Un sublime error

Gonzalo Cunill sondea la vida desde la muerte en esta performance de Jan Lauwers en el Teatro de La Abadía

Foto de Vibe Stalpaert

El teatro en Madrid está hablando mucho de la muerte para discurrir sobre la vida (Véanse La Patética o Las apariciones). El espectador tiene la oportunidad de aplicarse el memento mori como mantra diario. El ocio consumista y lógico decaimiento, el tedio de los productos fugaces, los contenidos de seudoarte intrascendente y la exigencia de aparentar lo que no se es sitúan a demasiad gente ante el abismo. ¿Ven? No es tan difícil ser Byung-Chul Han. Gonzalo Cunill se presenta al Teatro de La Abadía con un traje blanco como una mortaja elegante para alguien que ha gozado de la vida, de la dolce vita, de la gran belleza,… Un maestro de ceremonias que observa su existencia con alegría y con gran sentido del humor. Hasta el punto de que, según anécdota curiosa, esa misma vestimenta fue destrozada por una langosta con su salsa incluida, cuando un camarero se la tiró encima. No le quedó más remedio que reírse. Postura de bufón otra vez más. Y es que este actor, quizás, haya representado demasiadas veces el mismo papel en los últimos años. La pose cómica, la verborrea, el desencanto y el exabrupto irónico, y mucha tontuna, reconozcámoslo. Demasiadas performances, ya sea con su compadre Juan Navarro (En lo alto para siempre), con Rodrigo García (4) o directamente con los Lauwers (Billy’s Violence o Billy’s Joy). Aunque en esta ocasión encajaría mejor ─para eso es un proyecto de Heartbreak Hotel─ con aquel Vania, de Rigola. La veta taciturna discurre en distintos momentos hasta la explosión. Sobre todo, cuando se «encarna» o toma la palabra de su amigo Álex. Este representa el repudio del mundo, el pesimismo y la misantropía: «Leemos en el periódico lo que queremos leer: lo que nos agrada, lo que reafirma nuestras ideas, lo que confirma nuestras sospechas. El resto no nos interesa. Somos ciegos y temerosos y testarudos. Y cuanto más vivimos, más limitados somos. A eso lo llamamos sabiduría, y estamos convencidos de que la experiencia y la edad es un mérito. Y buscamos consuelo y lo confundimos con resignación». Hablamos de un tipo «pendenciero» que ha terminado en la cárcel por asesinar a un hombre que se enfrentó en un bar a nuestro protagonista con un vaso roto. Desde la prisión se enterará de que su colega Gonzalo y su íntima amiga y amante se han casado, y que ella ha tenido un hijo, que probablemente sea suyo, y que ha muerto al poco de nacer (adelantado en tres meses). Ahora, borracho en el velatorio, únicamente puede perder los papeles.

Porque esto va de un funeral y hemos de imaginar a un tal Gonzalo, que irá poniendo diferentes sonidos y que nos hablará como un espectro, tumbado sobre una mesa que, ante nosotros, está repleta de platos y de jarrones de cristal puestos en equilibrio. Esta disposición es, en sí, altamente llamativa, es chocante, tiene algo de escultórico; pero es, ante todo, una metáfora que biografía las relaciones de esos tres seres humanos que vamos a conocer. Hubiera sido deseable un destrozo mayor de la vajilla; ya que la tentación está ahí, más allá de que salga un asistente a jugar a la jenga. Aspecto este de lo más flojo del montaje. Sacar o hacer intervenir al respetable resulta, como suele ocurrir, demasiado prosaico e inconveniente, y parece un añadido innecesario. Así, que alguien del público preste su reloj de pulsera, «uno de esos redondos de agujas», no vale más que para crear otra metáfora del tiempo bastante insulsa.

La tercera protagonista será Christine, una mujer equilibrada y razonable que terciará entre esos dos individuos antagónicos. A ella le gustaba fantasear sobre hechos imposibles, sobre cronologías inversas. «Tú estás muerto y ahora te queda lo mejor: hacerte joven», le esputa a un espectador llamado Ángel que pudiera ser yo. Poco recorrido y poco dinamismo, que se torna umbroso cuando debe manifestar su tristeza. Quizás, debamos especular con que este trío son aquellos Soñadores, de Bertolucci, que habrían envejecido y habrían caído en el agotamiento de unos amores que ya no dan más de sí tras la imparable decadencia desde el 68.

La obra de Jan Lauwers podría haber supuesto mayor interés; pero parece que el ansia performativa, esa necesidad de romper la cuarta pared, de acogerse a los parámetros del posteatro, disuelva la seriedad que anida en algunos de los parlamentos. Si El sublime error tiene que ver con el deseo, entonces quedémonos algunas buenas frases y una interpretación que sigue teniendo encanto.

Un sublime error

Texto y dirección: Jan Lauwers

Intérprete: Gonzalo Cunill

Dramaturgia: Elke Janssens

Música: Rombout Willems

Producción técnica: Rune Floryn

Ayudante de dirección: Emma Kanas

Traducción: Micaela van Muylem

Producción: Needcompany

Distribución: ElenArtescénicas

Coproducción: Heartbreak Hotel, Teatro de La Abadía y Temporada Alta

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 18 de mayo de 2025

Calificación: ♦♦

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2 comentarios en “Un sublime error

  1. Y me mojó el reloj, de pulsera de cuero.

    Me pareció que no se diferenciaban suficientemente los tres personajes en la forma de dramatizarlos, más allá de las posiciones acordadas al inicio de la obra.

    De acuerdo con que la participación del público se notaba algo forzada, no orgánica, más bien como un estorbo dentro del proceso o como queriendo meter algo novedoso, que tampoco lo es, para romper la monotonía del desarrollo de la obra.

    El texto, que pretendía quizá ser algo filosófico sobre el sentido de la vida, me pareció un compendio de ideas comunes algo superficiales juntadas para dar idea de profundidad sin conseguirlo.

    Me aburrió.

    Me resultó inevitable comparar la actuación con otro argentino, Roberto Peloni, que ví hace unas semanas en la obra «el brote» y que pareció mucho más trabajada e interesante. Y entretenida.

    Muchas gracias por la crítica.

    Salud

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