J’attendrai

El texto de José Ramón Fernández logra compactar la emoción y la memoria en un montaje sobre el largo horror de Mauthausen

Foto de Laura Ortega

En los últimos tiempos, parece que se va recuperando la memoria de aquella terrible experiencia que sufrieron muchos de nuestros compatriotas en el campo de concentración de Mauthausen (murieron allí cinco mil). Así lo estamos comprobando con otras de teatro como El triángulo azul o el proyecto que dirigió Pilar G. Almansa sobre el abuelo de la actriz Inma González; o con películas recientes como El fotógrafo de Mauthausen o documentales como Los últimos españoles de Mauthausen. A todas estas obras se suma el montaje que dirige con tanto tino y dinamismo Emilio del Valle sobre el texto de José Ramón Fernández. Un juego metaliterario y autoficcional repleto de recursividades, al ritmo de la chanson, en un ambiente de ilusión fantasmalmente romántica, y acerbo recuerdo lúgubre y desgarrador. Es un espectáculo que está muy bien llevado de la mano por el personaje que hace de Yo, del autor (tan poco fiable, como sugerente en su disposición literaria); porque nos traslada sus cuitas en el acompasamiento de los recuerdos. Jorge Muñoz, como trasunto del dramaturgo, se expresa con honda emoción, atormentándose por esa impotencia que siente al no ser capaz de trasladar el relato que quiere confesar. Nos arrastra en su work in progress, en su escritorio mental, donde aparecen libros de historia, biografías o cómics como el de Maus, o el disco donde está grabada la canción que da título a la función. Nos revela sus influencias, sus artificios para la ficción: «esta obra no está basada en una historia personal; sino en los libros que he leído desde que, hace veinte años, empecé a tomar apuntes para una historia que no soy capaz de escribir». Sigue leyendo

Un bar bajo la arena

El recuerdo a ese espacio del Teatro María Guerrero donde se encontraban las gentes de la profesión

Foto de marcosGpunto

Para celebrar los cuarenta años del Centro Dramático Nacional (CDN) se podría haber organizado una exposición, un ciclo de conferencias o un simple evento con discursos e imágenes alusivas a lo que ha significado la institución para España (sobre todo, para Madrid). En oposición a ello, José Ramón Fernández y Ernesto Caballero se han liado la manta a la cabeza y han elaborado un montaje que cumple esencialmente con su cometido. Sin permitir, apenas, que el exterior penetre, y como si fuera una especie de coordenada espaciotemporal sui géneris, van renaciendo los fantasmas en forma de sueño de todos esos personajes que un día hicieron que la ficción fuera la ilusión de unos espectadores ávidos por aprehender esa sublime experiencia. No se puede afirmar que la obra esté destinada a cualquier persona que se anime a asistir; pues es un acontecimiento tan particular que uno solamente se imagina a las gentes de la profesión acudiendo a rememorar aquella época en la que el bar del «Mari Guerri» propició encuentros fructíferos y de lo más interesantes. En esa ensoñación se adentra Pepe Viyuela, que hace de José María, el estereotipo de teatrero tímido, aparentemente solitario, que vive fascinado por las vibraciones de la cuarta pared. Un individuo que acude con demasiada frecuencia a tomarse su café, acompañado por los programas de mano, con la firme intención de codearse con sus admirados actores. Papel que domina a la perfección, algo pánfilo, entrañable. Sigue leyendo

Nina

Un melodrama sobre el regreso de una joven actriz al pueblo donde nació su vocación

Foto de Carlos Luján

El dramaturgo José Ramón Fernández, de quien celebramos su versión de El laberinto mágico, decidió en 2003 que Nina, aquella incipiente actriz que emprenderá el vuelo en La gaviota de Chejov, vuelva como un alma en pena al presente para mostrar su periplo y el achaque de la nostalgia. El texto le valió el Premio Lope de Vega y la compañía La risa de Cloe, como lleva haciendo en los últimos años, la vuelve a poner en pie —con algunos cambios— en el Teatro Fernán Gómez. Desde el comienzo nos topamos con varios problemas que se arrastrarán hasta el final de función sin capacidad para remontar. Primeramente, está el enfoque del texto. Si ya la obra chejoviana es un fresco de la vida misma que nosotros observamos con motivación más por la distancia y la curiosidad que nos pueda provocar el ocultamiento de las emociones de muchos personajes que son un esbozo que debemos completar, aquí la cercanía de lo relatado —¿quién no mira con añoranza sus sueños de la adolescencia perdida?— viene cargada de tópicos: «Al final os casasteis. ¡Qué bien! Está igual»; la asunción de que la mayoría ha ido perfilando su familia más o menos. Sigue leyendo

