Escena – Fin de temporada 2024-25

Repaso a los espectáculos más sobresalientes de este curso que acaba de finalizar en la esfera teatral

Foto de Jean Louis Fernandez

Que la tendencia conservadora y buscadora de públicos más talluditos y fieles se va imponiendo en la mayoría de los teatros es ya una obviedad. De alguna manera, esta pulsión arrastra también a creadores que estarían dispuestos a arriesgarse más; sin embargo, ven que el propio ambiente lo ha hecho más complicado. Parece que ciertas líneas se van difuminando como, por ejemplo, esas ínfulas juveniles de otros años donde se nos esputaban consignas sobre su sacrosanta identidad; pero con tono victimista y ñoño. Sigue leyendo

Un tranvía llamado Deseo

David Serrano ofrece una correcta adaptación de este clásico de Tennessee Williams en el Teatro Español

Foto de Elena C. Graíno

Hubiera encajado estupendamente aquel proyecto titulado Tennessee, que se representó en la Sala Margarita Xirgu la temporada anterior (una atmósfera sobresaliente), para configurar uno de esos paralelos que últimamente se estilan. El último gran montaje sobre este clásico corrió a cargo de Mario Gas y es imposible no establecer lógicas comparaciones. Sin embargo, hasta llegar aquí hemos contemplado también La rosa tatuada y alguna versión de El zoo de cristal. Quizás la mayor pega de esta perspectiva de David Serrano esté en una matizada depuración de la violencia. Las sensaciones están más soterradas y el ambiente no es tan macilento como cabría esperar. En cualquier caso, me parece una puesta en escena correcta, sobre todo porque el elenco tiene un comportamiento muy consistente. Sigue leyendo

El barbero de Picasso

Chiqui Carabante dirige esta amable dramedia firmada por Borja Ortiz de Gondra sobre la amistad entre Eugenio Arias y el insigne pintor

Foto de Javier Naval

Cualquiera que haya acudido a Buitrago de Lozoya y haya prestado un poco de atención a ese minimuseo que recoge las piezas de Picasso, que donó su amigo, su barbero en Vallauris, Eugenio Arias, habrá quedado sorprendido por tal peculiaridad. El peluquero y el artista mantuvieron una relación afable durante 26 años, que se forjó en aquella población de la Costa Azul. Si Borja Ortiz de Gondra se ha fijado en esta amistad, uno va a pensar, quizás, a priori, sobre el anecdotario del momento histórico, sobre las consabidas diatribas del famoso pintor y su encaje moral y artístico. El dramaturgo es un buen trazador de semblanzas dramáticas, como ha demostrado en su trilogía de Los Gondra; no obstante, aquí baja mucho el pistón. Sigue leyendo

Condenada belleza del mundo

Luis Sorolla y Miguel Valentín llevan a escena un cuento de Luis Martín-Santos a través del teatro de objetos

Surge este proyecto en relación a Viaje hasta el límite, que se representa, abajo, en la Sala Principal. Luis Sorolla y Miguel Valentín han ideado un breve (unos cuarenta y cinco minutos de duración) un artefacto con objetos comunes para recrear un cuento de Luis Martín-Santos. Su esposa había fallecido en un accidente doméstico el 3 de marzo de 1963, y el autor, que murió el 20 de enero de 1964, fue invitado por su amigo, el cineasta, Antón Eceiza, a contemplar cómo grababan en Almuécar El próximo otoño. La cinta no se estrenaría hasta 1967. Sigue leyendo

Viaje hasta el límite

La obra teatral del novelista Luis Martín-Santos, influida por el realismo estadounidense, sube al escenario del Teatro Español

Foto de Javier Naval

Es habitual recalcar de las obras narrativas o dramáticas algo así como que «el menos es más». En cuántas podemos detectar que sobra aquí o allá a causa de las reticencias del autor a desprenderse de algo que le ha costado tanto escribir. Sin embargo, para el caso que nos compete, ocurre totalmente lo contrario. ¿Cuánto le faltaría a Viaje hasta el límite para que los cambios no fueran tan abruptos? Es difícil hacerse una idea, pero pongamos tres cuartos de hora para que las tretas y los tratos se maduren, y para que los amores intempestivos no parezcan éxtasis de adolescentes. Por esto, esencialmente, el texto teatral de Luis Martín-Santos no es buena, ya que, como veremos, los personajes no tienen ocasión de redondearse como se requeriría. Sigue leyendo

¡Esta noche, gran velada!

