Smoking Room

Adaptación teatral de la exitosa película sobre las suspicacias laborales de unos empleados dentro de su empresa

Foto de Geraldine Leloutre

Cuando Roger Gual y Julio Walovits presentaron su primera película allá por 2002 y que tan buenas críticas cosechó, además de premios como el Goya a la mejor dirección novel, asumieron parte de la exitosa estética Dogma para trasladarnos un enjambre de hombrecillos que monologan frente a otros sus disquisiciones. En la versión teatral que ahora se presenta en El Pavón Teatro Kamikaze, las técnicas cinematográficas como los primeros planos, la cámara al hombro y el sonido ambiente, se sustituyen —más allá de la reducción a seis personajes— por un ritmo menos entrecortado, donde cada escena está mucho más marcada y con unos parlamentos más extensos. Aunque más allá de la estructura, fundamentada básicamente por un ensamblaje algo azaroso de sketches que funcionan autónomamente, que se cierran sobre sí mismos; lo verdaderamente atractivo del montaje es el discurso general que se adopta, particularizado en seis tipos subsumidos por la jerarquía y por una autojustificación vital mezquina (con matices, claro), y por unas interpretaciones, como vamos a ver, exquisitas. Nos situamos en Madrid, en la sede de una empresa estadounidense, sus trabajadores deben salir a fumar a la calle o subir a la azotea. Uno de ellos, Ramírez, harto de la situación, la cual considera vejatoria, decide conseguir firmas entre sus compañeros para solicitar una smoking room (una sala de fumadores). Miki Esparbé acoge el papel con verdadero ímpetu y vuelve a demostrar —como ya hizo en el film El rey tuerto (2016)— que se maneja excelentemente en ese filo entre el empoderamiento y el derrumbe propio de alguien que, en realidad, no posee agallas. Pero esta petición, que incomodará a los subjefes— no es más que una excusa para que el director, Roger Gual, despliegue una colección de personajes ambiguos e incoherentes, currantes a los que se le va la fuerza por la boca, especímenes que dibuja en la disposición escénica para que nos resulten ratones de laboratorio. Porque lo que se logra aquí —podemos rastrearlos en otras películas suyas como Remake (2006) o su última creación, 7 años, que, por cierto, pediría también una adaptación teatral— es una batalla sicológica de gente que se ve con el agua al cuello, tipos bandeando con sus propias crisis emocionales; situados, ya sea ante el fracaso laboral o familiar, ya sea ante la constatación de que su traje y su corbata no representan un estatus tan elevado como se creía —máxime si deben trabajar sometidos por un estrés insufrible y que nos les permite disfrutar de la vida. Es curioso que alguno haga referencia al barrio popular de Orcasitas con la única intención de sentir que permanece en un nivel superior; cuando su grado de libertad es ínfimo. Todo el respetable estará de acuerdo en que el momento álgido te redime de la insistente circularidad de algunas conversaciones anodinas que van llenando el tiempo de la función —necesarias, desde mi punto de vista, para lograr la impresión, en conjunto, de que esos individuos andan inmersos en un submundo. Hablo de Edu Soto, desatándose en un torbellino in crescendo, cuando revela que su mujer lo ha echado de casa. El actor acentúa con patetismo su interpretación para provocar en el público la carcajada. No es para menos. Ya desde la escena inicial se marcan los niveles. Pepe Ocio encarna a Sotomayor, el pijo, el que quiere ir de sofisticado y jugar en las ligas mayores, el que aspira a comerse el mundo. Su pose es magnífica, su soberbia no alcanza la ridiculez, y eso la hace más creíble. Pretende convencer a Manuel Morón —borda ese quiebro del que aguarda venganza humillando a terceros—, de que se meta con él en un chanchullo que les puede reportar dos millones de euros. La duda impera. Igual que en Secun de la Rosa, que sabe esbozar a un hombre débil, modoso, que espera ascender por méritos propios, seguro de que los de arriba apreciarán su buen hacer de tantos años. Es el perfecto ejemplo de que en nuestra sociedad hay que gritar a los cuatro vientos toda la mierda de trabajo que sacas adelante. Si no se palpa el esfuerzo, si no se oyen las quejas, parecerá que las cosas se hacen solas y darás pie a que te aprieten un poco más las tuercas. Cierra el sexteto Manolo Solo, un actor que me parece soberbio y que maneja un abanico interpretativo muy rico, como hemos podido observar en Tarde para la ira o, sobre las tablas, en Cocina, la temporada anterior. Aquí se lleva los discursos más absurdos, las elucubraciones más insensatas sobre el devenir, y ofrece un extraño contrapeso, como una vía de escape inverosímil que nos señala aspectos inusitados, como los poderes del hijo de Ripley en Alien. Ciertamente, Smoking Room interesa porque plasma el panorama laboral en la actualidad y no suele ser un tema demasiado habitual en el teatro, aunque se puede recordar aquí el caso de La punta del iceberg (2014), de Antonio Tabares, que también tuvo su traslado al celuloide. Quizás le falte apuntalar las historias que se lanzan y a las que no se les da demasiada continuidad, y que se emplean para acompañar una trama que emerge con más vigor al final. Aun así, el cometido principal de este drama sicológico se consigue con creces y, encima, contiene elementos de humor que favorecen el disfrute de los espectadores.

Smoking Room

Autores: Julio Walovits y Roger Gual

Dirección: Roger Gual

Intérpretes: Secun de la Rosa, Miki Esparbé, Manuel Morón, Pepe Ocio, Manolo Solo y Edu Soto

Diseño de iluminación: David Picazo

Escenografía: Almudena Bautista

Espacio sonoro: Pau Vallvé

Vestuario: Santiago Tello

Diseño gráfico: María la Cartelera

Vestuario y fotografías: Carlos de Berenguer

Ayudante de dirección: María San Miguel

Prensa y comunicación: Josi Cortés

Dirección de producción: Nadia Corral

Distribución: Fran Ávila

Una producción de Octubre Producciones, Fran Ávila Producción y Distribución, Rubio Produccions, Flower Power y Ángel Ávila con la colaboración de Teatro del Bosque de Móstoles

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 19 de noviembre de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

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