la que pudimos disfrutar en el Teatro de la Comedia hace cinco años; pero enfrentarse a una composición lírica tan compleja como el Primero sueño es otro asunto.

Paula Grande ha tomado una perspectiva que se aleja de los presupuestos esenciales de la monja, pues esta pretendía —según las interpretaciones más habituales— realizar un viaje onírico como forma de conocimiento. En la Nave 73 más bien se parte de una angustia existencial, de la ansiedad laboral, del estrés que impregna a nuestra sociedad de manera acuciante. El PAUSE del título definitivamente va por los derroteros de la meditación trascendental. No puedo afirmar que esto sea enteramente una traición al texto original; no obstante, sí que devalúa, en cierta medida, un camino filosófico de mayor enjundia. Sigue leyendo

Escena – Fin de temporada 2022-23

Coronada y el toro, de Francisco Nieva sobresale junto a La voluntad de creer, dirigida por Pablo Messiez. Hemos asistido a una temporada sin la carga pandémica; pero se ha insistido en el lenguaje complaciente de nuestros tiempos

Coronada y el toro - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

La estela pandémica aún puede percibirse en las programaciones; aunque las funciones se han podido realizar con bastante normalidad. Lo que sí parece asentado en nuestros escenarios es la pertinacia de lo políticamente correcto, del bienquedismo con el respetable, del peloteo a los que dan de comer, y de un conservadurismo, en definitiva, que se ve a diestro y siniestro. Sigue leyendo

El sueño de la razón

José Carlos Plaza realiza una puesta en escena visualmente atractiva del drama histórico de Buero Vallejo

El sueno de la razón - Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Que José Carlos Plaza pase de sus Divinas palabras en 2019 a El sueño de la razón (¡Ay, Carmela! entre medias) tiene toda su lógica. La línea Goya y sus Pinturas negras con el esperpento de Valle-Inclán es una concepción que arrastramos en nuestro inveterado tenebrismo. España vive con la permanente sensación de la autodestrucción. Al parecer, en el presente, somos uno de los países más polarizados del mundo (ya se anuncia un documental sobre la cuestión). El intento elitista de Ortega se tornó baldío, la defensa y concreción de una intelectualidad respetada por el resto de grupos sociales resulta una entelequia. Sigue leyendo

Eclipse

El argentino Matías Umpierrez monta una conferencia performativa sobre la máscara en el Matadero

Eclipse - Foto de Sebastian Arpesella
Foto de Sebastian Arpesella

El tema de la máscara resulta tan extenso y apabullante para nuestro mundo que uno —ingenuo— esperaba un desarrollo de una profundidad desmesurada. Seguramente, porque cuesta ser superficial con una materia que ya impone misterio, ocultamiento, es decir, Eclipse (la luna cubre al gran mito: el sol. Quiero pensar). Matías Umpierrez ha conseguido lo más difícil, y es que su espectáculo sea propio de un ilusionista, tanto como para que el final sea una bruma configurada por esos efectos tan repetidos en la escena. Cuando el vapor de agua expulsado abruptamente por las máquinas se disuelve, ya saben lo que queda. Sigue leyendo

Nuestra necesidad de consuelo es insaciable

El Teatro Quique San Francisco acoge esta pieza realizada por un grupo de jóvenes intérpretes sobre el texto del anarquista Stig Dagerman

Nuestra necesidad de consuelo - FotoDesde hace ya un par de años contamos en el Teatro Quique San Francisco con un proyecto denominado Teatro Urgente, que tiene a Karina Garantivá y a Ernesto Caballero como promotores. Unir teatro y filosofía, filosofar en escena sobre conceptos que nos afectan en la actualidad. Son aproximaciones laterales, tangenciales, que no se enfrenta al caso concreto y acuciante; pero sabemos por dónde discurren. Así hemos podido asistir, entre otras, a Hannah Arendt en tiempos de oscuridad, a Voltaire o a La buena mujer. Sigue leyendo