La transformación de unos niños en marionetas propicia una performance inquietante creada por Alice Laloy

La lectura que se pueda realizar del célebre relato de Collodi queda trastocada tras contemplar este espectáculo; su título deviene guiño irónico. Aquí no se aparecerá Pepito Grillo y la rebeldía será una danza primitiva. La performance representada a dos bandas en la sala principal del Teatro Valle-Inclán está iluminada con la potencia propia de un laboratorio, no de una fábrica macilenta. El juego y el correteo de los protagonistas muestran la inocencia de la ignorancia en su presentación. No saben qué van a hacer con ellos. Así ocurre con la enseñanza en los colegios o en la disposición de menores en trabajos forzados o en distopías como Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, donde directamente sus órganos servirán para «ayudar» a otros.
Toda la mecánica es muy interesante, aunque en algunos momentos se demore la acción, ya sea porque están montando unas mesas que vienen con sus piezas sin encajar (por qué partir de ese punto, me pregunto) o, después, el proceso de pintado, revestimiento, colocación de adminículos y pegado de esos ojos tan inquietantes sobre los párpados que quedarán cerrados. La nariz larga y puntiaguda apenas será una plantilla efímera para dejar los labios en rojo. El instante será genuinamente breve, pero sintomático. No se ha dado la mentira. Todo ello produce extrañeza y se permite, en esa estructura, incluir el fallo, la estupefacción del artesano, muy probablemente puesto que están vigilados. Los Gepettos, con zancos que intentan ofrecer un atisbo de delicadeza ante el sometimiento de los músicos, se sitúan en fila, en orden, despacio. La precisión prima entre martillazos que marcan una cadencia estruendosa. Son manipuladores ambiguos que ejecutan adecuadamente su técnica, sin embargo, asisten a la propia rareza que todos estamos observando.
Un personaje verdaderamente esencial de este proyecto y que nos exige tomar una perspectiva peculiar es el percusionista subido al bidón de aire comprimido como si surcara esos mares escenográficos. Un pequeño adolescente con pantalones cortos, una especie de Oskar con su tambor de hojalata, con el arco chirriante sobre un gong y un cascabelero que somete a todos los participantes de manera sibilina. Un kapo en ese taller de concentración. Otro joven lo acompaña igualmente, pero con menos insolencia.
Nada tiene que ver estéticamente, no obstante, se genera una inquietud similar a la que provocan películas como La ciudad de los niños perdidos o cuentos como El flautista de Hamelín. La fragilidad de esos muchachos, el modo por el cual se vuelven inertes y luego se muñequizan con los hilos de títeres preparados. La relación con la muerte es inevitable y se da un trance angustioso con esas piernas y esos brazos blandos descolgándose.
En cualquier caso, también se intuyen elipsis que no terminan de perfilarse, insinuaciones o recorridos que no se esbozan lo suficiente, es decir, ¿hacia dónde nos lleva este ritual? ¿Qué se requiere de esas marionetas desde ese momento? La esperanza está en que esos infantes manifiestan una voluntad de vivir, una élan vital que los devuelve desde el coma inducido hasta la danza, como el signo primigenio para apostar por el descubrimiento de su propia existencia. Espasmos de zombis recobrando el sentir. De hecho, la coreografía de Cécile Laloy y Stéphanie Chêne contiene situaciones de pura espontaneidad, de gestos eléctricos que se emplean en el break, de nadadores de sincronizada con los gorros amarillos que portan entre la inmensa blancura…
Alice Laloy demuestra su exigencia en cómo ha dirigido fundamentalmente a esos niños y niñas, quienes engrandecen el epílogo a través de su baile tan bien aprendido con esa mirada artificial. Podemos comprender que los símbolos referidos al dominio y a la imposición se sondean, y aunque se podría ir más allá de lo expuesto, consiguen sugestionarnos.
«Al igual que tú, U, los niños que surgen en el escenario tienen tu edad. ¿Qué querrá decir todo esto?». «Los niños somos como arcilla y los adultos nos moldean como quieren». «Espero que no te dejes».
Idea y dirección: Alice Laloy
Reparto: Alice Amalbert, Mathilde Augustak, Matthias Beaudoin, Étienne Caloone, Ashille Constantin, Roxane Coursault, Robinson Courtois, Nina Fabiani, Léon Leckler y Valentina Papic
Niñas y niños: Charlotte Adriaen, Marceau Bulteau, Léonie Flipo Leprêtre, Louise Lannoy, Juliette Martinez, Mourad Mboreha, Romane Sand, Elya Tilliez, Eléna Vermersch e Iness Wilmotte
Percusión en escena: Hector Yvrard y Mathis Rebiaï
Escenografía: Jane Joyet
Iluminación: Julienne Rochereau
Vestuario: Oria Steenkiste, Cathy Launois y Maya-Lune Thieblemont
Composición musical: Éric Recordier
Coreografía: Cécile Laloy y Stéphanie Chêne
Elementos escénicos: Benjamin Hautin, Maya-Lune Thieblemont y Antonin Bouvret
Diseño de cartel: Emilio Lorente
Fotografía: Simon Gosselin
Tráiler: Antoine Billet
Realización de escenografía: Taller de construcción de Théâtre National Populaire
Producción: La Compagnie s’Appelle Reviens con Points Communs – Nouvelle scène nationale de Cergy Pontoise et du Val d’Oise, Bateau Feu – Scène nationale Dunkerque, Théâtre de l’Union – Centre dramatique national à Limoges, Le Trident – Scène nationale de Cherbourg-en-Cotentin, La Comédie de Clermont – Scène nationale à Clermont-Ferrand.
Con el apoyo de Fondation d’entreprise Hermès et du Fonds d’Insertion professionnelle de l’École supérieure de théâtre de l’Union – DRAC Nouvelle-Aquitaine y Région Nouvelle-Aquitaine, l’ENSAD Montpellier y La Ville de Dunkerque
Subvencionada por DRAC Hauts-de-France, la Région Hauts-de-France et la Communauté Urbaine de Dunkerque, con el apoyo de Département du Nord
Distribución: Gabrielle Dupas, Joanna Cochet y Manon Rouquet
Teatro Valle-Inclán (Madrid)
Hasta el 27 de septiembre de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
Calificación U: ⭐⭐⭐
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