E.V.A.

Las T de Teatre celebran sus veinticinco años con un drama entrañable sobre las heridas del pasado y la visión renovada para el futuro

Foto de David Ruano

La confluencia de motivos e ideas ha permitido que las T de Teatre se hayan hecho un autohomenaje tras estos veinticinco años desde la creación de esta exitosa compañía. El texto escrito por Marc Artigau, Cristina Genebat y Julio Manrique se configura con una aproximación al thriller, al drama existencial con tintes de comedia; aunque tenemos que reconocer que las dosis de humor son más leves que en otras ocasiones —si recordamos Aventura! o Premios y castigos. Las cuitas personales de las cuatro protagonistas se nos presentan entremezcladas para confluir en un final que nos reconcilia emocionalmente con su devenir. Es precisamente en el desenlace cuando uno puede justificar algunas escenas un tanto anodinas que parecen ocupar un lugar de relleno para que no se descomponga el puzle. Pero si fuera trepidante, perdería la hondura hacia la que nos dirigen. Desde luego, la fantástica escenografía de Alejandro Andújar, una gran cajón rectangular que favorece espacios nuevos y perspectivas inéditas provocando una sensación cinematográfica, apuntalada por los vídeos que se proyectan en el gran frontón superior que ha preparado Francesc Isern, resulta atractiva y provoca nuestra atención. Entre las virtudes de esta historia entrecruzada están los diferentes puntos de vista que se nos plantean. Con Ágata nos encontramos con la veta metateatral, ella hace más o menos de sí misma, de una actriz que pertenece a una compañía que cumple veinticinco años y que ahora se encuentra en la residencia donde debería estar su madre, que se ha escapado para celebrar su cumpleaños. Ágata Roca, con la expresión espontánea de quien interpreta a una actriz en su cotidianidad, se consume en nervios pensando que tendría que estar ensayando; que por fin va a cantar en una representación teatral y que no se le da bien. Piu, un celador encarnado por Jordi Rico, intenta torpemente ligar con ella, hasta elabora un discurso consistente hablando de los pájaros, su verdadera pasión. El fragmento que vertebra, de alguna manera, todo el andamiaje está comandado por Clara, una Carme Pla en plena crisis, inquieta, dejándose guiar costosamente por un peculiar guía espiritual japonés (Álbert Ribalta con el hieratismo zen) que le ayuda a ordenar su vida, ahora que está a punto de operarse de una hernia. Para ello comienzan por el armario, una excusa para preguntarse qué es lo importante en su existencia. Posee este relato tonos oníricos (y psicoanalíticos) y una indagación en el pasado que nos revelará un suceso crucial para la coherencia del desarrollo. El cabo que, seguramente, queda más suelto es el de Lola, una agente inmobiliaria que se reencuentra con Ángel (otra vez Albert Ribalta), un compañero del instituto, mientras le enseña un piso. Rosa Gàmiz se agarra a su madurez esplendorosa para derrochar energía, para ofrecerse vitalista y dispuesta a comerse el mundo; aunque no deje de compararse con Eva, la hija de Clara, que interpreta Carolina Morro con sencillez y bonhomía. Esta representa, evidentemente, la juventud; también esa consabida nueva España de la generación mejor preparada de la historia. Sus veinticinco años son el comienzo de la vida en serio. Finalmente, contamos con el hilo que, en definitiva, nos permite cerrar este entramado. Marta Pérez se mete en la piel de una anestesista que está especializada en la Escala Visual Analógica del dolor (E.V.A.). Su tristeza y su anhedonia constituyen la base de su personalidad. Nos enteramos de que todo su pesar tiene como origen el acoso escolar sufrido cuando era adolescente. La verdad es que resulta bastante reiterativo que se explique el síndrome de Estocolmo desde la misma capital Sueca donde imparte una conferencia; o que relate cómo Clara la encerró en un armario durante varias horas, cuando se supone que nos tendríamos que haber enterado con el vídeo que se proyecta. Son aspectos que podrían haber mejorado la conclusión. Por otra parte, algunos encuentros con otros antiguos compañeros (ellas cuatro lo fueron) del instituto son coincidencias innecesarias. Pero hay que aceptar que merece la pena este nuevo espectáculo de las T de Teatre. Que está lleno de pequeños detalles, como el uso de los recursos audiovisuales o acudir al tema «The Logical Song», de Supertramp, para ilustrar el cuestionamiento filosófico, o la canción de Marco Mezquida como epílogo, tan sutil. Completan un montaje compacto y entrañable, hondo en esa espeleología hacia los orígenes; cada una con sus armarios que deben ser ordenados y aireados; y con una mirada esperanzadora hacia el futuro. La circularidad y sus biografías entreveradas nos empujan con tino hacia esa composición orgánica del drama coherente.

E.V.A.

Texto: Marc Artigau, Cristina Genebat y Julio Manrique

Dirección: Julio Manrique

Intérpretes: Rosa Gàmiz, Carolina Morro, Marta Pérez, Carme Pla, Albert Ribalta, Jordi Rico y Àgata Roca

Escenografía: Alejandro Andújar

Vestuario: Maria Armengol

Iluminación: Jaume Ventura

Música: Marco Mezquida

Sonido: Damien Bazin

Vídeo: Francesc Isern

Ayudante de dirección: Marc Artigau

Producción ejecutiva y gerencia: Daniel López-Orós

Diseño gráfico: Enric Jardí

Fotografía: David Ruano

Prensa: Sandra Costa

Comunicación: Clara Aguilar

Administración: Emi Rojo

Una coproducción de T de Teatre, Grec 2017 Festival de Barcelona y Teatre Romea, con el apoyo del ICEC (Generalitat de Catalunya).

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 11 de marzo de 2018

Calificación: ♦♦♦♦

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