Juan Mairena convoca en el Teatro Fernán Gómez a Buñuel, Dalí y Lorca para convertir el drama romántico de Zorrilla en una obra surrealista
A don Juan se lo viene profanando en los últimos tiempos por ser considerado el símbolo universal del maltratador, del seductor incólume y convertir el ghosting (perdón, escabullida irrespetuosa) como quintaesencia de la salvaguarda frente al enamoramiento. Pero resulta que los tres genios ─Buñuel, Lorca y Dalí─, reunidos amistosamente en la Residencia de Estudiantes en 1924, ya habían pergeñado su propio sacrilegio. Juan Mairena, que ha estado enfrascado en su Loba estas últimas temporadas, ha indagado profundamente sobre aquel divertimento teatral, otro de tantos, que transcurrió en aquella institución.
Asumamos que la mise en abyme que ha ideado el dramaturgo nos permite, también de una manera didáctica e ilustrativa para las generaciones actuales, observar el ímpetu de unos jóvenes artistas e identificar una época. Aquellos locos años veinte estadounidenses, con el jazz y sus bailes, como el charlestón que ejecutarán en el interludio, influyen estéticamente. Toda la farsa que organizan contrasta con la seriedad romántica del drama al que parodian y, asimismo, con la solemnidad de la fecha ─sumémosle que el silencio se impuso al final del estreno por expresa petición en memoria de los fallecidos en el accidente ferroviario de Urda─. Todos estos hechos igualmente sirven para eludir proclamas políticas de calado (quizás el mayor reparo del proyecto). La propuesta es un juego de espejos que apenas deja penetrar una jocosa veta feminista, además de una pequeña discusión entre el cineasta y nuestro poeta debido a las habladurías sobre la condición sexual de este último.
En cualquier caso, es muy persuasiva la participación de Maruja Mallo y de Margarita Manso, quienes llegan alborotadas para revelarnos la anécdota que dio pie a las Sinsombrero. María Jáimez demuestra una viveza singular y una versatilidad superior a su «rival» estilístico de Figueras. Encarnará a doña Inés para transformarla en una mantis religiosa y luego revivirla desde una crisálida para retratar al mancillador como un verdadero mequetrefe. Esto desgaja al clásico de Zorrilla y le ofrece el auténtico surrealismo esperable. La otra pintora nos presenta a una elegantísima Sara Moraleda repleta de agilidad, que hace de Brígida, aquella aya y alcahueta, como si fuera una oscura polilla que revolotea con fastidio.
El adalid del asunto es Luis Buñuel, quien desde el primer instante toma la batuta demostrando su cabezonería baturra, poco dado a las intervenciones ajenas y muy instruido en cada uno de los don Juanes que la historia de la literatura ha recogido. Él mismo será el Tenorio y se disfrazará como un superhéroe de aquellos cómics de los años cincuenta, todo de negro, con chaleco mullido y con unas gafas de alacrán. Verdaderamente el vestuario de Guadalupe Valero está diseñado con una imaginación fantasiosa para entremezclar el mundo onírico con la realidad de aquella década. Manuel Moya exhibe una chulería particular y marca el ritmo acompasado del espectáculo. Nos concede una mota de sensibilidad cuando recita unos versos de su amigo granadino dedicado a él que lleva escrito en la palma de la mano. Quien tiene gran protagonismo también es Federico. No tanto por los personajes que interpreta, como don Gonzalo de Ulloa, de un modo satirizante, sino por su presencia como él mismo, tocando el piano, declamando poemas y transformándose finalmente en la Sombra, como en el auto sacramental de La vida es sueño de Calderón, cuando lo representó por los pueblos de España con La Barraca. Pone gran delicadeza Carlos Algaba con el acento del sur y una gestualidad algo amanerada. Es el único que expresa sus cuitas sobre el paso de la tradición a esa amalgama de ismos que se les superponen. Por otra parte, entre la astracanada que ponen en pie, observarlo caer ametrallado en lugar de pinchado por la espada supone un sobresalto y una premonición del aciago futuro.
Las otras tres figuras apuntalan escenas y contribuyen con su pericia a colorear aún más el festejo. A nuestro insigne pintor lo encarna Quique Meléndez con un engolamiento de la voz muy elaborado, diestro en sus ripios y en esas interminables ocurrencias delirantes. No es tan histriónico como en aquella obra de Arrabal, titulada Dalí versus Picasso, que dirigió en su día Juan Carlos Pérez de la Fuente. Seguidamente, Pepín Bello manifiesta su bonhomía con la habilidad de Samuel Viyuela para acertar con sus pinceladas, mientras que a Rodrigo Sáenz de Heredia le toca dar vida a Moreno Villa, el tutor de aquella tropa, un narrador de aire nostálgico que nos enmarca levemente la función.
Los distintos elementos puestos sobre las tablas funcionan excelentemente. El texto de Mairena contiene humor, información y sagacidad en las paronomasias, con todo tipo de interpolaciones que a uno le hacen dudar de su verosimilitud. Asimismo, el movimiento que ha concebido Luis Santamaría, en algunos momentos, es digna de algún slapstick protagonizado por Buster Keaton, al que se alude. Todo ello sucede en una escenografía firmada por Juan Sebastián Domínguez, que sitúa al fondo una gran luna misteriosa y mortífera, y toda una serie de cachivaches en ese lugar de ensayo sobre los que merece la pena fijarse. En definitiva, las peculiaridades de este montaje nos invitan disfrutar con sumo placer.
(Delirio de Buñuel, Dalí y Lorca)
Basada en el montaje realizado en 1924 por Buñuel, Dalí y Lorca en la Residencia de Estudiantes.
Dramaturgia y dirección: Juan Mairena
Reparto: Manuel Moya, Carlos Algaba, Quique Meléndez, María Jáimez, Samuel Viyuela González, Sara Moraleda y Rodrigo Sáenz de Heredia
Escenografía: Juan Sebastián Domínguez
Vestuario: Guadalupe Valero
Iluminación: Bea Francos
Movimiento y coreografía: Luis Santamaría
Ayudante de dirección: Javier L. Patiño
Teatro Fernán Gómez (Madrid)
Hasta el 1 de noviembre de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐⭐
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