Los hijos de cualquiera

Producciones Bernardas muestra en la Sala Cuarta Pared la lucha de aquellas madres gallegas de los 80 contra el narcotráfico

Los hijos de cualquiera - FotoCualquiera que haya vivido en los ochenta entiende lo que supuso la heroína para la juventud de aquellos tiempos. Las calles, los parques, los portales y otros recovecos se llenaron de zombis pedigüeños, de jeringuillas, de limones, de papel de plata y otros adminículos. Los radiocasetes de los coches volaban, los bolsos de las señoras se arrancaban y las familias quedaban literalmente destruidas en la consunción del consumo. Esos muchachos (también muchachas, aunque menos) fueron aquellos yonkis, que era como se les llamaba, antes de que definitivamente se les considerara enfermos y víctimas, y pasaran a denominarse drogodependientes. En los últimos tiempos, gracias a Fariña (el libro, la serie y la obra teatral) hemos vuelto a recordar cómo se introdujo el caballo a través de Galicia a finales de los setenta. No obstante, muchos tendrán presente la película Heroína (2005), protagonizada por Adriana Ozores, en la que se reflejaba la entereza de aquellas madres gallegas que se unieron para luchar por la salud y la integridad de sus hijos, enfrentándose a los propios narcotraficantes. Y esto es lo que de nuevo regresa a las tablas con Los hijos de cualquiera. Sigue leyendo

Amar después de la muerte

La propuesta dirigida por Carlos Martínez-Abarca sobre la obra de Calderón pretende encontrar paralelos con nuestro presente

Amar después de la muerte - FotoYa debemos de estar acostumbrados a que los dramaturgistas biempensantes purifiquen su conciencia atormentada de blancos (probablemente heterosexuales) y judeocristianos —aunque sea por tradición—, y occidentales; ser, además, español supone una asfixia cerebral irreparable. Yo creo que España debería desaparecer, porque no existe nación en La Tierra que haya propiciado mayor daño a lo largo de su historia. Por eso a Carlos Martínez-Abarca le ha parecido que, en Amar después de la muerte, Calderón de la Barca, a pesar de escribir desde una perspectiva favorable y conmiserativa respecto de los moriscos, necesitaba traernos la cuestión hasta el presente para unirlo con la inmigración marroquí, con la islamofobia europea y todas esas controversias que provocan tanto dolor. Aspectos que también se insertan en el epílogo, puesto que debe quedar claro que de aquellos lodos estos barros y que el islam es una religión de paz y que las costumbres de los musulmanes son tan respetables como cualquier otra. Sigue leyendo