Séneca

Una versión del texto de Antonio Gala acerca del filósofo cordobés, musicada y carente de buen gusto

Foto de marcosGpunto

La posmodernidad nos está estampando tales artefactos que uno puede llegar a la conclusión de que acabaremos subsumidos por una gran y única obra llamada Batiburrillo. Si pensábamos que con César y Cleopatra, Emilio Hernández había logrado un imposible, con esta función se alcanzan unas cotas inenarrables para el Centro Dramático Nacional. Séneca ha perdido la aposición —«El beneficio de la duda»— que Antonio Gala le impuso. Ahora viene a secas, aunque podríamos renombrarla como Séneca, el musical o Séneca, en Las Vegas. Parece que aquí lo único que cuenta es crear un producto con aires de clásico (algo que suene a Roma o a Grecia), al que se le usurpen todos aquellos posibles devaneos intelectuales o vericuetos filosóficos, y al que se le sumen toda clase de elementos espectaculares (música, canciones, humo, desnudos, etc.) para que el próximo verano el Teatro romano de Mérida esté a rebosar y nadie salga con la más mínima intención de suicidarse estoicamente. Lo que nos hemos encontrado en la sala principal del Teatro Valle-Inclán es un pastiche kitsch, un montaje hortera en el que se mezclan sin sentido aderezos que sumergen lo sentencioso del discurso senequista en el subsuelo como una mera excusa. Sigue leyendo

Dalí versus Picasso

Una arrabalada con genios. Picasso y Dalí se retan escénicamente en la última creación de Fernando Arrabal

dalivspicasso_escena_23En la imaginación de un niño mayor, de un jugador profesional, de un bromista sometido por sus propios complejos, se manipula cual marionetas a los pintores más célebres del siglo XX, nacidos en España y referentes de mundos tan antagónicos y cercanos como sus obsesiones, su labor pictórica o su afán por el dinero; modernos y carpetovetónicos a partes iguales, dos egos para la discusión, amamantados por sus musas. Eso es lo que hace, en esta ocasión, Fernando Arrabal. Estamos en París. Estamos en 1937. Estamos con Picasso y ha llegado Dalí. Unos lienzos girados. Unos raíles sorpresivos que conducen objetos, animales, Construcción blanda con judías hervidas (el famoso cuadro de Salvador Dalí que había pintado un año antes y que debe confrontar con el Guernica y con su propio autor). También están las judías hervidas frente a los espectadores, dentro de una olla, bien calientes, humeantes, olorosas. Son degustadas por los artistas como píldoras que los proyectan al trance de su devenir. Se cruzan las Españas, la tozudez de Picasso, el ramalazo de Dalí, los cuchillos de Dora Maar —de la que únicamente escuchamos su voz— que tan solo consiguen atemorizar por un momento al genio de Málaga; se cruzan, también, las ambiciones monetarias, las discrepancias interpretativas, Barrabal, un geniecillo que los pone a bailar en danza ritual y que los vapulea a su antojo, y la Guerra Civil, como un paisaje lejano que ellos observan en la prudente distancia de unos aburguesados. Sigue leyendo