El drama rural de Jacinto Benavente se embellece de la mano de Juan Carlos Rubio y de Natalia Menéndez

¿Qué podemos hacer con un final tan desastroso? ¿Deberíamos cerrar los ojos, obviarlo, y quedarnos con todo lo acontecido anteriormente? No nos quedará más remedio si queremos salvar este montaje en nuestra memoria. La inverosimilitud, la inconsecuencia y hasta el visto y no visto irrumpen en la última escena de esta versión firmada por Juan Carlos Rubio y por Natalia Menéndez. Nada que no esté escrito por don Jacinto Benavente allá por 1913; pero requeriría otro ritmo, otro cuidado. Si ante una tragedia así el público se carcajea, algo está mal. Puedo certificar que en el espectáculo que dirigió Joaquín Vida y que protagonizaba Nati Mistral en el año 2000 ocurría igual. Nuestro Nobel debería ser enmendado, ya que aquí se vuelve a caer en el mismo error. Parece una farsa, un vodevil.
A pesar de todo, contamos con un drama rural que se ha estetizado convenientemente. Se han retirado algunos personajes y algunas escenas accesorias. Se vislumbra con mayor cercanía, pues se aleja de esas visiones que remarcaban los atavíos de antaño en los pueblos de la España más tozuda. Contemplamos con agrado, por ejemplo, el vestuario preparado por Rafael Garrigós. Los colores que lucen las damas entre verdes y morados, con vestidos ajustados y elegantes en la joven hija, o la limpieza en los trajes oscuros de ellos. Alfonso Barajas ofrece una escenografía un tanto anecdótica, pues se debate entre el simbolismo y el naturalismo sin verdadera concreción: paredes en ruinas que permiten apilar la cubertería y, a la vez, dar profundidad entre los vanos. Igualmente, la iluminación de Juan Gómez Cornejo posee texturas que inducen a la calamidad entre tanta penumbra. ¿O qué decir del lenguaje, de esa neutralización del acento, sin rastros de un deje vulgar o alguna característica dialectal? El ruralismo lo es menos si prestamos oídos a esa claridad manifiesta. Ni siquiera se percibe demasiado el modo más coloquial en Juliana, la criada que interpreta Goizalde Núñez. Su soltura y su agilidad son admirables, y hasta sus pizcas de humor, cuando se pone chismosilla, favorecen el contraste en cuanto llega la fatalidad. Al menos ella cuenta con un arco interpretativo coherente; pero no deja de ser un rol secundario. Ante todo, esta función está volcada en una depuración tal para que la señora de la casa se aburguese y se ofrezca bella en demasía. Ya lo expone así el propio cartel, la estrella Aitana Sánchez-Gijón debe sobresalir por principio. Y así ocurre, verdaderamente, porque la actriz posee momentos de gran fuerza, que resuelve con astuta compostura. Lo observamos cuando se amilana frente a su segundo esposo, y, sobre todo, cuando busca la mejor estrategia para regresar al orden que se ha corrompido. El diálogo con su sobrino, Norberto, encarnado por Álex Mola con inquietante potencia en su desesperación, nos deja las situaciones más aviesas en ese proceso de investigación. Este muchacho había sido el novio de Acacia y ahora es el sospechoso de haber matado al pretendiente de aquella. Porque tenemos un asesinato a poco de comenzar la pieza. El inocente de Faustino se queda por el camino de un disparo. Antonio Hernández Fimia, al menos, tiene la oportunidad de esbozar su carácter con bastante sencillez. Su padre, el tío Eusebio, nos deja a un José Luis Alcobendas descompuesto, repleto de ira y de tristeza, con la desazón propia de quienes aceptan que viven en un territorio hostil. Seguramente, sea el personaje que mejor se adapta a la atmósfera aldeana. También El Rubio se aproxima al tenebrismo y al estereotipo de maldad habitual en estas historias, donde algún Primitivo de turno (pienso en Los pazos de Ulloa) ejecuta las acciones desde la sicopatía. De esta manera desarrolla Dani Pérez Prada gestos adecuados y expresiones de insolencia; sin embargo, se deja llevar por el tono general y no se afana en su vesania.
Definitivamente, me dejo absorber por la energía de Lucía Juárez, que es una de las actrices más formidables de estos años (recordémosla en Asesinato y adolescencia). Toma el papel de la hija, la Malquerida, esa joven casadera que repudia a su padrastro y que expresa con furia su malestar. Su ira va creciendo, no tanto por contemplar cómo han acabado con su novio, sino por esa cotidianidad tan amarga en su hogar, donde parece que su madre ha perdido todo empuje y dominio. Muy distinta es la actitud de Esteban. Cuesta creerse a este pusilánime. Juan Carlos Vellido, quien ya había hecho de marido de «Sánchez-Gijón» en La madre, resulta demasiado escurridizo. Por un lado, es capaz de humillarse ante su sirviente para ingeniar sus tretas y, por otro, conlleva el magnetismo pertinente para hipnotizar a su hijastra. Aspecto que exigiría, sin duda, algún mohín apropiado.
En realidad, insisto, si no tuviéramos que padecer esa ridícula y abruptísima anagnórisis final, todavía el drama tendría un pase.
Autor: Jacinto Benavente
Dirección y adaptación: Natalia Menéndez
Adaptación: Juan Carlos Rubio
Reparto: Aitana Sánchez-Gijón, Juan Carlos Vellido, Lucía Juárez, Goizalde Núñez, José Luis Alcobendas, Dani Pérez Prada, Alex Mola y Antonio Hernández Fimia
Escenografía: Alfonso Barajas
Vestuario: Rafael Garrigós
Iluminación: Juan Gómez Cornejo
Música y espacio sonoro: Mariano Marín
Cante: Marcos León
Violoncello: Clara Rivière
Dirección de producción: Ana Guarnizo
Producción ejecutiva: Mónica Regueiro
Ayudante de dirección: Majo Moreno
Ayudante de escenografía: Andrea Merchán
Producción: Producciones Off
Teatro Español (Madrid)
Hasta el 26 de abril de 2026
Calificación: ⭐⭐
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