Orlando

Guy Cassiers y Katelijne Damen presentan una narración esteticista sobre la novela de Virginia Woolf

Foto de Frieke Janssens
Foto de Frieke Janssens

Resulta ineludible tener en cuenta la versión cinematográfica de Orlando, la obra de Virginia Woolf que pretendía superar ese imponderable literario del tiempo. Sally Potter se atrevió con la adaptación fílmica y no salió mal parada, sobre todo porque contó con la actriz idónea, Tilda Swinton, caracterizada por sus juegos estéticos de androginia. Uno solo puede sentirse intrigado por la forma en la que procederá un dramaturgo a la hora de llevar un texto complejo en el que se emplean varias de las técnicas que popularizaron la novela modernista inglesa. Creo que no hay forma peor de llevar una novela a las tablas que renunciando al lenguaje propio del arte dramático, en este caso a través de la narración. Guy Cassiers como director y Katelijne Damen como adaptadora e intérprete, no solo reducen cuantitativamente la novela de Virginia Woolf, sino que también reducen la expresión al puro cuentacuentos. ¿Qué ganamos los espectadores escuchando a una actriz contándonos una historia que ya existe con todo su aparataje literario? Sigue leyendo

300 el x 50 el x 30 el

El colectivo belga FC Bergman inunda el escenario con su peculiar visión del diluvio universal

Foto de Sofie Silbermann
Foto de Sofie Silbermann

«Hazte un arca de maderas resinosas, divídela en compartimientos, y la calafateas con pez por dentro y por fuera. Hazla así: trescientos codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto…». Como no habíamos tenido suficiente con el Moisés de Castelucci, ahora llegan los FC Bergman (su espectáculo dura exactamente lo mismo) a dibujarnos el diluvio a través de un montaje grandioso, maximalista y dispuesto, igual que el dramaturgo italiano, a epatarnos. ¿Habrá algo debajo de los efectos especiales? Nos encontramos con un pescador sentado en una caja frente a una charca. Se levanta el telón y aparece un pequeño pueblo con seis cabañas y un bosque al fondo. La gracia escenográfica del asunto radica en que una cámara de cine, enganchada a unos raíles que bordean la aldea y empujada por tres operarios, va a descubrirnos, a través de una pantalla enorme que ocupa el centro de la escena, el interior de cada habitáculo. Podrían haberlo asentado en una plataforma giratoria, pero, indudablemente, la cámara, como vamos a ver, da mucho de sí (se permiten el tonteo, enfocando al público y a los sufridos empujadores). Sigue leyendo