Pilar Valenciano lleva la obra de Fermín Cabal al Teatro Español para recrear de nuevo el mundo del boxeo en los ochenta

Foto de Javier Naval

Mi sospecha clasista indica que el público que hoy está imbuido de eso que se denomina artes marciales mixtas y que tiene a Ilia Topuria como héroe nacional, como en su momento, fue Urtain (recordemos la obra de Animalario en 2008) no asistirá al Teatro Español. Alentado por el streaming y los influencers de la conocida como machosesfera (o manosfera) los espectáculos de lucha han vuelto para recibir un seguimiento masivo. En su renovación, también las mujeres han saltado a la lona y se vuelven a abrir gimnasios para que el personal haga guantes. De hecho, en los últimos años, aparte de la antes señalada, sí que hemos observado otros proyectos que se han adentrado en el ambiente boxístico, como Puños de harina o El combate del siglo.

Lo que ocurre es que la obra de Fermín Cabal queda emparedada como la propia generación a la que se representa, o sea, los ochenta. Modernos y cutres, con las estructuras del pasado y sin las depuraciones estéticas (y vacuas) que ahora nos rodean. No viene esta propuesta con ninguna advertencia para el respetable más sensible (quizás algunos jóvenes tengan desmayos con el lenguaje al escuchar: «¿nos vamos de putas?») como se pretende en Cine de barrio. En cualquier caso, la función no puede deshacerse de una atmósfera caduca, pues no ha pasado suficiente tiempo como para que se contemple con distancia. Quiero decir que otras obras realistas, pienso en aquellas anteriores, como las de Arte Nuevo (que tuvieron su homenaje hace unas temporadas), se perciben con otro cariz. Aquí miramos con edulcorada nostalgia un mundo zafio que se ha querido romantizar con algún revival quinqui.

De todas formas, el montaje de Pilar Valenciano es entretenido y posee una apariencia muy sugerente. La escenografía de Lua Quiroga Paúl exprime al máximo el espacio de la pequeña sala para concretarnos un detallado vestuario (se incluye un teléfono de rueda en la pared), con sus taquillas apiladas. Viejo y hasta cochambroso, aunque estemos hablando de competir por el «título europeo». Se intenta darle un mayor aire cinematográfico y moderno con la innecesaria inclusión de unos vídeos en blanco y negro. Rodrigo Ortega ilumina todos esos grises para que sobresalgan el amarillo del pantalón de nuestro antihéroe y los labios rouge de la dama buscadora de oportunidades.

No deja de tener el texto una estructura propia de las comedias de enredo, derivando, incluso, en la farsa un tanto inverosímil; no obstante, graciosa, pues varios especímenes son tan estrafalarios que parecen extraídos de algún tebeo de la época. Fijémonos cómo en las primeras líneas la directora ha lanzado a Mario Alonso a ponernos en situación con su energía de rock duro marcada desde su radiocasete. Este hace de Sony Soplillo, un muchacho corto de entendederas que vale para todo, que el intérprete desarrolla con gran agilidad y encanto. El «criado» aurisecular traído al presente para meter la pata, resultar ingenuo y mostrar su analfabetismo cuando apenas alcanza a comprender un periódico. Cuando llegue Marcel, el masajista, asumiremos una jerga epocal que el dramaturgo dominaba a la perfección (fue guionista, por ejemplo, de El pico 2). Daniel Ortiz encarnará su carácter con la firmeza necesaria para dar solidez a una trama que, por momentos, parece ridícula. Así ocurrirá en el desenlace, cuando el argumento alcance el ritmo del vodevil, y las entradas y salidas de personajes entremezclen los entuertos, los engaños y hasta la firma patética de contratos espurios logrando una confusión que nos destina al trágico final.

Para llegar a este punto, hemos de conocer al gran protagonista, Kid Peña, un hombretón de pueblo que, como solía ser habitual ─sigue ocurriendo parecido─, no posee demasiada cultura, ni una familia con el bagaje preciso para no caer en los bajos fondos. Aun así, un atisbo de rebeldía, quizás cansancio entreverado de pundonor, le lleva a negarse a perder ese ansiado galardón que se juega esa noche. No quiere, por lo tanto, aceptar el amaño de su mánager, que Chema Ruiz acoge con una chulería característica. Luego, la aparición de Achúcarro, un promotor interpretado por Jesús Calvo, distorsiona de alguna manera la dramaturgia. Su rol es breve y se muestra demasiado atrabiliario.

Nuestro boxeador es un Francisco Ortiz bronco y entrañable a partes iguales, que trabaja fenomenal con su cuerpo, con su musculatura, demostrándonos cómo se maneja con algunos golpes sobre el saco. Buscará la épica, una vez que ha recibido la humillante noticia, a través de una carta, de que su novia lo deja. ¿Qué le queda? ¿Encima debe saltar al cuadrilátero para que le den una tunda y fingirse traspuesto? Si no cumple con la pactado, unos maleantes, de esos que se juegan la pasta gansa, vendrán a llevarse de malos modos lo que es suyo.

