El idiota

Una ajustada versión de la novela de Dostoievki sobre la posibilidad de un «hombre bello» para la sociedad

Gerardo Vera no tuvo suficiente con abordar al Dostoievski de Los hermanos Karamázov, una obra con mayores tensiones internas y trascendentes que esta que ahora nos compete. Porque El idiota, cuando su argumento se reduce al acontecimiento teatral y la trama se vertebra con un movimiento tan eficaz como poco asentado en la maduración de los sentimientos, da una sensación ―sobre todo si nos fijamos en el tramo final― de convertirse en un vaivén oscuro y bizantino sobre las impotencias del amor haciéndola más romántica de lo que verdaderamente es. Se puede comprender la elección de Fernando Gil para encarnarse en el príncipe Myshkin, desde una perspectiva paradójica; quiero decir, colocar al actor más alto y grande para interpretar al personaje más endeble. Pero ciertamente no me parece lo más coherente. Por ejemplo, si nos detenemos en dos de las adaptaciones cinematográficas más sobresalientes, la de Kurosawa y la del ruso Ivan Pyryev, el efecto de observar a unos jóvenes veinteañeros, machacados por la epilepsia y caracterizados naturalmente por la fragilidad y una bonhomía exultante por momentos. Fernando Gil, desde luego, realiza un trabajo excepcional y se entrega a fondo con una forma de expresión vocal que permanentemente nos indica que es un individuo que se piensa todo lo que va a contar. Sigue leyendo

Los hermanos Karamázov

Unas actuaciones fabulosas levantan una versión reduccionista de la obra de Dostoievski

Foto de Sergio Parra
Foto de Sergio Parra

Nadie puede dudar a estas alturas que Gerardo Vera conoce su oficio, que domina el arte de la escenografía, que sabe dirigir a sus actores y que es capaz de propiciar momentos de sugerente belleza en sus funciones; pero, ¿qué nos depara una adaptación teatral de una obra realista del siglo XIX compuesta por unas mil doscientas páginas que aquí se reducen a casi tres horas? Si lo importante de esas novelas decimonónicas es el argumento, entonces toda la historia de la literatura está llena de buenos motivos. No, esas obras son valoradas por cuestiones, en absoluto literarias (de hecho, para la literariedad, fueron un retroceso), sino por el ambiente, las ideas, el reflejo de una sociedad, es decir, aspectos sociológicos, antropológicos e históricos. Pretender que en tres horas se pueda reflejar el mundo que plasmó Dostoievski, es como darnos por satisfechos cuando los preadolescentes se leen esas terribles versiones de El Quijote. Lo que leen, evidentemente, no es nada que se aproxime al verdadero valor de El Quijote, que no es que un caballero andante se estampe contra unos molinos, sino su arte literario. Sigue leyendo