Divinas palabras

Atalaya recupera su visión sobre el clásico de Valle-Inclán para insistir en su estilo expresionista

Si hace unos meses los Teatros del Canal daban cobijo a Los cuernos de don Friolera, uno de los esperpentos más logrados de Valle-Inclán, ahora vuelven los de Atalaya sobre su montaje de 1998. La compañía sevillana ofrece su habitual estilo expresionista de influencia germánica que tan pertinentemente se ajusta a las concepciones de nuestro célebre dramaturgo. Muy distinto de la estética propuesta por José Carlos Plaza quien presentaba su visión nuevamente en 2020 (sobre su idea de 1987) y muy contrario a la crítica vitriólica que exponían los gallegos de Chévere con su Divinas palabras revolution en 2018. El Brujo, con El alma de Valle-Inclán, discurrió por sus propios derroteros.

Ricardo Iniesta exprime hasta la saciedad un objeto, un símbolo, un motivo, que observaremos durante toda la función. El cono luminoso, multiplicado por otros tantos y a varios tamaños, que nos sirven de caperuz semanasantero, tipi de estos indios correcaminos, arboleda fantástica, copas doradas de licores deletéreos, velorio de veladores en sacristía, riscos para cabras montesas y hasta cunnus empoderante. Los individuos que moldea el director se primitivizan aún más, pues quedan al ras del escenario, arrojados a las oscuridades que tan bien se manejan cuando quedan fuera de foco, labor fundamental de Alejandro Conesa. Los rostros perfilan insidias y venenos diabólicos aupados por la envidia. Quizás tanta austeridad y una manera de interpretación que sobrepasa lo guiñolesco nos encajonen en un dispositivo que podría respirar en algún instante. El espectáculo se completa en noventa minutos y, en ocasiones, los diálogos no se captan con suficiente claridad en ese reforzamiento vocal tan chabacano. En todo lo demás, la fuerza que imprime el elenco en su conjunto es sobresaliente, sobre todo en el movimiento. Alguna de las coreografías de Juana Casado y Lucía You parecen influidas por el Thriller de Michael Jackson, al convertir a estos paisanos en auténticos zombis.

En realidad, es un baile continúo entre los adminículos tan llamativos (como lo fueron las bañeras en Elektra.25) que llevan por un inframundo aldeano, donde acechan las fuerzas del mal, no solo las morales, impresas en una religión rancia predestinada para la acusación del prójimo en lugar del proclamado amor; sino en la psicopatía de todo un demonio, Lucero, el Séptimo Miau con el ojo a la virulé que pulula entre feria y feria de aquellos andurriales galaicos para proveerse de féminas como un don Juan destructor. Enmanuel García se desenvuelve con apostura insuperable e impone acento de chulo matritense. Frente a él, la gran protagonista, la Mari Gaila de Silvia Garzón es superior. Levanta la barbilla con exuberancia y endiosamiento, el cuerpo le arde y la avaricia, como sabemos, la empuja para acoger a ese pobre desgraciado del Idiota, el Baldaniño, el hijo hidrocéfalo, deformado con sentido por Raúl Lledó, que sirve para limosnear estupendamente. También para sonrojar a las vecinas, cuando les enseña el gran miembro, aunque aquí no se redunda en tales escabrosidades. El acierto del dramaturgista, para llevarnos más adelante, está en acortar el inicio y darnos por muerta a Juana la Reina, madre del desdichado, con un chispazo elocuente en rojo.

Hasta llegar al desenlace, el itinerario consistirá en la concatenación de acciones grotescas y en dejar que las tentaciones lúbricas desencadenen las ansias moralistas de aquel mejunje de creencias. Al pobre sacristán, marido de nuestra heroína, le colgarán la cornamenta, y Raúl Vera nos ofrecerá un patetismo al encarnarlo que termina por redimirnos al escuchar sus latinajos finales. El resto contribuye con gran plasticidad, ataviados con esos andrajos tan coherentes en este teatro «pobre» que le ha diseñado Carmen de Giles. Danzarán a los sones de Luis Navarro con una modernización del folclore galaico y al ritmo generoso del acordeón. Sin duda, hallamos diferentes golpes de efecto, de impresión, como «primeros planos», con rictus como el de María Sanz, haciendo de Marica del Reino, al configurar el odio que siente por su cuñada. O la agilidad de marioneta que aplica Pedro Callealta cuando se encarna en Miguelín, el Padronés, todo un buscavidas y un pillo, vagabundo que pilla in fraganti a los dos amantes. Estos se han visto favorecidos por los entuertos de la Tatula, una de esas celestinas que pululan por doquier y que Ana Baraza cumplimenta con insistente cizaña. Si en alguien se halla un poco de compasión y hasta humanidad es en Simoniña, que nos deja a una Laura Krivakova repleta de dolor.

Es esta una adaptación que nos destina, como afirmaba más arriba, hacia una composición plástica, carnal y sonora, que se desgaja, en cierta medida, de las palabras de Valle. Ricardo Iniesta ha realizado un grandísimo trabajo que incide en la oscuridad que anida en la ignorancia y en la superchería.

Divinas palabras

Dirección, adaptación y espacio escénico: Ricardo Iniesta

Elenco: Silvia Garzón, Raúl Vera, Ana Baraza, María Sanz, Enmanuel García, Laura Krivakova, Pedro Callealta y Raúl Lledó

Composición y dirección musical: Luis Navarro

Vestuario: Carmen de Giles

Maquillaje, peluquería y estilismo: Manolo Cortés

Realización escenografía: Ana Arteaga & Viñas

Atrezo: Quique Ruiz

Coreografía: Juana Casado y Lucía You

Diseño de luces: Alejandro Conesa

Espacio sonoro: Emilio Morales

Ayudante de dirección: Juana Casado

Coros y voz: Lidia Mauduit y Marga Reyes

Auxiliar de dirección: Mela Servent

Vídeos: Felix Vázquez

Fotos: Curro Casillas

Gerencia: Rocío de los Reyes

Distribución: Victoria Villalta

Producción: Macarena Gutiérrez

Comunicación: Carmen Matos

Promoción: Rocío González

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 4 de mayo de 2025

Calificación: ♦♦♦♦

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