También posee una veta de seductor, lo bastante eficaz como para engatusar (o es al revés) a la tal Marina. Marta Guerras borda su papel de buscona, de chica que se hace la tontorrona y aprovecha sus armas de mujer. La actriz lloriquea con humanidad y tono cómico de manera incuestionable. Ambos hallan una romántica escapatoria que les sirve a sus propios intereses. Ella podría librarse de Ángel Mateos, ese representante, tan amargo e impositivo, que la domina y la trata como un trapo. Mientras que Kid podría emprender una vida más convencional en el mundo rural al que pertenece, con su madre. Aunque estos son sueños de película y ¡Esta noche, gran velada! va sobre la realidad.

¡Esta noche, gran velada!

Autor: Fermín Cabal

Dirección: Pilar Valenciano

Reparto: Francisco Ortiz, Daniel Ortiz, Chema Ruiz, Marta Guerras, Jesús Calvo y Mario Alonso

Escenografía: Lua Quiroga Paúl

Vestuario: Tania Tajadura

Iluminación: Rodrigo Ortega

Composición musical y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Videoescena: Elvira Ruiz/Álvaro Luna

Coach de boxeo: Óscar «Rayito» Sánchez

Ayudante de dirección: Cristina Hermida

Residente de ayudantía de dirección: Majo Moreno

Asistente artístico: Iratxe Arrizabalo

Una producción del Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 25 de mayo de 2025

Calificación: ♦♦♦

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Cumpleaños

Laura Garmo realiza una versión sugestiva de esta breve obra de Luisa Carnés sobre la pérdida de la belleza en una mujer de cuarenta años

Seguimos forzando la máquina para que autoras como Luisa Carnés se inserten en nuestra memoria y hasta en ese canon que vive de cuatro contemporáneos y otros cuatro auriseculares. En la sala Margarita Xirgu ahora se adapta la primeriza novela de la autora, Natacha. Y ya se dijo que Tea Rooms tuvo una acogida merecida. Si se anhela llevar tan arriba a esta escritora se va a tener que hacer un juego de exégesis verdaderamente sibilino. Sigue leyendo

Natacha

La novela de Luisa Carnés es adaptada y dirigida por Laila Ripoll para llevarnos desde el obrerismo al folletín en el Teatro Español

Difícil tarea la que se ha impuesto Laila Ripoll con la adaptación de la primera novela de Luisa Carnés. Una autora que ha terminado opacada más por la época que le tocó vivir, los temas que plasmó y su condición socioeconómica, que por ser mujer. Publicada en 1930, queda por debajo en el nivel respecto de Tea Rooms, texto que también llevó a los escenarios la propia directora y con la que obtuvo un merecido éxito. Esta que nos compete carece de una pericia superior, adolece de madurez y revela ciertos fallos estructurales como algunos saltos temporales un tanto abruptos, o poco desarrollo con algunos personajes. Aspectos que yo creo son, en algún modo, solventados en la dramatización. Verdaderamente la materialización viva de los diálogos escritos supera a la novelista.

Ante todo, hay que destacar a Natalia Huarte, que es una actriz que luce enormemente en la compunción, en la brevedad y en el silencio, en el gesto doloroso. Porque la primera parte, la más deprimente, me resulta mucho más interesante: todo el trajín de esas chicas que, desde bien jovencitas (doce años en este caso), se metían en los talleres a coser y a hormar sombreros. Contamos con una familia empobrecida, con un padre encamado y bruto, enfermo de tanto beber, sometido por terrores que le sobrevienen, en el Madrid de los años veinte. Un joven escultor ha venido a hospedarse en una de las habitaciones libres. Jon Olivares encarna a Gabriel Vergara. Desde los minutos iniciales es el encargado de meternos en harina a través de una carta que le escribe a su novia, que lo espera en el pueblo. No me parece una buena forma de comenzar. El discurso se torna demasiado «literario» y el intérprete muestra una tontorrona ilusión que le resta empaque. Es un personaje poco modulado, apenas atrayente, cuando debería poseer otras ambiciones. Que no manifieste sus intereses artísticos, que no ansíe otras formas de existir, chochan en un futuro artista. No me acaba de convencer, no tiene un arco dramático potente y queda muy por debajo de esa Natacha que se convertirá en su amante.

