La transformación de unos niños en marionetas propicia una performance inquietante creada por Alice Laloy

La lectura que se pueda realizar del célebre relato de Collodi queda trastocada tras contemplar este espectáculo; su título deviene guiño irónico. Aquí no se aparecerá Pepito Grillo y la rebeldía será una danza primitiva. La performance representada a dos bandas en la sala principal del Teatro Valle-Inclán está iluminada con la potencia propia de un laboratorio, no de una fábrica macilenta. El juego y el correteo de los protagonistas muestran la inocencia de la ignorancia en su presentación. No saben qué van a hacer con ellos. Así ocurre con la enseñanza en los colegios o en la disposición de menores en trabajos forzados o en distopías como Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, donde directamente sus órganos servirán para «ayudar» a otros. Sigue leyendo