Esperando a Godot

El gran clásico contemporáneo regresa una vez más a las tablas con una dramaturgia más luminosa y cercana al espectador

La vigencia de esta obra, uno los clásicos incuestionables del siglo XX, perdura en nuestro diálogo contemporáneo puesto que sus temas y antitemas nos concitan. Uno se pregunta, si al final de nuestros tiempos, mientras nos observen las criaturas robóticas no seremos unos vagabundos insatisfechos con un ocio tan redundante como vacuo. La mirada de Estragón y Vladimir es un segmento temporal que transcurre entre el «No hay nada que hacer» y el «Vamos». Ahí está Camus para preguntarnos por qué no nos suicidamos; por qué esos individuos haraposos que se apostan a las escaleras de una iglesia con su cartelito reclamante y su vasito de café tintineante no terminan con una existencia que entiende qué es un día de la semana. Sigue leyendo

…y la casa crecía

Una sorprendente escenografía da cobijo a una inocentona comedia que critica a los advenedizos

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Como si las clases medias (sean lo que sean) no hubieran recibido su merecido con creces, por querer encaramarse a la clase superior con la ingenuidad de los crédulos homeopáticos, llega Jesús Campos García para aplastar a sus advenedizos protagonistas con el peso del lujo delicado. Una pareja es seleccionada para alquilar una mansión con el único inconveniente de limpiar y cuidar cada una de las piezas artísticas y decorativas que allí se encuentran. Sorpresivamente, el casón comienza a crecer al mismo ritmo que llegan nuevos artículos desde la aduana. Lo que en un principio estaba destinado al disfrute nobiliario, ahora se torna condena y enredo burocrático con absurdos tintes kafkianos. Y este planteamiento más el despliegue escenográfico son lo mejor de la función; el cómo ha trenzado el argumento, ese es otro cantar. Sigue leyendo

El arquitecto y el emperador de Asiria

Pese al esfuerzo de Corina Fiorillo en la dirección, el espectador se agota a la media hora. El resto es pura repetición

Foto de Carlos Furman
Foto de Carlos Furman

La temporada anterior se valoró muy positivamente en este diario la última obra de Fernando Arrabal, Pingüinas, tanto por el despliegue espectacular como por la originalidad del texto. En esta ocasión, con El arquitecto y el emperador de Asiria, una obra que se recupera tras casi cincuenta años, no se puede afirmar que su pretendida procacidad y su insistente afán provocativo sean capaces de suscitar en el espectador de hoy la agitación de entonces. Volvemos a contemplar sobre el escenario los temas predilectos del teatro pánico arrabaliano, pero mientras que en el inicio uno puede quedar estupefacto ante la incomprensión y ante el desparpajo de dos seres deslavazados, luego se cae en una reiteración inocua.

Las interpretaciones acerca del cometido de los dos protagonistas han sido variadas. Por un lado está el autonombrado Emperador de Asiria, un déspota que parece haber caído de un avión a una isla prácticamente desierta. Fernando Albizu vuelve a desplegar esas dotes para moverse por el escenario con la comodidad de alguien absolutamente seguro de lo que quiere interpretar. No hace falta más que recordar su actuación en la fallida Trágala, Trágala de hace unos meses, para comprobar hasta qué punto implementa con sus capacidades textos inconsecuentes. Sigue leyendo

Trágala, trágala

Iñigo Ramírez de Haro hace revivir a Fernando VII para crear una sátira sobre los «males de España»

Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

Con la venia de un autor que presume de sincero y crítico, habrá que afirmar desde aquí que su Trágala, trágala ha coincidido en el tiempo con el regreso de José Luis Moreno (con su sainete televisivo) y con la muerte de Pedro Reyes (puro antagonismo) y que, además, en este país se ha fraguado durante los últimos diez años aproximadamente un tipo de humor absurdo, ininteligible y paradójico destinado, en esencia, a jóvenes menores de cuarenta años. Por eso cabe preguntarse hacia quién va dirigido este espectáculo, ya que cuando hablamos de humor el olfato sobre el presente debe ser muy fino. Desde mi perspectiva la gracia que hubiera tenido esta obra hace cuarenta años, por ejemplo, ahora no la tiene, quizás porque llegamos demasiado tarde a la sátira monárquica. Hasta hace diez años nadie se metía con el rey cuando en Inglaterra llevaban trescientos años haciéndolo. Luego todo se precipitó y, ahora, sacar a colación amantes, yernos y elefantes apenas es subversivo. Sigue leyendo