Tras el ensayo

La película que Ingmar Bergman realizó para televisión en 1984 es llevada a las tablas por Ernesto Caballero con menos taciturnidad

Foto de Javier Naval

Con gran profusión se «ha reflexionado» sobre el oficio de la interpretación en el propio transcurrir de una obra, en una imbricación metateatral que juega una y otra vez a entrar y salir del personaje. Los actores se desdoblan delante de nosotros para enseñarnos el truco, mientras nos seducen con la trampa que somos incapaces de apreciar en su totalidad. Así se ha empeñado en llevarlo a cabo Álex Rigola en algunos de sus espectáculos, como aquellos pergeñados en su «caja» (Hedda Gabler o Vania). De otro modo, Pascal Rambert en Ensayo también incluyó esta recursividad. O de forma similar ocurrió en aquella Lady Anne, de Inma Nieto. Podría seguir poniendo ejemplos; aunque también debo recordar que Gutiérrez Caba protagonizó Después del ensayo en el 2017. Sigue leyendo

El silencio

La compañía Dead Centre ha dispuesto una fantasmagoría en los Teatros del Canal para adaptar la película que Ingmar Bergman estrenó en 1963

Ola Kjelbye
Foto de Ola Kjelbye

Continuamos nuestra andadura con otro proyecto que se suma al imperante estilo dramatúrgico de nuestra contemporaneidad consistente en el film performance. En este caso, más cine todavía, pues la propuesta trata de adaptar la última cinta de esa trilogía titulada «El silencio de Dios» que Bergman presentó en 1963. La gente de Dead Centre, especializada en esta aplicación tecnológica al teatro, nos propone un acercamiento a nuestro tiempo para dejarse, quizás, por el camino, una serie de pruritos de carácter religioso que aquí no parecen tan subyugantes como en el ideario del cineasta sueco, alguien empeñado en desembarazarse (o no) de ese marchamo indeleble del puritanismo. Sigue leyendo

Después del ensayo

Emilio Gutiérrez Caba se mete en la piel de un dramaturgo para profundizar en las pasiones dentro y fuera de la escena

Foto de Mario Quintero

El cineasta Ingmar Bergman presentó esta película para la televisión en 1984, un film donde se concitaban varios de los temas que le habían interesado siempre al creador sueco. Por una parte, la cuestión del teatro, de la vida teatral y de sus entresijos, de lo que conlleva ese trabajo, a veces tan oscuro para el público —ya lo había tocado en Persona (1966), por ejemplo. Por otra parte, se abordan las disputas propias de las parejas, de los amantes; aspectos que se alimentan de su propia biografía y que igualmente había abordado en Secretos de un matrimonio (1973) y en su última cinta, Saraband (2003); ambas, también, para televisión. Y, por supuesto, indaga en las pasiones y en la culpa, impulsado por su educación luterana. Juan José Afonso se ha puesto al frente de esta versión firmada por Joaquín Hinojosa, y Emilio Gutiérrez Caba se ha encarnado en este trasunto del cineasta. Un dramaturgo y director teatral que tras un ensayo, como casi hace a diario, permanece en el escenario reflexionando acerca de su cometido; mientras se va adormeciendo antes de su habitual siesta, hasta que entra la joven actriz con la que está trabajando. Sigue leyendo

Escenas de la vida conyugal

Ricardo Darín y Érica Rivas salvan con sus interpretaciones una obra anodina y carente de profundidad

Escenas de la vida conyugal - FotoEs una obra engañosa esta que presentan en los Teatros del Canal. Primero porque la representan uno de los actores más respetados del cine argentino y una actriz alabada en el multipremiado film Relatos salvajes. Segundo, porque es Bergman, y a uno se le vienen a la cabeza todas sus grandísimas y profundas películas como Persona o Gritos y susurros (justamente sus Secretos de matrimonio es, quizás, la que más se aparta de esas honduras). La obra se dispone de una forma similar a la miniserie que dejó atrapados en sus sillones a los suecos en 1973: 6 capítulos que cuentan diversos avatares de un matrimonio que se rompe. Los protagonistas remarcan esta idea dirigiéndose al público; cada sketch está absolutamente diferenciado. Rápidamente, nada más que empiezan con sus parlamentos, uno comprende que el tono se dispone por otros derroteros. Aquí se premia lo ágil, lo sarcástico, la respuesta sagaz en una batalla entre timorata y punzante. Pero no ha terminado aún esa primera escena, cuando se comprende, amplificado por las risas del respetable, que toda sombra de Bergman se ha evaporado. Si ya la película que resumió la miniserie resultaba un tanto anodina por lo común de la temática, aquí se termina de rematar con una especie de anestesia en las actitudes de los dos personajes. Ni la confesión de que él tiene una amante, ni el desapego hacia las hijas, ni siquiera la firma del divorcio parecen atormentarles. Es como si se hubiera mezclado la dicción porteña entre chisposa y ocurrente, con la moral protestante de los suecos aceptando su devenir inexorable. Sigue leyendo