Moby Dick

José María Pou se mete en la piel del capitán Ahab para destilar esta aventura de destrucción vesánica

Hace un par de años el escritor Kiko Amat planteaba en un artículo que Moby Dick era un «tostón» y se explayaba en su crítica como si estuviera señalándole a los lectores de tan magna obra que el rey estaba desnudo. A tenor de lo expresado allí ―y dándole gran parte de la razón―, uno se pregunta si esta adaptación de la novela a cargo de Juan Cavestany (literalmente se «ha basado» en ella) resulta de quedarse con una mera anécdota (algo parecido puede afirmarse de la célebre versión cinematográfica de John Huston). Es decir, para ser mínimamente fiel a lo manifestado por Herman Melville; quizás la apuesta debería ser más coherente ―aunque seguramente insoportable―. Algo así como un montaje de diez horas con un prólogo de Ismael ahíto de descripciones sobre Nantucket, el pueblo de los balleneros en Massachusetts, una voz en off que fuera exponiendo las diversas cuestiones enciclopédicas sobre los cachalotes, sobre el valioso aceite, el esperma y el ámbar gris (ya que está de moda la narraturgia, pues por narrar que no quede). Al final saldría el capitán Ahab y expondría su furibundia. La pregunta, entonces, es: ¿es esto Moby Dick si desaparecen los cientos de digresiones inaguantables que trufan insistentemente todo el libro? Sigue leyendo