El Teatro Infanta Isabel acoge la célebre obra de Claudio Tolcachir en su regreso a los escenarios
Qué se puede afirmar hoy de una de esas obras de teatro que, en cierta medida, se han convertido en un referente del siglo XXI. Una vuelta de tuerca más a un estilo que parte del naturalismo, de Chéjov, que pasa por el expresionismo, por el absurdo, por Grotowski y que, como un cuestionamiento existencialista sobre las formas que tenemos de vivir, llega hasta el presente. La verdad es que desde aquel 2005 muchas han sido las propuestas que de manera muy similar se han acogido a esta forma. Y aludo concretamente a proyectos con tinte e idiosincrasia sociológica propia del Cono Sur. Por lo tanto, nuestra mirada puede estar algo viciada o cansada a la hora de revisitar esta función. El mismo Tolchachir se ha enfrascado en otros proyectos que dejan su sello. Principalmente, Emilia y el Tercer cuerpo, pero también en la fallida Los de ahí, y algo menos en Próximo. Son ejemplos que se suman a los proyectos de otros escritores como la Gaviota, de Guillermo Cacace, o los espectáculos de Sergio Boris (Viejo, solo y puto, Artaud o Euforia y desazón). No quiero extenderme con otros dramaturgos y dramaturgas de allá que viven con nosotros o que nos visitan con frecuencia. Estoy tratando de acotar unos planteamientos situacionales, donde el argumento es en sí mismo el choque de los personajes en el espacio como protones y neutrones en permanente colisión. Contar, contar, no se cuenta demasiado; pero se crea una vivencia, un estar siendo. Y ese es el gran trabajo de dirección que apreciamos en el argentino, esa disposición hacia la creación espontánea. Lo extraordinario es cómo fraguan sus pretensiones, sus personalidades con sus miedos y ambiciones, cómo sutilmente se delimitan los sobreentendidos que debemos aprehender. Poco se explica y mucho acontece, con lo cual se cumple la máxima primordial de la representación teatral.
Todo está en marcha, in medias res. Nos inmiscuimos en un piso, que no parece muy ordenado, que tiene muebles que parecen sacados de aquí y de allá. Cada individuo que puebla esa pieza va a lo suyo, pero a la vez se ocupa de molestar al resto o de reclamarle algún favor. Prima, a pesar de todo, la fluidez y un dinamismo imparable, pues los focos de atención son varios y simultáneos. En el primer acto la acción se alarga en la mera presencia sin sentido de esos seres sin personalidad suficientemente definida, seres sustituibles, de un hogar cualquiera. Circundan para nosotros las «omisiones» que tienen que ver con el padre «perdido» o con la enfermedad del hijo o con la propia configuración de la familia y de hechos penosos que debemos intuir. Hay, en definitiva, un asunto de clase social muy pertinaz, ya que son personas demediadas, sin destino, sin intereses profundos y sin tareas significativas.
Si bien uno parece adentrarse en un desorden incomprensible, también es cierto que contamos con el personaje de la abuela, que interpreta Cristina Maresca con la parsimonia y la aquiescencia necesaria para aquietar a los muchachos. Ella centripeta la función y aminora el barullo. Capaz de darnos las pistas necesarias sobre los tabúes de esas gentes. Ocurrirá esto en el segundo acto, cuando ya nos encontremos en el hospital. Será ahí cuando uno de los factores esenciales del montaje explote definitivamente. Me refiero al humor negro, a la mordacidad que se aplica a las dolencias varias que se suceden y a cómo se le quita hierro tanto a la muerte como a la validez de esos seres humanos. Así proceden los mellizos. Marito y Damián muestran la verdadera incompetencia, su deficiente educación y esas carencias afectivas que los convierten en unos cafres. Tanto Fernando Sala como Juan Zuluaga trabajan al límite, como dos payasos, como dos gamberros que es necesario cuidar. Para ello está Gabi, la otra hermana que vive allí, quien ofrece todavía una mayor responsabilidad; si bien no pueda escapar de ese enredo. Tamara Kiper otorga solidez a su papel.
El centro médico, de algún modo, nos inmiscuye en el vodevil. La intervención del doctor resulta chocante en cuanto que juega a manifestar profesionalidad y preocupación por el estado de salud de la anciana y, a la vez, al saber aprovechar la circunstancia para tener un escarceo. Luego, además, se introduce Hernán, encarnado por Gonzalo Ruiz, que se hace pasar por el chófer de Verónica, cuando, en realidad, es otro amante. Es otra estrategia, precisamente, para aumentar un lío sin solución de continuidad.
Por otra parte, se trazan líneas muy inteligentes que rompen cualquier atisbo de equilibrio. Así procede Verónica, cuando irrumpe en la casa. La hija que ha logrado desarrollar una profesión y salir adelante con aparente éxito. No obstante, sospechamos que a sus vástagos les ocurre algo, pues las indirectas que le lanzan son acuciantes. Inda Lavalle se sabe mover con gran suficiencia para sortear la insolencia de sus hermanos. Posee un tono de altivez importante que lo emplea de manera defensiva, máxime si su madre pretende irse a vivir con ella. Esta resulta ser uno de los roles más enrevesados de todo el espectáculo. Miriam Odorico hace de Memé con sugerente indolencia y nos destina a la confusión. Posee evidentes rasgos de inmadurez, ya que no parece hacerse cargo de la situación.
Aunque a estas alturas estemos acostumbrados a este tipo de obras, sigue mereciendo la pena asumir el reto de hallar las claves ocultas entreveradas en ese flujo de la cotidianidad. La familia es todo un ente que acoge y destruye, y en esa ambivalencia se mueven estos individuos, como nosotros, en escena.
La omisión de la familia Coleman
Texto y dirección: Claudio Tolcachir
Elenco: Jorge Castaño, Juan Zuluaga Bolívar, Tamara Kiper, Inda Lavalle, Cristina Maresca, Miriam Odorico, Gonzalo Ruiz y Fernando Sala
Diseño de luces: Ricardo Sica
Fotografía: Giampaolo Samà
Producción general: Jonathan Zak y Maxime Seugé
Teatro Infanta Isabel (Madrid)
Hasta el 11 de febrero de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
Puedes apoyar el proyecto de Kritilo.com en:

Deja un comentario