La fiesta del Chivo

Juan Echanove y Lucía Quintana se ponen al frente de esta adaptación de la conocida novela de Mario Vargas Llosa

La novela de Mario Vargas Llosa, una de las buenas; aunque no de las mejores, no es complaciente con el hecho histórico que pretende criticar y desbrozar. La adaptación de Natalio Grueso, sí lo es. El objetivo parece inequívoco: entregarle al público la versión teatral de la obra de un Nobel, despojándola de la complejidad literaria (un manejo del tiempo en constante vaivén, tramas que se entreveran, personajes dibujados hasta el mínimo pormenor, una riqueza léxica inconmensurable y una tensión sostenida que va desde lo íntimo al acontecimiento trágico y político) y construyendo un texto cargado de explicaciones antidramáticas. Cada escena parece una lección de historia sobre la República Dominicana y la dictadura de Trujillo. Enseguida nos damos cuenta de que el versionista ha decidido cargarse uno de los hilos conductores, aquel que va desentrañando el atentado que algunos conspiradores organizaron para acabar con El Jefe (este aspecto se resuelve desastrosamente con unas imágenes que casi son un pim pam pum sin importancia). Así que todo se centra en Urania, la hija de Cerebrito, el senador Agustín Cabral (hombre de confianza en el trujillato). Lucía Quintana tiene la difícil papeleta de representar a la mujer madura que regresa a Santo Domingo ―ella hace tiempo que se ha exiliado a Estados Unidos, para desarrollar una exitosa carrera profesional―, a encararse con su padre, con sus tías y con el pasado que inapelablemente ha determinado su torturada personalidad. Sigue leyendo

Smoking Room

Adaptación teatral de la exitosa película sobre las suspicacias laborales de unos empleados dentro de su empresa

Foto de Geraldine Leloutre

Cuando Roger Gual y Julio Walovits presentaron su primera película allá por 2002 y que tan buenas críticas cosechó, además de premios como el Goya a la mejor dirección novel, asumieron parte de la exitosa estética Dogma para trasladarnos un enjambre de hombrecillos que monologan frente a otros sus disquisiciones. En la versión teatral que ahora se presenta en El Pavón Teatro Kamikaze, las técnicas cinematográficas como los primeros planos, la cámara al hombro y el sonido ambiente, se sustituyen —más allá de la reducción a seis personajes— por un ritmo menos entrecortado, donde cada escena está mucho más marcada y con unos parlamentos más extensos. Aunque más allá de la estructura, fundamentada básicamente por un ensamblaje algo azaroso de sketches que funcionan autónomamente, que se cierran sobre sí mismos; lo verdaderamente atractivo del montaje es el discurso general que se adopta, particularizado en seis tipos subsumidos por la jerarquía y por una autojustificación vital mezquina (con matices, claro), y por unas interpretaciones, como vamos a ver, exquisitas. Nos situamos en Madrid, en la sede de una empresa estadounidense, sus trabajadores deben salir a fumar a la calle o subir a la azotea. Sigue leyendo