Juan Carlos Pérez de la Fuente realiza una dirección espléndida sobre el clásico chejoviano en el Teatro Fernán Gómez
La grandiosidad clasicista que destila esta propuesta de Juan Carlos Pérez de la Fuente contrasta notablemente con aquella que presentó en el CDN Ernesto Caballero. El aprovechamiento que ha realizado el director en el espacio disponible del Fernán Gómez resulta magistral. Los personajes fluyen a lo largo de toda la función por los pasillos, entre las laberínticas telas y en toda la profundidad del escenario. Aparecen de improviso por doquier y uno tiene la sensación de que lo han introducido en esa finca que presumimos descuidada. Con la mirada de Ignacio García May, estos seres se muñequizan por momentos; pero también desarrollan la naturalidad chejoviana en diálogos claros y altamente expresivos. La decadencia de algunas familias que se han visto sometidas por la reforma emancipadora de 1861, que liberó a millones de siervos en Rusia, se plasma con progresiva espontaneidad.
Inicialmente deambula por allí Lopajin, el nuevo burgués, el hijo de aquellos que trabajaron en la hacienda y que ha conseguido medrar a través de su habilidad como hombre de negocios. Chema León manifiesta su inquietud antes de atrapar el momento y de sentir su poder. Cuesta creérselo en el primer acto; sin embargo, luego alza la voz con entusiasmo. Será él quien aproveche la tesitura para lanzar varias fórmulas con las que salvar de la ruina aquel hogar. Su mentalidad pragmática de negociante no duda en sostener que esos cerezos enraizados (deberíamos pensar en guindos, que sería lo lógico en aquel lugar) deben ser sustituidos por dachas destinadas al turismo. La sentencia reverbera con insolencia en un patio de butacas que reconoce un contexto similar en su ciudad.
Cuando llega todo el clan, las ideas de ese tipo les parecen espantosas. Se establece la negación de la evidencia, de la soga hipotecaria apretando su cuello. Carmen Conesa irrumpe con verdadero esplendor; es como una estrella del Hollywood dorado exigiendo un reconocimiento de su estela. Su presencia se muestra iluminadora y la actriz llena cada una de las escenas en las que participa. Ranevskaia emana una ingenuidad singular, como si le molestara ocuparse de los asuntos económicos, de sus propiedades; como si un decaimiento la forzara a buscar esas distracciones que ha encontrado en la capital francesa (su vástago murió ahogado de niño). Su generosidad es, además, de una imprudencia descomunal. Bien lo sabe su hija adoptiva Varya, que nos deja a una Marta Poveda con una contención excelentemente dibujada. Su carácter entraña una insondable complejidad. Es uno de esos papeles que el dramaturgo ruso perfilaba con gran astucia. Enamorada de ese comerciante que terminará por quedarse con el terreno y que, finalmente, no cumplirá su promesa de casarse con ella. Esta, a la vez, es una mujer hacendosa, que observa el desmoronamiento económico de su familia; pero que no tiene el arrojo de imponerse. ¿Qué puede hacer si, encima, Gaev, el hermano cincuentón de Ranevskaia, es algo así como un vivales? Markos Marín juguetea, sonríe y muestra con insistencia su comicidad y su indolencia. Por debajo de esta estructura, el resto de los caracteres intenta acomodarse a una dinámica determinada por las circunstancias. La hija pequeña, Anya, ofrece en la piel de Helena Ezquerra el encanto juvenil, sobre todo cuando conversa con ese eterno estudiante, Trofimov, ese idealista que resuma socialismo, y que Jesús Torres encarna con brío. Entre ellos se inmiscuye Carlota Ivanovna, la peculiar institutriz que da vida Cristina Marcos con mucha entrega en sus desvaríos. En otro orden, me ha gustado cómo bosqueja José Gonçalo Pais a su Epijodov, aquel contable que tropieza aquí y allá, como una metáfora del porvenir. Aunque más simbólico es en el desenlace el encierro de Firs, el mayordomo taciturno, que Chema de Miguel acoge con sobriedad.
El trabajo conciso, entre la pasividad de esas almas que son observadas por las marionetas que el propio director (junto a Isi Ponce) ha situado en diferentes lugares y la acción permanente en distintos puntos del espacio, propicia toda una cosmovisión. Porque la escenografía se desmonta para sobredimensionar los límites de la sala hasta lo invisible. Se produce así el dibujo metateatral, con el retabillo de títeres en un lado y, después, con ese cilindro que surge, donde bailan en la fiesta previa a la despedida. Sin duda, todos los elementos nos resultan impresionantes gracias a la iluminación de José Manuel Guerra, quien nos revela toda una gama de turquesas entreverados con amarillos cobrizos que inciden claramente en el sentimiento de melancolía. La música permite recrear el folclore eslavo con todo ese carrusel de individuos en retirada en un vals mortuorio. Todo ello se anuda con la vistosidad del vestuario a cargo de Rosa García, quien ha elegido prendas que denotan con nitidez la moda parisina de aquel periodo con los detalles tradicionales en algunas de las faldas que observamos.
En realidad, El jardín de los cerezos es un completo epílogo, tanto de una época como de una existencia, la de Chéjov, quien moriría meses después de acabar esta obra. Es un montaje extenso, algo moroso en algunos instantes, una constatación dilatada de que los mejores tiempos quedan atrás.
Autor: Anton Chéjov
Versión: Ignacio García May
Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente
Reparto: Juanma Cifuentes, Carmen Conesa, Helena Ezquerro, Chema León, Manuel Maciá, Borja Maestre, Cristina Marcos, Markos Marín, Noelia Marló, Chema de Miguel, José Gonçalo Pais, Marta Poveda y Jesús Torres
Coro de mendicantes: Maribel Cuadra, Pablo Méndez Lobo, Sonia Molina Leivinson, Elena Jerez, Marta Alonso, Jorge Tasende y Abel Ferris
Diseño de escenografía: Juan Carlos Pérez de la Fuente e Isi Ponce
Dirección de vestuario y figurines: Rosa García
Diseño de iluminación: José Manuel Guerra
Espacio sonoro: Ignacio García
Diseño y realización de maquillaje: La kasa del Maquillaje
Coreografía y dirección de movimiento: Guillermo Weickert
Diseño de videoescena: Violeta Nêmec
Ayudante de dirección: Abel Ferris
Ayudante de vestuario: Rocío León
Ayudante de espacio sonoro: Gabriela Zaldívar
Asesor de magia: Alejandro García May
Asesor de guitarra: Nacho Vera
Diseño y aportación del calzado femenino: defloresyfloreros
Agradecimientos a la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD)
Una producción del teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa en colaboración con Octubre Producciones S.L.
Teatro Fernán Gómez (Madrid)
Hasta el 12 abril de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐⭐
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