300 el x 50 el x 30 el

El colectivo belga FC Bergman inunda el escenario con su peculiar visión del diluvio universal

Foto de Sofie Silbermann
Foto de Sofie Silbermann

«Hazte un arca de maderas resinosas, divídela en compartimientos, y la calafateas con pez por dentro y por fuera. Hazla así: trescientos codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto…». Como no habíamos tenido suficiente con el Moisés de Castelucci, ahora llegan los FC Bergman (su espectáculo dura exactamente lo mismo) a dibujarnos el diluvio a través de un montaje grandioso, maximalista y dispuesto, igual que el dramaturgo italiano, a epatarnos. ¿Habrá algo debajo de los efectos especiales? Nos encontramos con un pescador sentado en una caja frente a una charca. Se levanta el telón y aparece un pequeño pueblo con seis cabañas y un bosque al fondo. La gracia escenográfica del asunto radica en que una cámara de cine, enganchada a unos raíles que bordean la aldea y empujada por tres operarios, va a descubrirnos, a través de una pantalla enorme que ocupa el centro de la escena, el interior de cada habitáculo. Podrían haberlo asentado en una plataforma giratoria, pero, indudablemente, la cámara, como vamos a ver, da mucho de sí (se permiten el tonteo, enfocando al público y a los sufridos empujadores). Reconozcamos que aquí lo cinematográfico juega a favor de lo teatral, puesto que no nos remite a pregrabaciones que anulan lo dramatúrgico (así se lo hemos visto hace poco a Wajdi Mouawad). A partir de este momento se nos entregan las estrafalarias, domésticas y absurdas imágenes de unos individuos que simbolizan diversas expresiones humanas ante lo que viene. Primeramente, un anciano postrado en su cama se levanta y se marcha (no volveremos a saber de él), su lugar es ocupado por un niño. En la siguiente estación una aparente familia convencional, un matrimonio con una hija con síndrome de Down se preparan para la cena. A continuación, una joven recibe clases de piano. Después, nos topamos con un tipo que se masturba sin entusiasmo, mientras su novia intenta zafarse de su estreñimiento como si fuera un terrible parto (todo ello a la sombra de El origen del mundo, de Courbet). Si seguimos, cuatro tíos juegan a los dardos, empeñados en no ajustar la puntería en una garita de dos metros cuadrados; luego pasarán al Guillermo Tell, por aquello de darle emoción. Finalmente, un joven soldado practica con petardos su fuga en una maqueta ad hoc. De alguna manera me pareció que entroncaba con la comicidad paradójica de Jacques Tati, pero tamizada por el cedazo del posthumor, para convertirse, en las vueltas que sigue dando la cámara, en otro ejemplo más del absurdo trabajado por Roy Andersson; con tintes, evidentemente, de Lars von Trier (evoquemos, por ejemplo, Melancolía, que recoge mejor los conceptos religiosos aquí evidenciados, aunque pensemos antes en Dogville); también, claro, Todd Solondz y su Happiness; pero que, ante todo, bebe de la publicidad y de los videoclips. Puesto que a falta de diálogos, no nos queda más remedio que asumir las significancias de la música, y el asunto está claro. Por un lado, El invierno, de Vivaldi, nos anuncia la gran tormenta, la catástrofe. Por otra parte, un poco de góspel con el «Oh, heavenly salvation», que por mucho que rece: «Our precious city has been spared…», la cosa pinta mal. Sin embargo, es con Nina Simone con quien se monta el spot, la performance cuasitribal sobre el gran aguacero, con su versión extendida del «Sinnerman» ─una vez que el soldadito ha fracasado en su intento de escapar con su amada en una ridícula evasión, que redunda en el aspecto humorístico del montaje. Pues eso muchacho: «where you gonna run to?». ¿Hacia dónde vamos a correr nosotros si no hay escapatoria? No hay más que rascar aquí. Volvemos al principio, ¿qué hay debajo de todo el aparataje?; si quitamos ese bosque que se eleva hacia lo alto como arrancado por un vendaval, si apartamos el agnus dei surgiendo de la putrefacta laguna, si obviamos a los sesenta danzarines pecadores botando sobre el escenario en la búsqueda inútil de la redención o de la gracia; ¿los belgas de FC Bergmann han logrado construir un discurso? No, han vuelto a jugar con los elementos propios de la publicidad de los últimos tiempos, en los que el eslogan ha desparecido, donde solo queda una música reconocible y unas imágenes sugerentes. El objetivo de la publicidad está claro: compra esta mayonesa (Hellmann`s, por ejemplo) o este coche (Seat Ateca, verbigracia) o estos pantalones (Levi’s, sin ir más lejos). ¿Cuál es el objetivo de 300 el x 50 el x 30 el si se renuncia a la palabra (nada más complejo que el uso de la palabra)? ¿Un simple cuadro vivo del diluvio? ¿Una manifestación de la desesperanza? O, con lo que prefiero quedarme, una mirada irónica de nuestra propia estupidez, sintiéndonos deudores de nuestra falta original, sucumbiendo anticipadamente a la hecatombe. En definitiva, la postmodernidad hace tiempo que nos está llevando a callejones sin salida. Si se quiere coger el testigo de Ingmar Bergman, no vale solamente con visitar su filmografía, es necesario volver a Swedenborg y a Kierkegaard, o a experiencias vitales, a la Erlebnis, que ya señaló Rudolf Otto en Lo santo; pero también hay que enfrentarse a las dificultades que implica la teodicea. Si no, estas propuestas performativas, que tanto apabullan al personal y que provocan «¡bravos!», porque sienten que esos maximalismos compiten de tú a tú con otras artes tecnologizadas que nos extasían a base de fuegos artificiales en 3D, se reducen a metonimias vacías (tenemos el continente, pero no el contenido). El riesgo auténtico en el arte no es lograr una estética, un estilo, eso únicamente vale para el deleite de los sentidos, sino un testimonio que trascienda lo convencional, y para ello uno debe tener algo que decir.

300 el x 50 el x 30 el

Producción: FC Bergman

Creación e interpretación: Stef Aerts, Joé Agemans, Bart Hollanders, Matteo Simoni, Thomas Verstraeten y Marie Vinck

Intérpretes invitados: Wim Verachtert, Paul Kuijer, Gert Portael, Herwig Ilegems, Shana Van Looveren, Celine Verbeeck, Marijke Pinoy, Gert Winckelmans, Ramona Verkerk, Arne Focketeyn, Flor Decleir, Matthieu Sys, Luc Agemans y Cas van Neef

Vestuario: Judith Van Herck

Cámara de vídeo: Thomas Verstraeten

Director de producción: Celine van der Poel

Director de producción técnica: Ken Hioco

Técnicos de escenografía: Niels Antonissen, Kobi Gruyaert y Fik Dries

Iluminación: Henk Vandecaveye

Sonido y vídeo: Paul Van Caudenberg

Escenografía: FC Bergman

Productor ejecutivo: Toneelhuis

Festival de Otoño a Primavera

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 12 de noviembre de 2016

Calificación: ♦♦♦

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