La adaptación de esta célebre tragedia de Rodolf Sirera en el Teatro Fernán Gómez carece de empuje
Desde que Rodolf Sirera escribiera en 1978 este breve texto, ha logrado con el paso de los decenios asentarse como una obra de referencia del ámbito metateatral. La última adaptación fue aquella que montó Mario Gas en los Teatros del Canal. Ahora regresa a las tablas bajo la mirada de Robert Torres. Se ha pretendido ofrecer un cariz más oriental en su estética, que podría incluso remitir a películas de serie b con cierto aire pulp. El carrito de licores y, después, la ristra de espejos giratorios que ha situado Llorenç Corbella configuran una escenografía seductora.
Aceptemos que estamos en el presente ─el teléfono móvil que se emplea así lo indica─; aunque el dramaturgo imaginó este combate dialéctico a finales del siglo XVIII. Sigue leyendo