Goteras

El Teatro Bellas Artes acoge esta comedia amable de Marc G. de la Varga que fabula sobre las vidas posibles

Foto de Danilo Moroni

El género de la comedia amable, con su pizca de reflexión existencial, se reitera en cada intentona. Como un relato moral, que tendría la consabida referencia al Cuento de Navidad dickensiano, en esa especulación sobre las decisiones del presente ─de «bifurcaciones», se habla aquí─ que repercutirán en un futuro que, por arte de alguna magia, podemos contemplar. Aquí el protagonista es un dramaturgo y otros tantos dramaturgos se han puesto ellos de protagonistas para proceder a este experimento. Véanse solo esta temporada, con propuestas más sofisticadas: De Nao Albet y Marcel Borràs (de los susodichos) o Las apariciones, de Fernando Delgado-Hierro y Pablo Chaves. Añadamos, más inclusive, El dios de la juventud, que sondea parecidos aspectos metateatrales y que se acaba de estrenar. Los desgastes dramatúrgicos de nuestras nuevas generaciones son preocupantes. Progeria estética a raudales.

Marc G. de la Varga coloca, ante todo, el póster de Regreso al futuro, la celebérrima película de 1985 para remarcar el tema. Pero si en la cinta de Robert Zemeckis todavía Marty McFly se jugaba nacer, nosotros únicamente asistiremos al juego de las posibilidades como un mecanismo antojadizo y simplón del «efecto mariposa». Como en Constelaciones, de Nick Payne (Peris-Mencheta la llevará al CDN el próximo año). Más recientemente, la Compañía del Sr. Smith, hizo lo propio con IF (La ligereza) y hasta el público votaba la subtrama a seguir.  Inicialmente conocemos a Toni, con un Gonzalo Ramos que le dará mucha agilidad a este hombre ─de hecho tiene que subir y bajar de una planta a otra sin parar─. Como ya está afirmado, es un dramaturgo y guionista. Que esté escribiendo una obra con la intención de estrenarla en el «Teatro Lara», ya nos da una idea de que sus intenciones estéticas remiten a la esfera comercial. De repente, se da cuenta de que tiene goteras, y raudo se lanza al piso de arriba para toparse con su vecino. Fernando Albizu se las tiene que ver con distintas versiones de su personaje. Repleto de rarezas, manías, decadencias físicas y otras florituras que él acoge con su habitual dominio de la situación. El quid del argumento es que este individuo es el «yo» del protagonista en su devenir. ¿Cómo ha terminado cojo, gordo, calvo y trabajando de segurata en un párking? O sea, qué decisión ha cambiado el rumbo establecido y lo ha despeñado al abismo, si había llegado incluso a vivir en Nueva York debido a su buen hacer escritural.

A partir de esta premisa, la función se convierte en un repetitivo ensayo de prueba y error. No dejar a la novia y ver qué ocurre. Rechazar el curro en una serie y comprobar las repercusiones. Cualquier posibilidad traerá «soluciones» peculiares y hasta extravagantes, como hallar a una mujer, posiblemente también él, que interpreta Gloria Albalate en una breve escena que, a pesar de transcurrir con gracia, no tiene más recorrido ni vuelta recursiva. Cuando descubra que algunas de sus variaciones pueden conllevar el éxito empresarial, después de que halle en su proyección a un tipo que ha sustituido sus afanes artísticos por otros de carácter agropecuario, se observará ante el dilema. En ese trajín, por supuesto, se va incidiendo con humor en lo estrafalario, en esa confabulación del caos; aunque no se da un salto a otro nivel. Es decir, las dimensiones que se manejan son bastante simples en cuanto que la vida se dirime entre la pasión y el pragmatismo. Pros y contras de buscar la felicidad haciendo lo que te gusta o ajustarse a aquello que te pueda ofrecer un rendimiento económico más seguro. Afuera el planeta se mueve con estabilidad. No acontecen los conflictos políticos. No intervienen otro tipo de agentes. No parece, tampoco, que la catástrofe pueda acontecer hasta el punto de llevar a nuestro pequeño héroe a una angustia superior. Apenas, quizás, descubrimos un símbolo que pudiera ser una pista de alguna alternativa. Un disco de Peter Green se sostiene como un tótem, como un objeto de nostalgia o de supervivencia de otros tiempos. Como un ejemplo vital de quien también discurrió por otras veredas más subyugantes (puede que sea rizar demasiado y el asunto no vaya más allá de un simple vinilo). Por lo tanto, el espectáculo se reduce a esa llaneza fabuladora que redunda en el entretenimiento.

Borja Rodríguez, el director de la propuesta, logra darle una enorme viveza. Aprovecha para ello una atractiva estructura escenográfica ─ideada por Luis Crespo─. Dos apartamentos que valen por uno, con sus escaleras, que dan sensación de laberinto. Además, la música de Rafael Arnau aumenta con creces la tensión en esas transiciones que se deben acometer a cada paso, sin que uno perciba un lapso excesivo. Al final, todo queda muy bien ajustado y los espectadores pueden pasar el rato.

Goteras

Autor: Marc G. de la Varga

Director: Borja Rodríguez

Reparto: Fernando Albizu, Gonzalo Ramos y Gloria Albalate

Diseño de iluminación: Juanjo Llorens

Diseño de vestuario: Mélida Molina

Escenografía: Luis Crespo

Música: Rafael Arnau

Espacio sonoro: Laparra

Ayudante de dirección: Pablo G. Boutou y Marta R. Sanz

Dirección de producción: Isabel Casares y Aníbal Fernández Laespada

Adjunta a la producción: María Fontcuberta y Marta Mardó

Oficina técnica: José Muñoz

Maquinaria especial FX: Margo González

Fotografía de escena: Danilo Moroni

Fotografía cartel y diseño: Javier Naval

Shooting: Antonio Moreno

Colabora en la distribución: MBdISTRIBUCIÓN

Una producción de MIC Producciones y Producciones 099

Teatro Bellas Artes (Madrid)

Hasta el 27 de julio de 2025

Calificación: ♦♦

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