El nuevo espectáculo de Angélica Liddell se aproxima al mundo del cineasta sueco a través de un malditismo reiterativo

Difícilmente podría superar Angélica Liddell su Vudú (3318) Blixen en el que ensaya su propio velatorio. Aquella parecía el colofón espléndido a su carrera o, cuando menos, al cierre de la trilogía que ahora continúa con Dämon. El funeral de Bergman. Permanece asentada en ese «destino» que está en el «tiempo». «El teatro es tiempo. El tiempo mata», afirma. Verdaderamente asistimos a un manierismo, a una reiteración cansina de sus modos y de sus temas, con un desarrollo conceptual más leve, menos intimista. Quizás la creadora está produciendo espectáculos por encima de sus vivencias y está exprimiendo su estilo para que los acólitos se rindan a su desfachatez. Sigue leyendo
Resulta cuando menos llamativo cómo se le han dedicado en los últimos años varias obras teatrales a la figura de María Estuardo y, por consiguiente, a Isabel I. Mantenemos en la retina el fulgor lumínico de aquel de espectáculo de Robert Wilson,
Cuesta comprender por qué la experimentada directora Magüi Mira, quien ha demostrado grandes trabajos en esta tesitura profesional a lo largo del último decenio en distintos géneros (véanse, por ejemplo,
El problema fundamental de los conspiranoicos es que van abrazando teorías peregrinas hasta que estas implican cambios en su modo de comportamiento, en su alimentación, en el uso de la tecnología o en el cambio de su voto hasta llegar a un atisbo de locura: la evidente paranoia que consiste en pensar que toda la realidad es un complot. El tema da para muchísimo; porque el asunto se ha sofisticado de una manera inasumible hasta el punto de que nuestras más sensatas creencias pueden quebrarse.
Un par de versiones sobre el mismo drama shakesperiano llegarán esta temporada. Aquí, la visión de Emilio del Valle y Jorge Muñoz está muy traída a la modernidad, no solo por el juego anacrónico de plantear una democracia en el siglo V a. C. romano; sino por realizar una introspección, con el protagonista, más incisiva y distanciadora, que la promovida por el propio dramaturgo inglés. Es cierto que inicialmente el asunto se dota de un cariz populista poco atractivo, en cuanto que la consignas son obscenas y evidentes. El pueblo pasa hambre y hay disturbios en las calles. Así se nos hace ver en la pantalla, donde aparecen imágenes de la televisión con algunos rótulos que precisan datos sobre la situación del país. 
Varias obras en las últimas temporadas nos han llevado hasta el Amazonas para redundar en toda una serie de cuestiones políticas que conllevan unas incongruencias insuperables. Recordemos 
