Divinas palabras

José Carlos Plaza regresa a este clásico de Valle-Inclán sobre la degradación moral con una puesta en escena algo anticuada

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Puede resultar enormemente paradójico que el clásico de Valle-Inclán, una obra señera de la dramaturgia contemporánea española y una de las más viajeras, se nos muestre avejentada, fuera de un marco conceptual que podamos asimilar con la facilidad que hasta hace unos treinta o cuarenta años se hacía; y, a la vez, quizás —es algo aventurado afirmarlo— recupere su fascinación cuando se pueda observar como ahora hacemos con los dramas barrocos. Y es que Divinas palabras engarzaba con una España profunda, oscura y grotesca que hasta hace no mucho era reconocible en algunos pueblos de la geografía española; no obstante, la urbanización generalizada y el abandono de muchos espacios rurales desvirtúa, en cierto modo, el simbolismo valleinclanesco. Sigue leyendo

1984

El Teatro Galileo acoge la adaptación de la célebre novela de Orwell a través de una absorbente atmósfera

De la mayoría de las versiones cinematográficas de novelas se suele afirmar que son reduccionistas; puesto que, lógicamente, no pueden abarcar todos los matices que implica la literatura. Por una vez habría sido deseable lo contrario, es decir, que la adaptación teatral recortara las reiteraciones de la obra original y que la mejorara —de las películas que plasman el trabajo de Orwell, creo que ninguna supera los ciento veinte minutos. Sigue leyendo

La historia del zoo

El Teatro Lara acoge la recuperación de esta obra de Edward Albee sobre el encuentro de dos hombres aparentemente antagónicos

Regresa José Carlos Plaza a esta obra (llegó a protagonizarla bajo la dirección de William Layton) tan señera del teatro de Edward Albee, y lo hace con los mismos actores con los que trabajó hace ya bastantes años. Es un texto que tiene exprimido y apuntalado para que aún se mantenga vivo; y, en cierta medida, enigmático. Seguramente la extrema sencillez del montaje y del propio argumento, mitad apegado al absurdo, mitad contemplador existencialista, disuada en el inicio al público, que asiste inquieto ante lo anodino del planteamiento. Estamos en Central Park, en Nueva York, corre el año 1958. Un hombre llamado Peter, de unos cuarenta años, de aspecto moderadamente burgués, de aire intelectual, con pipa, gafas y un voluminoso libro sobre las manos, permanece sentado sobre un banco. Al instante, llega un tipo de apariencia corriente y algo descuidado, un tanto nervioso, que pretende entablar un diálogo con la excusa de contar una anécdota sobre su visita al zoológico. A partir de ahí, asistimos a una conversación, más bien el monólogo entrecortado de este último, Jerry. Sigue leyendo