Las Cervantas

El «caso Ezpeleta» sirve de excusa para reivindicar el papel de la mujer en los comienzos del siglo XVII

las-cervantas-fotoSe están dando en nuestra sociedad últimamente con mayor profusión toda una ristra de endebles proposiciones culturales que se empeñan en obviar lo verosímil con tal de entretener vanamente o, en otros casos, encontrar las fuentes de ciertas ideologías de gran predicamento en la modernidad, en concreto, el feminismo. El falseamiento de la historia socioeconómica y sus costumbres que se da en muchas series de televisión españolas es clamorosa, no hay más que fijarse en Velvet que, por lo visto, transcurre en una burbuja espacio-temporal donde el franquismo no afecta y los personajes femeninos viven como si disfrutaran de todos sus derechos (flaco favor. Ante todo no hay que amargar al espectador). Mutatis mutandis, Inma Chacón y José Ramón Fernández nos quieren vender que las Cervantes (peyorativamente las Cervantas; aunque con mucho orgullo) eran prácticamente unas librepensadoras, unas intelectuales, casi revolucionarias, unas libertarias republicanas avant la lettre (con monja y todo); es decir, un despropósito, máxime cuando en la nota de prensa leemos: «Las hermanas de Cervantes, libres, cultas, que viven de su trabajo componiendo ropa, que han sobrevivido a los abandonos y la falta de palabra de hombres defendidos por los usos de la época…». Si no se acota esta libertad a lo que de verdad pudo ser, es fácil que parte del público más crédulo trasponga valores actuales con los de aquel periodo. Por lo tanto, se induce al engaño. Nos situamos en 1605, concretamente el lunes 27 de junio, en las afueras de Valladolid. Sigue leyendo

El laberinto mágico

El ciclo de novelas sobre la Guerra Civil de Max Aub encuentra una versión teatral que recoge todas sus esencias

Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

A la hora de llevar a las tablas un ciclo tan extenso como este que nos concita en el que Max Aub a través de seis novelas (de longitudes diversas) y otros cuentos y piezas breves en los que quiso revelar su visión de la Guerra Civil, no creo que sea necesario exigir una fidelidad respecto al relato. En este caso lo más importante es recoger el espíritu, la atmósfera que se nos quiere trasladar desde el terreno de los perdedores de los que, como escritor comprometido con la izquierda (muy crítico luego), se sentía deudor. La versión de José Ramón Fernández podría haber tenido muchos recorridos posibles, pero desde luego no hubiera valido cualquiera. La función que nos ofrecen en el Teatro Valle-Inclán condensa y amalgama las sensaciones de la desesperación, el arrojo y la claudicación con verdadera consistencia. Esto que por un lado nos puede fascinar en cuanto que nos compromete y nos reclama hacia esa historia de nuestra historia ya cada vez más lejana; por otra parte, nos mantiene en una distancia prudencial debido, y esta quizá sea la única gran pega que se le puede poner a este espectáculo, a la falta de unos protagonistas más concretos, más redondos, con los que pudiéramos profundizar no ya solo en el evento, sino en las entrañas personales de algún individuo peculiar. En definitiva, la disolución que se produce ante lo grupal. Todo ello no evita que podamos trazar un línea argumental sobre una compañía de teatro que desde Valencia se propone viajar a Madrid en plena guerra, con entusiasmo y desconcierto a partes iguales. Sigue leyendo

El minuto del payaso

Luis Bermejo en su, quizás, mejor actuación: un monólogo sobre las vivencias de un clown en horas bajas

el-minuto-del-payaso-18829La abundancia de monólogos en las salas de teatro, justificados más por cuestiones económicas que por razones artísticas, te lleva a un punto en el que inevitablemente comparas y te das cuenta de que la desembocadura es la parálisis. Los actores nos cuentan, más que representar, una historia, un relato, unas veces envueltos en una escenografía espectacular, otras, directamente abrigados con la intemperie. Pero desde el punto de vista de la creación dramática, la repetición de esquemas es una constante. Esto no quita para que se pueda disfrutar, para que uno pueda quedar cautivado por la historia que le cuentan, aunque del teatro uno espera mucho más, como arte que es. El minuto del payaso es comandado por un actor al que los directores tanto de cine como de teatro han encasillado en el personaje tristón, endeble y taciturno. La temporada anterior lo disfrutamos en Jugadores y nos inspiró su interpretación en Magical Girl. Pero en esta obra, al menos, enfundado con esa nariz roja y una peluca extravagante, se permite un destape que nos descubre otras facetas interpretativas de Bermejo. Se percibe todo un pulimiento de los detalles después de tantas funciones, una integración natural de los tics y gestos que ha construido para este papel que, sin duda, lo hace brillar. Sigue leyendo