El argentino Mauricio Kartun presenta en los Teatros del Canal su traslación de Las bacanales de Eurípides a la pampa

Al intentar adentrarme en este nuevo montaje me sucede algo parecido que con Terrenal. Pequeño misterio ácrata. Uno tiene la sensación, la intuición, de que lo manifestado sobre las tablas es agudo, inteligente y repleto de una ironía genuina, pero que lingüísticamente no alcanzamos desde esta orilla a entender todo. Mi español no es capaz de asumir regionalismos procedentes de la pampa argentina. Si, por otro lado, el gran Mauricio Kartun no tuviera esa propensión narrativa con esos personajes monologando con una verborrea inasible, podríamos acogernos a la acción. No obstante, ocurre que distintas escenas ─algunas tremendamente claves como la violación de la Reina─ son más descritas que vivificadas. Demasiado se acoge el dramaturgo a los procedimientos del propio Eurípides. Por lo tanto, en bastantes ocasiones, los intérpretes se agarran al piso y esbozan el planteamiento. Así la emprende en el extenso prólogo Aníbal Gulluni, que se presenta como un orador poco creíble, es un «opa», un «faltadito», alguien con pocas luces para soltar y soltar mientras el ambiente macilento nos enlentece. Un individuo que, a pesar de las apariencias, está ahí para trastocar los ánimos y exacerbarlos. El actor resulta consistente y, luego, ya desenmascarado como Dionisio, se dejará criticar y hasta insultar por el resto. Nos hallamos en los años 30, en un periodo de Carnaval, en algún pueblo perdido. Allí llegan esos faranduleros con su vitrola (un gramófono) para que Esther pinche diferentes temas y se ponga la gente a bailar. Y esta, además, es una cuestión evidente. La fiesta como tal no acontece delante de nosotros, no se produce la verbena. Esta circunstancia se debe recrear en nuestra imaginación, cuando esos artistas nos vayan anunciando los hechos. La susodicha monarca nos deja a una Paloma Zaremba destinada a la seducción y a la violencia sexual. Se mueve con leve contoneo junto a su hermana, ambas de la misma progenitora polaca. Soledad Bautista es Sarita y se ve un tanto arrastrada por el empuje de la otra. Sabe que no es el gran objeto de deseo y lo expresa con perfilada compunción. Va con ellos Sileno, que es el productor del evento, pero que se va alejando en su influencia según avanza la función. Por esa razón, José Mehrez se dirige con más ímpetu al principio.
El nudo consiste, en definitiva, en el choque de ese impulso hedónico y profano frente al conservadurismo que representa el criollo terrateniente que se acaba de quedar huérfano de padre. Desde mi punto de vista, la mejor creación de este espectáculo anida en Penteo, que viene casi de la mano de su madre enlutada, una Luciana Dulitzky verosímilmente recia en primera instancia y, luego, excitada con gracia. Ahí tenemos al inmaduro hombrecito que debe mostrar sus valores y su sabiduría. En realidad, tenemos a un incapaz, a un muchacho sin experiencia de la vida, a un animalillo que se descoloca cuando debe introducirse en la orgía. Por eso la agresividad irá creciendo en él hasta que se tope con la Reina Vitriolera. Aunque también Nahuel Monasterio deba anclarse al suelo para declamar, su prosa logra un ritmo fluido, con esas bolas metidas en la boca que fomentan el prognatismo y la tozudez rural. El actor es quien más consigue desarrollar su papel y revelar su estulticia con esas inercias de su tradicionalismo. Una caricatura, sin duda, que sirve de crítica a un modelo de macho despreciable, pues no puede soportar el desenfreno. Todos sus miedos van permeando en su incapacidad para discurrir en una atmósfera moderna con músicas derivadas del jazz que propician danzas como el swing. Algunos instrumentos de percusión o, antes, la flauta y la carraca, suenan para generar de fondo ese ambiente que no llegamos a ver representado. Mayor plasmación descubrimos cuando este pequeño héroe se calza la máscara de cerdo y termina despedazado en una unificación de símbolos. Pienso en cómo este proyecto dialoga excelentemente con Coronada y el toro, de Francisco Nieva, que muchos espectadores podrán recordar.
Cuando todo finaliza, la impresión, insisto, es que muchos de los giros lingüísticos no se han podido descifrar en su contexto y la parte humorística se me desvanece. Por otro lado, el estatismo hace morosa la obra. El elenco efectivamente se vuelca en la verbalización y, en este sentido, conseguimos empatizar y sentirnos atraídos por su historia.
Autoría y dirección: Mauricio Kartun
Elenco: Aníbal Gulluni, Paloma Zaremba, Soledad Bautista, José Mehrez, Luciana Dulitzky y Nahuel Monasterio
Diseño de escenografía y vestuario: Rodrigo González Garillo
Diseño de iluminación: Agnese Lozupone
Diseño de movimiento: Juan Manuel Branca
Diseño sonoro: José Mehrez y Aníbal Gulluni
Luthería: José Mehrez
Asistencia de dirección: Bárbara Sánchez
Producción: Complejo Teatral de Buenos Aires
Ministra de Cultura: Gabriela Ricardes
Director General y Artístico Complejo Teatral de Buenos Aires: Alberto Ligaluppi
Teatros del Canal (Madrid)
Hasta el 11 de octubre de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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