Juan Carlos Rubio se pone al frente en el Teatro Bellas Artes de este clásico de Edward Albee en el que incluye la precuela de 2004
Durante mucho tiempo la Historia del zoo ha sido una de las obras más representadas de Edward Albee, un autor que volvió a los escenarios gracias a la versión de Un delicado equilibrio, bajo la dirección de Nelson Valente. Ahora Juan Carlos Rubio y Bernabé Rico han tenido la estupenda idea de llevar a escena el díptico que el dramaturgo norteamericano terminó de configurar en 2004, cuando ideó una precuela para su conocido texto. Apareció inicialmente con el título de Peter & Jerry, para después cambiarlo al actual At Home at the Zoo. Por lo tanto, nos enfrentamos a dos actos que funcionan autónomamente; pero que se conectan con extraña coherencia, pues se le da continuidad a su personaje principal. Así, esa primera parte, Homelife, nos descubre al hombre que habíamos intuido. Hay que señalar que el escritor pensó en un señor de 45 y una esposa de 38 años. Sí me parece importante descubrir que el cariz de la versión que observamos posee otros tintes, precisamente porque las edades son superiores y, por esta razón, diferentes aspectos se contemplan desde la madurez. Ya sabemos que las habituales etapas en los matrimonios vienen muy determinadas por esos límites temporales. Diría que esto cambia nuestra interpretación. Si se hubiera sido estricto con el original uno pensaría en una crisis lógica. Uno de esos exámenes de cuarentañeros que atisban ese abismo que marca un punto de no retorno. Mientras que en el Teatro Bellas Artes parece un diálogo retrospectivo, de lo que podría haber sido si, por ejemplo, nuestro protagonista fuera y hubiera sido más efusivo en la cama, menos protocolario. Ahora da la impresión de que ya es un poco tarde para tales exigencias. Fernando Tejero y Ana Labordeta han nacido (si no caemos en un engaño) en 1965. Entonces, el primero está sentado sobre un tresillo. Leticia Gañán y Curt Allen Wilmer han ideado una sencilla escenografía con distintos elementos campestres, con algunas pacas de paja detrás y, sobre todo, unas paredes blancas que bordean el espacio con un panel que se eleva fluidamente para dar paso a los personajes. Sin duda, ya se percibe que aquel lugar no corresponde exactamente a lo que imaginamos, a lo mejor un salón. Tampoco luego simulará totalmente ─se cambiará el asiento por un banco─ un recodo de Central Park. No es que sea algo onírico; pero sí es muy coherente con el sibilino proceder de los diálogos. No estamos ante una obra naturalista, aunque se aproxime a ella. Contiene distorsiones, frases intempestivas, temas que se cruzan de improviso y actitudes que ciertamente nos hacen pensar en un sueño o, quizás, en unas fantasías, en unos deseos que no pueden llevarse a cabo. Por eso es necesario trazar algún perfil sicológico en este Peter, que es responsable de una pequeña editorial. Un tipo que viste de manera correcta, seria y convencional. Que se pasa el día frente a los libros y que ahora está enfrascado con un tocho aburridísimo, que él mismo ha decidido publicar. Tejero soluciona los embates con sobriedad, con amable disposición, sin llegar a alterarse. Es una función que requiere comedimiento en él; porque los otros dos intervinientes viven con agitación interior, con un bullir de sentimientos encontrados.
Digamos que el montaje se mueve entre lo apolíneo y lo dionisiaco. Ann, la mujer, nos deja a una Labordeta que aúna las tediosas tareas del hogar con una pasión sexual reverdecida. Se maneja con garra. De hecho, el lenguaje llega a ser tan expedito como soez. Una de esas conversaciones desatadas; para concluir que su marido no es capaz de salirse de sus cauces de orden. ¿Es alguien tan inteligente como adocenado por su propia moral? ¿Acaso ha perdido sus instintos primigenios? Se aprecia ese toque pinteriano, esa confluencia de discursos cruzados entre los apartes y la impetuosidad un tanto absurda. Más evidente queda en la segunda parte, la Historia del zoo. No hace muchos años José Carlos Plaza la volvió a poner en pie. Ya en el célebre parque neoyorquino. Fiel a su cita, nuestro Peter se encuentra leyendo en el mismo sitio de siempre. Un joven ha aparecido de repente. Tampoco Daniel Muriel se adapta a las pretensiones de Albee, pues no es alguien que haya sido musculoso y haya empezado a engordar. Su forma física es envidiable y el enfrentamiento entre esos dos hombres es desigual. Este Jerry es uno de esos solitarios de gran urbe que necesita hablar. Vive en un diminuto apartamento y lo más emocionante que le ha ocurrido ha sido apaciguar al perro de la vecina con hamburguesas. Alguien raro, con familia descompuesta y con el estrafalario hábito de acostarse únicamente una vez con las mujeres que conoce. Un antagonista inequívoco, un individuo de vida desordenada, azarosa, que tiene frente a él a un burgués demasiado indolente. En cualquier caso, el actor impone con mucho garbo la excitabilidad que lleva dentro, que nos permite alcanzar ese desenlace tan abrupto, tan violento y chocante que, lógicamente, te obliga a buscar un simbolismo entreverado.
Es, por supuesto, una propuesta atrayente, de buena factura, sobre una obra que posee aviesas intromisiones en la intimidad de sus protagonistas; aunque, de algún modo, resulta un tanto escueta en su desarrollo.
Autor: Edward Albee
Versión: Juan Carlos Rubio y Bernabé Rico
Dirección: Juan Carlos Rubio
Reparto: Fernando Tejero, Dani Muriel y Ana Labordeta
Iluminación: Nicolás Fischtel
Escenografía: Leticia Gañán y Curt Allen Wilmer (estudio deDos)
Música: Mariano Marín
Vestuario: Pier Paolo Álvaro
Fotografías: Sergio Parra
Diseño de cartel: Alejandro Prellezo
Diseño de dosier: Luis Miguel Serrano (La Alegría Producciones)
Dirección de producción: Marisa Pino
Producción ejecutiva: Bernabé Rico
Una producción de Talycual, Pentación, Lázaro y La Alegría
Teatro Bellas Artes (Madrid)
Hasta el 9 de marzo de 2025
Calificación: ♦♦♦
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