Rodrigo García pierde su crédito artístico con un happening tedioso con su habitual crítica a la sociedad contemporánea en el CondeDuque
Cuando en febrero de 2020 Rodrigo García nos obligó a pasear por la desbutacada nave del Matadero para que inclináramos la cerviz y nos pusiéramos a leer los rollos con su rollo de siempre sobre el suelo, algunos ya consideramos que no le daríamos más oportunidades a este enfant terrible en horas bajas. Aquello se tituló PS/WAM y conecta más con este (monta)montaje que con otros proyectos donde, al menos, trazaba una experiencia estéticamente aprovechable, como fue el caso de Cristo está en Tinder.
Así que de nuevo volvemos a la lectura de forma descabalada: o a través de una ristra de palabras inconexas reflejadas por doquier o, en su repetición, de la gran pantalla en un renglón imparable. Merece la pena detenerse en el texto elaborado por alguien que procede como un taumaturgo contemporáneo, un dadaísta embebido en la literatura automática (o eso parece). El libro lo acaba de publicar La uña rota, y ahí, al menos, nos podemos enterar de algo: «¡Oh! Este mundo es tan bello que hay que cambiarlo / por otro diferente». El creador tampoco tiene demasiado interés en que recojamos su discurso. Los performers no están para emitir oraciones, así que nos toca escuchar durante la primera parte todo tipo de expresiones inasibles en brasileño, francés e inglés. Luego ya llegará la retahíla habitual, con esa imprecación sobre los seres patéticos que nos rodean, esos perdedores a los que fustiga sin conmiseración: «Ya cumpliste 30 y sigues viviendo con tus padres». Nada nuevo en la ridiculización social y en la crítica de costumbres evidentemente estúpidas. Lleva demasiadas décadas empleando la misma arenga y ya no afina nada sutil, ni siquiera introduce las dinámicas del último lustro. Si repasamos la verborrea de otras tantas propuestas encontraremos sentencias similares a lo que ahora volvemos a leer: «¡Son de traca los padres con guita! / Más cortitos no he visto». El clasismo de siempre en alguien que se aleja de la sociedad que descuartiza: «¿a qué se debe que nuestra Melanie nos salió tonta del culo?».
La mecánica es retrotraernos a los métodos performativos de los años sesenta y setenta que derivaron en el happening. A estilo de Allan Kaprow y de otros tantos que lo han seguido, con la influencia manifiesta de Joseph Beuys, o del fluxus, o del trash art… García utiliza el tapiz para que dos vagabundos jugueteen al montaje y desmontaje inacabable de sus chabolas. El cambio y la transformación porque sí, y la imperiosa necesidad de no estar quieto, mientras unas máquinas expendedoras ofrecen bebidas azucaradas y unos invernaderos realizan su lento proceso, como una llamada de atención a la calma que nunca llega. Volmir Cordeiro y A. Livingstone, nuestros performers, en acción interminable. El primero todavía quiere afanarse en algún momento con la samba y baila como si fuera un hombre perteneciente a alguna tribu de nómadas cazadores-recolectores. Lógicamente, ejecutará esos gestos ya prototípicos como embadurnarse, atar una cuerda que después se extienda hasta el respetable o lanzar un avión de corcho. El azar como deleite vacuo y el tedio propiciando el abandono del público. Mientras que su compañera todavía alcanza a poner el tocadiscos, a situar unas esculturillas por aquí y por allá. No se puede dudar de su esfuerzo y su afán; aunque no pueda calificarlos de artísticos. La suerte es contar, por ejemplo, con una espectadora motivada al máximo que no solamente se aposentó en un sofá desvencijado como otros, sino que contribuyó con mucho ímpetu a la construcción de esos estaribeles (esta palabra es idónea para el caso). Pudo haber sufrido alguna catástrofe, pues puso y le pusieron su integridad física en peligro; pero nadie ha dicho que el arte no implique riesgos. Si se tiene que colocar un tablón de cualquier manera sobre una estructura metálica a dos metros de altura y luego se cae, qué importa. Seguro que alguna hermosa metáfora extraen los más duchos exégetas en esto de la escénica performática. Otros asistentes, jóvenes, se reparten por aquí y por allá para aunarse con ese basural. Esculturas ellos mismos de la contemplación inane para esas dos horazas de cachivacuismo.
En el ansia por no sentirme plenamente ridículo una vez más, confiado a la chispita de progreso de la modelnidad, me dejo llevar por los ritmos de batería que compone Pier Bruera cuando se desprende del ruidismo. No hemos acudido a escuchar música, sino a establecer algún modo de sintonía. A pesar de ello es un detalle necesario para aguantar sentado más de quince minutos. Aun si aquello fuera un simulacro de la playa Trampolín en Ceuta atisbaríamos una provocación política o humanitaria. Esto, en un centro municipal, durante cuatro días, es jugar a la egolatría y a la ausencia de conflicto. No creo que el resultado se aquilate como «Mi cama», de Tracy Emin. Todo esto está asumido ya en el sistema, porque es viejísimo y, salvo para los bisoños, una vivencia caduca y baladí. ¿Están jodidos / dicen que se alegran?: ¿Tú te alegras, Rodrigo?
Están jodidos / dicen que se alegran
Creación: Rodrigo García junto a Volmir Cordeiro, A. Livingstone y Pier Bruera
Performances: Volmir Cordeiro y A.Livingstone
Creación musical: Pier Bruera
Esculturas: Cristina Busto
Vídeos: Arturo Iturbe
Luz, vídeo y coordinación: David Benito
Sonido: Óscar G. Villegas
Utilería y escenario: Roberto Baldinelli
Ayudantes de dirección: Denise Díaz, Mateo García
Traducción al inglés: Simon Scardifield
Traducción al portugués de Brasil: Renata Penna
Traducción al francés: Christilla Vasserot
Jefa de producción: Emilie Heidsieck (Actoral, Marsella)
Con la participación de Contemporánea Condeduque (Madrid), La Casa Encendida (Madrid) y Maison de la Culture d’Amien
Centro CondeDuque (Madrid)
Hasta el 27 de septiembre de 2026
Calificación: ⭐
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