Parque Lezama

Luis Brandoni y Eduardo Blanco se sientan a discutir en un banco para dirimir sus antagónicas posturas de la vida

La vejez y la soledad se dan cita en el banco de un parque a través de dos ancianos que se complementan en la permanente discusión de sus diferencias irreconciliables. Es decir, una reedición del famoso choque y, a la postre, entrañable, que protagonizaron Jack Lemmon y Walter Matthau (este último aparecía en la adaptación cinematografía de esta obra de Herb Gardner, es decir, I’m Not Rappaport, o sea, Dos viejos chiflados) en varias películas. Aquí tenemos a Luis Brandoni, en el papel de León Schwart, un viejo comunista, fantasioso por convicción y mentiroso por supervivencia (síndrome de Walter Mitty). Se muestra pertinaz en sus narraciones, y su impulsividad lo lleva a denostar sus achaques para evidenciar una valentía osada. A la contra, Eduardo Blanco, es Antonio Cardoso, un conserje de finca, especializado en el mantenimiento de la caldera. Este manifiesta en seguida su irritación a flor de piel por los bulos de su compadre. Entre la envidia y su debilidad corporal, y la asunción de la decrepitud y del miedo al despido, resulta un personaje, inicialmente, furioso. Ambos actores manejan un estilo creíble y acompasado; aunque a Blanco le toca impostar más la vejez y, al principio, chirría un poco. Desde luego, el tono general es de comedia; no obstante, por debajo, el trago es acibarado. Sigue leyendo →

El precio

Aires de elegancia melancólica para esta obra de Arthur Miller, interpretada por un elenco muy afinado

Foto de Javier Naval

Es común aplicarle el término de clásico a ciertos dramas estadounidenses concretados por el desarrollo psicológico profundo de sus personajes, bajo unas circunstancias determinadas. Son textos firmados por O`Neill, por Tennessee Williams o, como es en este caso, por Arthur Miller. El precio saltó a escena en 1968 y continuaba ese discurso tan meditado sobre el devenir de las familias tras el crac del 29. Estas obras, en definitiva, se las apoda de clásicas; porque infunden seriedad y están escrita bajo unos parámetros perfectamente identificables; porque el público al que van dirigidas es precisamente esa clase media que las hace revivir a cada poco; ya que son ellos quienes padecen estos conflictos propios de la sociedad urbanita inmersa en los ciclos económicos de crisis y de crecimiento alborozado. Otro tema será que lleguen a formar parte del canon por virtudes literarias. Al fin y al cabo, lo que contemplamos es un manierismo chejoviano. Más allá de que nos conmueva la historia o que la reconozcamos cercana, posee unos diálogos que, por su adensamiento pausado, permiten a sus intérpretes dibujar al personaje en toda su extensión; lo pueden matizar con parsimonia y con madurez. Sigue leyendo →