Luego, Pepa Pedroche compone dos papeles muy contrarios; pero representados con gran sintonía y medida. Primero hace de madre, repleta de preocupación, puesto que no llegan a fin de mes y no le queda más remedio que empujar a su hija a que pida dinero prestado en la empresa. Y, después, se meterá en la piel de doña Librada, la tía, firme y adusta, que vive en la aldea, donde tendrá que ocuparse de su hermana y recibir a su sobrina, de muy mala gana, cuando aquella fallezca. Todo ello transcurrirá en el acto final, donde la obra se pone un tanto folletinesca y aumenta el ritmo de acontecimientos entre amoríos y desgracias. Antes de alcanzar un desenlace que alarga la función en demasía con ánimo de cerrar con algo de coherencia la trama, para, entonces, ya descabalada.

La referencia es una novela que, si tuviera el recorrido de los modelos rusos que parecen sondearse, tendría ochocientas páginas, no trecientas, y observaríamos una evolución estética y moral en su máxima protagonista y en otros individuos. Sin embargo, pasar de ser una obrera, sin mundo, con poca cultura, a desenvolverse por las boutiques parisienses requiere algún tipo de pigmalización. Tampoco resulta verosímil el carácter de don César, el empresario al que da cuerpo Fernando Soto. El actor casi no tiene oportunidad de bosquejar dos actitudes bastante maniqueas. Primero es un sobón algo torpe y, después, un «abuelito» que lleva a su «nieta» de compras y la agasaja con múltiples regalos. La relación se recrea en el tópico archiconocido de los matrimonios desiguales; aunque esto no es La regenta, por mucho que, nuevamente, nuestra Natalia sondee el tédium vitae propio de las burguesas. Demasiadas disonancias que tampoco se reflejan en el lenguaje, pues ambos parecen poseer un mismo nivel cultural.

Por otro lado, Isabel Ayúcar, quien ofrece una gran disposición como Salud, la criada del señor, debe hacerse cargo antes de Ezequiela, una pobre y enfermiza trabajadora de la fábrica. Pienso que el cambio de registro no es suficientemente apreciable y resultan muy similares, en rictus y en caracterización. Además, con ella no nos desplazamos al barrio de la Kabila, parte de la narración donde aún perviven esos retazos de denuncia social. Mientras que Andrea Real, tanto al encarnarse en Almudena, la compañera de la antiheroína, como de la ingenua Elenita, novia de Gabriel, destila encanto y agilidad.

Favorece, en cualquier caso, la ambientación la escenografía de Arturo Martín Burgos, quien ha situado varios muretes ennegrecidos que nos colocan, principalmente, en el hogar de la protagonista y que, después, delimitan otros espacios de una manera más simbólica, con la iluminación mortecina de Paco Ariza. Las videoescenas de Emilio Valenzuela se suman a la factura tan estimable de este espectáculo. Destaca el vestuario de Almudena Rodríguez Huertas, sobre todo en las prendas que viste Huarte una vez se eleva de clase. La elegancia y la exquisitez son sobresalientes. Como intensa y oscura es la música de Mariano Marín una vez nos situamos en el pueblo, durante los escarceos amorosos de la noche.

Creo que el esfuerzo de Ripoll es importante; pero de una novela así es complicado aunar territorios tan disímiles, géneros tan dispares y poco elaborados.

Natacha

Adaptación y dirección: Laila Ripoll (a partir de la novela de Luisa Carnés)

Reparto: Natalia Huarte, Jon Olivares, Pepa Pedroche, Fernando Soto, Isabel Ayúcar y Andrea Real​​

Escenografía: Arturo Martín Burgos

Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas

Iluminación: Paco Ariza

Espacio sonoro: Mariano Marín

Videoescena: Emilio Valenzuela

Caracterización: Paula Vegas

Ayudante de dirección: Héctor del Saz

Ayudante de escenografía: Laura Ordás

Ayudante de vestuario: Deborah Macías

Ayudante de iluminación: Carla Belvis

Residente de ayudantía de dirección: Inés Gasset

Asistente artístico: Paul Alcaide

Una producción del Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 30 de marzo de 2025

Calificación: ♦♦

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Historia de una escalera

Helena Pimenta devuelve este clásico de Buero Vallejo al Teatro Español en una propuesta de atmósfera genuina

Inmejorable. Precisa. Como debe ser. Helena Pimenta nos ha entregado una representación de Historia de una escalera, con la pátina lumínica y escenográfica que hoy se puede permitir el Teatro Español. Y no solo eso, la dirección de los actores resulta formidable. Modular los gritos, los movimientos para sean ajustados, y hasta lograr que la interpretación del niño sea profesional y sin complacencias (algo enormemente difícil). Es que no se puede poner ninguna penga a esta propuesta. Y eso que la versión de 2003 firmada por Pérez de la Fuente era ya toda una referencia. Volvemos, entonces, al Buero primerizo; aunque el autor ha tenido distintos reconocimientos en los últimos años con El sueño de la razón o El concierto de san Ovidio (si nos fijamos en los proyectos más completos). Sigue leyendo