Tras el ensayo

La película que Ingmar Bergman realizó para televisión en 1984 es llevada a las tablas por Ernesto Caballero con menos taciturnidad

Foto de Javier Naval

Con gran profusión se «ha reflexionado» sobre el oficio de la interpretación en el propio transcurrir de una obra, en una imbricación metateatral que juega una y otra vez a entrar y salir del personaje. Los actores se desdoblan delante de nosotros para enseñarnos el truco, mientras nos seducen con la trampa que somos incapaces de apreciar en su totalidad. Así se ha empeñado en llevarlo a cabo Álex Rigola en algunos de sus espectáculos, como aquellos pergeñados en su «caja» (Hedda Gabler o Vania). De otro modo, Pascal Rambert en Ensayo también incluyó esta recursividad. O de forma similar ocurrió en aquella Lady Anne, de Inma Nieto. Podría seguir poniendo ejemplos; aunque también debo recordar que Gutiérrez Caba protagonizó Después del ensayo en el 2017.

Ingmar Bergman estrenó su película para la televisión en 1984. Un artefacto cinematográficamente sencillo y breve, pero que valía para adentrarse en esa fase epilogal de su carrera. Por lo tanto, contamos con una referencia ineludible que nos sirve de comparación con la dramaturgia de Ernesto Caballero. La versión de este pretende una cercanía con el público que termina radicalmente con la atmósfera melancólica. Y, también, como vamos a comprobar, toma una serie de decisiones con su elenco que rompen con el equilibro triangular que el cineasta sueco había ideado. Prima la espontaneidad de un Henrik Vogler, ese director que representa Emilio Tomé. Este resulta un tanto joven, y su aspecto es más desaliñado, menos serio y elegante, parece un estadounidense con esa gorra que porta en algún teatrucho de Broadway. El actor discurre con su habitual cadencia repleta de vericuetos para aumentar las capas de metateatralidad. Va de aquí para allá sin parar de hablar, no de manera sentenciosa, como podríamos imaginar en alguien talludito que cavila sobre su profesión, sino como alguien que imbrica lo particular con algo de entusiasmo por su trabajo. Efectivamente, el simbolismo de «Tras el ensayo», como metáfora de «tras la vida», queda trastocado. Este hombre no da la impresión de estar al final de su existencia o enfrentándose a alguno de sus últimos proyectos. Digamos que el clima es más mametiano, por momentos, con ironía e, incluso, con un hombre que expresa sus dudas. Además, aparecen las otras dos intervinientes. Lucía Quintana aguantará en las escaleras de la grada a resguardo durante la primera larga escena.

La mayor distorsión que encuentro en esta propuesta radica en el papel que encarna Elisa Hipólito. La aprendiz Anna Egerman quiere emular a sus padres y dedicarse a la actuación. No me creo que se halle nuestra actriz en el mismo tono que el resto. Por un lado, su propia voz, nasal, encajaba mejor, desde luego, para dar credibilidad a ese adolescente de Un monstruo viene a verme. No obstante, aquí la observo algo inmadura. Considero inverosímil su flirteo con este director, también porque este se manifiesta menos impositivo. No es suficiente con llevar minifalda. De hecho, ese supuesto erotismo se torna vulgar. Cuesta contemplarla con un bagaje personal atormentado proviniendo de esa familia aniquilada.

Definitivamente, pienso que el único rol que resulta coherente y que parece confiable es el interpretado por Lucía Quintana. Rachel, la madre de la aspirante, estaba casada con otro actor, amigo íntimo de nuestro protagonista. Ella se nos presenta como un fantasma. Ha muerto, alcoholizada, tras pasar por alguna clínica y caer hasta el fondo. Ejemplo prototípico, pero aún sugerente para nuestras ansias románticas. Ha estado contemplando cómo se maneja su hija en estas lides y ahora procura rememorar su relación con Vogler; y acostarse con él si este accede. Nos dejamos arrastrar enseguida por una mujer inestable. La actriz se bandea entre la risa estentórea y el lloro inconsolable de quien confiesa todas sus penas y sus fracasos. El personaje exige, incluso, más líneas en su texto para esa obra que está preparando, El sueño, de Strindberg. Sin embargo, él no entra al trapo y, por lo tanto, la posible tensión sexual, aunque fuera a través de una discusión, se desvanece.

Debemos preguntarnos qué ha intentado Ernesto Caballero con su concepción y esos cambios en el carácter de sus criaturas. Tampoco es que nos encontremos ante un planteamiento novedoso o rompedor; pero se percibe falta de pulsión. Todo resulta más cómodo y afable, y hasta la escenografía, con esas grandes cortinas con un bosque impreso que ha impuesto Víctor Longás, le restan decrepitud. Debemos reconocer, eso sí, que el aprovechamiento del espacio, los breves monólogos de tragedias y comedias célebres que escuchamos y cierta dinamicidad mantienen nuestra atención.

Tras el ensayo

Autor: Ingmar Bergman

Versión y dirección: Ernesto Caballero

Reparto: Emilio Tomé, Elisa Hipólito y Lucía Quintana

Vestuario: José Cobo

Escenografía e iluminación: Víctor Longás

Espacio sonoro: Bastian Iglesias

Ayudante de dirección: Pablo Quijano

Producción: Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 17 de mayo de 2026

Calificación: ⭐⭐

Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

donar-con-paypal

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.